Capítulo 2
Andrés
Acababa de llegar a la ciudad y ya me estaba agobiando. Tendría que quedarme unas semanas en casa de mis padres, porque mi casa todavía no estaba lista.
Tenía un ático precioso en el centro de la ciudad, con unas vistas maravillosas, pero había estado alquilado hasta hacía unos meses.
No quería dormir en la misma cama donde lo habían hecho otros ni sentarme en el mismo retrete. Sí, llamadme maniático, pero es que era muy escrupuloso y no lo podía evitar.
Por todo ello, decidí hacer una reforma y aprovechar eso para hacer algunos cambios que me hubiera gustado tener desde el principio.
Una de las habitaciones la transformaría en un vestidor. En concreto, la contigua a la mía, en la que abriría una puerta para acceder desde mi dormitorio.
En el baño que tenía en suite , también había sustituido la bañera por una ducha de hidromasaje y le había cogido un buen trozo de la habitación en la que pondría el vestidor, que era enorme, para poner un pequeño jacuzzi .
Pero bueno, mira que estar explicándoos cómo es mi casa cuando ni siquiera sabéis nada de mí. ¿Qué os parece si os hago un pequeño resumen de mi vida? Pues allá voy.
Me llamo Andrés Serrano, tengo treinta y dos años y, hasta hace unas horas, vivía y trabajaba en Londres como asesor financiero de una multinacional.
Me fui huyendo del control de mis padres. Pensaban que, por ser el pequeño, podían manejarme a su antojo.
Les costó entender que yo ya no tenía quince años y que no podían colarse en mi casa cuando les placiera, sin pararse a pensar si estaba acompañado o no.
Había vuelto porque mi hermano mayor me necesitaba. Él se había hecho cargo de la empresa cuando mi padre se jubiló, pero yo había aceptado volver con condiciones, que tonto no era.
Yo me gestionaba mi tiempo y, si un día no me apetecía ir a la oficina, pues teletrabajaría. Era lo mismo que tenía en Londres y, por supuesto, el sueldo debía ser el mismo.
Sé que era una tontería, porque, al fin y al cabo, la empresa era propiedad de los dos, pero yo no quería asumir tantas responsabilidades como él, y por eso lo dejé claro.
Mi hermano, como no podía ser de otro modo, aceptó. Cualquier cosa con tal de que volviera a casa.
Allí había empezado algo con una chica, Melany, pero no era nada serio. No voy a decir que le sentara bien cuando le conté que volvía a España, a mi ciudad.
Se enfadó, y mucho, pero no por mi regreso, sino porque no le propuse acompañarme.
—Me parece que has jugado conmigo y para ti estos meses no han significado nada, Andrés.
—No, Melany, no es eso. Simplemente, vuelvo a España y esto se termina aquí.
—Podrías haberme propuesto acompañarte. Sabes que puedo trabajar desde cualquier lugar del mundo y venir una vez al mes.
—Pero no es lo que quiero, Melany. Necesito dejar atrás todo lo de Londres, incluida esta relación, o como quieras llamar a lo nuestro.
—Te vas a arrepentir. No creas que, si algún día vuelves, te estaré esperando con los brazos y las piernas abiertas.
—Ni te lo he pedido, corazón.
Eso de «corazón» lo dije con toda la ironía del mundo, pues no era yo de utilizar apelativos cariñosos, mucho menos con una mujer con la que solo tenía sexo.
Lo hacía precisamente para no dar lugar a confusiones y evitar que pensaran que había más de lo que realmente había.
Melany salió de mi casa completamente indignada y dando un portazo de esos que hacen temblar las paredes y tirar los cuadros que hay colgados.
Demasiado se lo había dicho, porque podría haberme largado de allí sin darle ninguna explicación. Al fin y al cabo, entre nosotros tan solo había sexo y alguna que otra cena.
Como no podía quedarme en casa de mis padres esa noche, o terminaría volviéndome loco, y mi hermano tenía el cumpleaños de su cuñada, la hermana de su mujer, decidí llamar a Lucas, mi mejor amigo.
Nunca habíamos perdido el contacto, pues hacíamos una videollamada una vez a la semana y, en alguna que otra ocasión, él había viajado hasta Londres para verme.
—Hola, cabrito, ¿qué haces esta noche?
—Ahí, directo al grano. Tú no preguntes cómo estoy, para qué.
—Estás estupendo, solo hay que escuchar tu voz.
—Después el cabrito soy yo…
—Venga, cuéntame qué planes tenemos hoy, que llevo aquí dos horas y ya se me está cayendo el techo encima.
—Pues había quedado con una chica para cenar y lo que surja…
—Vale, me apunto, sobre todo a lo que surja.
—Eso no te lo crees ni tú. A Camila no pienso compartirla, ni contigo ni con nadie.
—Pues dile que lleve a una amiga, porque no pienso ir de candelabro, y lo de quedarme en casa, eso está completamente descartado.
—Está bien, hablaré con ella ahora y te paso dónde hemos quedado y a qué hora.
—Te quiero, amigo.
—No me seas pelota, hazme ese favor.
—Favor el que me vas a hacer tú a mí esta noche, y espero que la amiga de tu chica también me haga otro.
—Eso lo veo un poquito más complicado. Todavía no la conozco, pero, por lo que he escuchado hablar de ella, pasa olímpicamente de los hombres.
—No me jodas que me vas a llevar a una lesbiana a la cena.
—¿Quién ha dicho que sea lesbiana?
—Entonces, peor, es una mujer resentida.
—Ahí te doy la razón, pero confío en ti. Tú tienes carisma suficiente como para ligártela.
—Quita, quita, que no quiero a una loca que se cuelgue de mí.
—No escupas para arriba, que te puede caer encima, amigo.
—Bueno, te dejo, que ya me está llamando mi madre para comer. Envíame la ubicación cuando puedas.
—Adiós, loco, ahora mismo te la envío.
Corté la llamada con una sonrisa en los labios, pues era como mi amigo me hacía sentir cada vez que hablábamos.
Ese día, y a modo de bienvenida, comeríamos toda la familia junta. Lo normal habría sido que mis padres organizaran una cena con todos sus amigos, pero, como mi hermano no podía acudir, la cambiaron por una comida familiar.
Le agradecería toda la vida a la cuñada de mi hermano haber nacido ese día, porque no me apetecía nada poner buena cara ante las chicas con las que mi madre pretendía emparejarme.
Porque esa era otra: a ella le daba igual si era cajera de supermercado o alta ejecutiva, clasista no era, pero decía que se moría por llevarme del brazo al altar.
—No te preocupes, mamá, que mañana mismo me apunto al curso de confirmación y te pongo como mi madrina.
—Desde luego, Andrés, qué poco te pareces a tu hermano, con las ganitas que tengo yo de ponerme una mantilla e ir cogida de tu brazo.
—Papá, hazme el favor y búscame un hotel en Sevilla para el Jueves Santo, que mi madre quiere ir a visitar los sagrarios —le grité a mi padre, que estaba en el pasillo.
—¿Qué estás hablando de sagrarios? ¿Quién es esa mujer? —preguntó mi padre, con su carajotada habitual.
—Este niño, cada vez que le hago alguna referencia al tema de su boda, me sale por los cerros de Úbeda.
—Tú no has dicho nada de boda, me has dicho que quieres ir conmigo de la mano al altar, y te he dicho que, si te hace ilusión, yo me apunto a la confirmación.
—No me tomas en serio.
—Claro que lo hago, que, si quieres ir por Sevilla de mantilla, colgada de mi brazo, tenemos que buscar el hotel con tiempo, que luego suben de precio y piden unas barbaridades.
Mi padre se doblaba de la risa al escucharme decir esas cosas, mientras mi madre se cabreaba un poco más por cada minuto que pasaba.
Me salvó de una buena reprimenda la llegada de mis sobrinos, Marcos y Natalia, los mellizos de mi hermano.
Tenían siete años y eran dos trastos. Su madre decía que, si fueran hijos míos, no serían tan idénticos a mí.
—¡Tito Andrés!
—Hola, mis niños. Pero si estáis altísimos, al final me vais a alcanzar, ya veréis.
—Eso dice mi madre, que somos igualitos a ti.
—Sí, pero no solo en la altura, que eso lo habéis heredado de vuestro padre, también —dijo mi cuñada, Amelia.
—Cada día estás más guapa, cuñada. Si alguna vez te cansas de mi hermano, no dudes en venir a buscarme.
—No tienes que quitarle la esposa a tu hermano, lo que tienes que hacer es buscarte una para ti. Con la cantidad de mujeres bonitas que hay en el mundo…
—Y yo las busco a todas, mamá. Pero no me puedo conformar con una sola.
Mi madre me dio una colleja y mis sobrinos soltaron una carcajada.