El amor y la madre que lo parió Capítulo 1
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El amor y la madre que lo parió

El amor y la madre que lo parió

Por Martina Leiva

© inepub.com

Capítulo 1

Adriana

—Te he dicho que no, Camila, no seas pesada. Te lo pido, por favor.

—Ay, Adriana, de verdad. ¿Qué tienes que perder?

—¿Tú me preguntas eso?

—Vamos, mujer, que me harías el favor de mi vida.

—¿Qué parte de que me queda una decepción para meterme a monja no entiendes?

—No te estoy diciendo que le pidas matrimonio ni que quedes con él a solas, tan solo te estoy diciendo que me acompañes a cenar con el chico que me gusta y un amigo.

—Primera lección: si lleva escolta en su primera cita contigo, es que no tiene mucho interés en estar a solas. No sé si me explico bien.

—No es nuestra primera cita, ya habíamos quedado antes, y sí, te explicas estupendamente, pero no tienes razón.

—¿Que no tengo razón? Deja de leer las novelas románticas de la Tribu, porque te aseguro que, en la vida real, las relaciones no tienen un final feliz.

—Adriana, a veces pienso que eres el Grinch del amor.

—Si hubieras pasado por todo lo que he tenido que pasar yo, también pensarías lo mismo.

—Anda, anda, por favor. Es un amigo que lleva muchos años en Londres y ha vuelto a la ciudad hace unos días.

—Menos aún, pijo y guiri, seguro que es de esos que piden un té y juran por Snoopy.

—¿Jurar por Snoopy? Desde luego, hija mía, qué antigua eres, eso lo decía mi madre cuando yo era pequeña.

—No es antiguo, es una expresión vintage .

Anda que, yo también, lleváis aquí un rato leyéndome y ni siquiera me he presentado. Será mejor que os cuente todo desde el principio, así os podéis poner en mi piel y entenderme.

Mi nombre es Adriana Ríos, tengo veinticinco años y una larga lista de decepciones amorosas, pero os contaré la última, que es la que más me ha dolido.

Me enamoré de mi ex como una idiota, pensando eso que decían los demás, de que no todos los hombres son iguales.

Me lie la manta a la cabeza y nos fuimos a vivir juntos, en una casa que heredé de mi abuela y en la que sigo viviendo, pero de milagro.

Tenía un viaje de trabajo, ya que soy la asistente personal de un directivo de una multinacional, por lo que me despedí de mi chico y me marché al aeropuerto.

El tiempo estaba algo revuelto, así que no me extrañó que anularan el vuelo, y tuve que volver a casa antes de tiempo.

No avisé, total, ¿para qué iba a hacerlo, si mi chico seguro que estaría en el trabajo y en casa no habría nadie?

Nosotros vivíamos en una ciudad que no tenía aeropuerto, así que tuve que trasladarme al más cercano. Como el vuelo salía a primera hora y no quería madrugar demasiado, siempre me iba la noche antes.

Metí la llave en la cerradura, pero no abría, así que decidí llamar al timbre. Lo mismo mi chico había tenido algún problema con la llave y había tenido que cambiar el bombín.

Pero no me abrió la puerta él, sino una mujer rubia que llevaba puesta mi bata de seda roja, esa que él mismo me había regalado el año anterior por mi cumpleaños.

—¿Eres la chica de la limpieza? —me preguntó, como si ella fuera la dueña.

Quise decir la verdad, pero me callé, porque prefería ver hasta dónde llegaba la cosa. Por suerte, había dejado mi maleta en el coche, así que no iba a levantar sospechas.

—Sí, me mandan de la agencia.

—Pasa, que me tienes que ayudar, en primer lugar, a quitar la ropa de la desgraciada esa, ahora que ya ha desaparecido de nuestras vidas, por fin.

Me llevó hasta mi propia habitación, donde mi cama estaba deshecha y mi ropa tirada encima.

Os prometo que se me revolvió el estómago, porque no había tenido ninguna señal de que mi chico quisiera terminar la relación. Pero lo que más me desconcertó fue que esa casa era mía, no de él, así que, si alguien tenía que marcharse, era Santi, no yo.

Me fijé en que, encima del tocador, había una carpeta de esas azules de toda la vida, con una etiqueta pegada en la que ponía mi nombre.

La tenía entre mis manos cuando llegó Santi, que subió las escaleras como si estuviera en su casa, como si yo no hubiera existido nunca.

Incluso la foto que teníamos en el pasillo, en la que aparecíamos los dos el verano anterior en la playa, la había quitado para poner un espejo, que más hortera no podía ser.

—Hola, Santi, veo que en mi ausencia te lo has pasado de lujo, ¿verdad?

—Adriana, esto no es lo que parece, te lo prometo.

—Claro que no, es que esta mujer se ha metido aquí, de okupa, y tú venías a desalojarla.

—Santi, ¿qué significa esto? ¿Quién es ella? —dijo esa mujer.

—Valentina, no molestes ahora, luego te lo explico.

—No, mi reina, yo te lo explico ahora mismo. Soy, bueno, era, su novia, y esta casa es mía, y solo mía, por si te ha contado una milonga.

—¿Cómo que es tu casa?

—Él me dijo que era una herencia suya y que ya te había dicho que te marcharas de aquí, que ya no había nada entre vosotros.

—¿En serio, Santi? No se puede tener menos vergüenza que tú. Aquí, los únicos que os vais a largar sois vosotros, y cagando leches, además.

—¿Dónde voy a ir? No tengo ningún sitio en el que meterme —me dijo él.

—Pues te compras una tienda de campaña, que ahora ya viene el buen tiempo y te puedes ir a la playa.

—Adriana, por favor.

—Ni por favor ni par favar . Si no quieres que llame ahora mismo a la policía y te denuncie por falsificar mi firma para quedarte con mi casa, te largas.

Santi agachó la cabeza mientras que yo, aprovechando las bolsas de basura en las que pretendían meter mi ropa, eché toda la suya y se las tiré por las escaleras.

Después de que salieran de mi casa, lo primero que hice fue avisar a un cerrajero para que me cambiara la cerradura de la puerta de entrada y la clave de la valla, ya que era un pequeño chalé en el que vivíamos.

Quité el colchón, con sábanas incluidas, y lo tiré por la ventana al jardín. Luego lo llevaría hasta el punto limpio e iría a comprar uno nuevo.

Hasta las tazas tiré, porque no quería poner mi boca en el mismo lugar en el que lo había hecho esa mujer que encontré en mi casa.

Una vez que se me pasó la rabia, llegó la soledad. Me costó mucho superar ese acontecimiento y me juré a mí misma que, una y no más, Santo Tomás.

No confiaría nunca más en un hombre y, mucho menos, lo metería en mi casa, que era mi refugio de paz, mi lugar seguro.

Siguiendo con lo que habéis leído anteriormente, Camila era mi amiga del alma, no de toda la vida, porque nos conocimos en la universidad, momento en el que nos volvimos inseparables.

Ella había conocido a un chico, Lucas, hacía unos meses, y había quedado con él para cenar esa noche.

Hacía unas horas que Lucas la había llamado para decirle que también había invitado a un amigo, recién llegado de Londres y al que hacía mucho tiempo que no veía.

Le aconsejó que, para no sentirse fuera de lugar o incómoda, invitara ella también a una amiga y, cómo no, pensó en mí.

—Te prometo que es la última vez que te acompaño a algo así, y te lo digo en serio.

—Sabía que podía contar contigo. Ahora vamos a elegir la ropa que nos vamos a poner.

—¿Perdona? No pensarás que me voy a poner algo especial, porque desde ya te estoy diciendo que te olvides de eso.

—¿No pensarás ir a la cena en vaqueros y camiseta?

—No, pero tampoco me voy a arreglar en demasía, no tengo ningún interés en hacerlo.

—Vale, pero un término medio.

Camila tenía su propia habitación en mi casa. Ella seguía viviendo con sus padres, al menos en teoría, porque en la práctica pasaba más tiempo en la mía que en la suya.

La mayoría de su ropa estaba colgada en el armario de su habitación, por lo que fue hasta ella, de donde sacó dos vestidos de punto, uno para cada una.

Os prometo que no tenía ganas de discutir con ella, así que lo cogí y me lo puse, me recogí el pelo en una coleta y me apliqué máscara de pestañas y brillo labial.

Unas botas y mi abrigo completaron mi atuendo. Llevé mi coche, porque, en el momento en el que me sintiera mal, me largaba de allí como si me hubieran puesto un petardo en el culo.