CAPÍTULO 25
Bruno
Hay ciento cuarenta sillas dispersas por un patio. Hay ocho copas en el suelo del olivar, que alguien tendrá que explicar. Hay una guirnalda descolgada, un zapato de tacón encima de una mesa —un solo zapato— y una tienda de cocina que dos operarios están desmontando con una lentitud considerable.
Y en mitad de todo eso está mi hermano, en chándal, con unas gafas de sol enormes, sujetando un café con las dos manos como si fuera una reliquia.
—Bruno.
—Buenos días.
—¿Tú de dónde vienes?
—De arriba.
Dani se baja las gafas dos centímetros.
Y detrás de mí, en ese preciso instante, baja por la escalera de piedra Candela Ferrer con la ropa de ayer, el pelo mojado y una carpeta debajo del brazo, porque por lo visto hay cosas que no cambian nunca.
—Buenos días —dice.
Silencio.
—¡JIMENA! —grita Dani, sin quitarse las gafas y sin girar la cabeza—. ¡JIMENA, BAJA!
—¡QUE ESTOY DURMIENDO!
—¡BAJA!
Lo que ocurre en los quince minutos siguientes no lo voy a olvidar mientras viva, y lo peor es que no hay ni una sola fotografía, porque tengo las tres cámaras guardadas en el maletero.
Jimena baja en pijama, evalúa la situación en un segundo y medio, suelta un grito que se oye en Vejer y abraza a Candela con una violencia considerable.
Charo aparece por la puerta de la cocina con una bandeja y dice «ay, Dios mío» y suelta la bandeja, que es su gesto.
La tía Reme, que sigue aquí a las once y media de la mañana por razones que nadie ha explicado, dice que ella ya lo sabía desde la comida de julio.
—Yo lo dije —dice—. Yo dije: estos dos no se pueden ni ver, y eso es que se quieren.
—Reme, tú lo que dijiste fue que era una pena, con lo majo que es el niño.
—Y lo era.
Y en mitad del jaleo, cuando mi madre ya ha recogido la bandeja del suelo y le está diciendo a Candela que se siente y que desayune algo, que está en los huesos, Jimena me coge del brazo y me lleva tres metros aparte.
—Bruno.
—Jimena.
—El jueves por la noche estuvo en mi casa.
—Lo sé.
—Y le dije que me contara lo que fuera que le pasaba el día 20, y ella me dijo que sí, y luego se casó su mejor amiga y se le olvidó.
—Ya.
—Yo me voy a Sicilia el martes. —Se cruza de brazos—. Vuelvo el día 4. El día 5 nos sentamos ella y yo y me lo cuenta todo, y quiero que sepas que si me entero de que le has hecho algo raro, sigue en pie lo que te dije en agosto.
—Lo de no volver a comer en casa de mi madre en paz.
—Lo de no volver a comer en casa de tu madre en paz.
—Anotado.
Y entonces se le va la cara de policía y se le pone otra, y me abraza tan fuerte que me hace daño en las costillas, y me dice al oído:
—Gracias por no haberte rendido en agosto.
Y se va a buscar a su marido, y esa es la única vez en mi vida que he visto llorar a Jimena Ríos sin que fuera por algo suyo.
* * *
Nos vamos a las dos de la tarde. Ciento noventa kilómetros. Conduzco yo.
Y en algún punto entre Vejer y Los Palacios tenemos la conversación práctica, que es la que de verdad importa, y no se parece nada a las de las películas.
—Vamos a tener un problema —dice.
—Ya lo sé.
—No, en serio. Tú y yo trabajamos juntos.
—Hemos trabajado juntos en una boda. Una.
—Bruno, yo hago entre veinte y veinticinco bodas al año. —Va contando con los dedos—. Y a partir de ahora, cada vez que yo te meta en una, la novia se va a preguntar por qué he metido a mi pareja. Y cada vez que no te meta, tú vas a pensar que no te meto porque eres mi pareja.
—Eso lo hablamos cada vez.
—¿Cada vez?
—Cada vez, sí. —Adelanto a un camión—. Es una conversación de cuatro minutos. Podemos tenerla veinticinco veces al año.
Se queda callada.
—Y hay otra cosa peor —digo—. Y es que tú y yo no estamos de acuerdo.
—No.
—Yo sigo pensando que el 3 de octubre vas a ver ocho mil fotos de una señora desayunando y vas a entenderlo.
—Y yo sigo pensando que ese hombre necesitaba un psicólogo.
—Ya.
—Bruno, en serio: yo no me voy a despertar un día creyendo en el para siempre. —Se gira en el asiento—. Eso no va a pasar. Puede que lo entienda. Puede que lo respete. No me lo voy a creer.
—Ya lo sé.
—¿Y no te importa?
—Me importa muchísimo. —Adelanto a una furgoneta—. Lo que pasa es que llevo doce años fotografiando a gente que sí se lo cree, y a mí no me hace falta que tú te lo creas. Me hace falta otra cosa.
—¿Cuál?
—Que no lo uses.
Se queda callada.
—Puedes no creerte el para siempre y seguir apareciendo —digo—. Eso es compatible, lo hace muchísima gente y muchos de esos duran cuarenta años. Lo que no es compatible es no creértelo y usarlo de puerta.
—Ya.
—Tú no me estabas diciendo que el amor se acaba, Candela. Tú me estabas diciendo que por eso tenías derecho a irte antes.
Silencio de tres o cuatro kilómetros. La veo mirando por la ventanilla.
—Eso ha sido bastante duro —dice.
—Sí.
—¿Lo llevabas preparado?
—Desde el viernes por la noche.
—Ya. —Y se ríe un poco, y luego dice, en voz más baja—: Vale.
—¿Vale?
—Vale. Que tienes razón y que no lo voy a volver a usar.
—Y a mí me hace falta que estés el jueves.
Silencio de cuatro o cinco kilómetros más.
—Estaré el jueves —dice.
Y luego pone el pódcast de gestión de crisis en eventos, porque hay cosas que tampoco cambian nunca, y a la altura de Los Palacios está dormida contra la ventanilla.
* * *
La foto se la hago tres semanas después.
No el 3 de octubre —el 3 de octubre vamos a la exposición, y es un desastre y es perfecto.
Ella llega ocho minutos antes que yo, cosa que a estas alturas ya considero una declaración de amor.
Recorremos las salas en orden cronológico, que es como está montada: 2003, 2004, 2005.
Al principio va rápido, con las manos en los bolsillos, comentando la técnica como quien comenta un presupuesto.
Y a partir de 2018 empieza a ir más despacio.
En la sala de los últimos cinco años se para. Y se queda cuarenta minutos. Cuarenta, y yo lo sé porque los conté, y ella no.
Porque en esa sala la mujer de las fotos ya está enferma, y sigue habiendo una foto cada día, y hay una del último año en la que ella está dormida en un sofá con la boca abierta y la manta por las piernas.
Candela sale a la calle sin decir nada. Yo la sigo. Se apoya en la pared del CAAC, se pasa las dos manos por la cara y dice:
—Sigue pareciéndome un TOC.
—Vale.
—Es que lo es, Bruno.
—Vale, Candela.
Y le tiemblan las manos, y no lo comento, y nos vamos a comer.
Se la hago el jueves siguiente, en mi estudio, a las nueve de la noche, mientras ella discute por teléfono con un proveedor de sillas.
Es el mismo encuadre que en marzo. Ella de pie, medio girada, con una carpeta debajo del brazo y la luz entrándole por un lado.
Y el obturador se oye en todo el estudio, porque el estudio está vacío.
Se da la vuelta.
Y esta vez no dice «bórrala».
Esta vez cuelga el teléfono, me mira a mí, no a la cámara, y dice:
—¿He salido bien?
—Ven a verla.
Y viene.
Yo no creía en el para siempre y ella tampoco, y a las nueve y cuarto de la noche de un jueves de octubre, en un bajo de la Alfalfa, ninguno de los dos le prometió nada al otro.
Empezamos por el jueves.