CAPÍTULO 24
Candela
Rocío está en la barra comprobando el hielo. Le pongo el auricular en la mano y ella lo mira como si le hubiera dado un animal vivo.
—¿Qué haces?
—Te dejo el mando.
—Cande, faltan cuatro horas.
—Ya lo sé.
—Que faltan cuatro horas y hay ciento cuarenta personas y a las cuatro y media…
—Rocío. —Le sujeto la mano con las dos mías—.
Autobuses confirmados, los dos. El primero a las dos y media, el segundo a las cuatro y media.
La música se corta a las 03:55. Los abuelos suben con Fali cuando ellos digan.
Salvador cierra cocina a la una. Si llega alguien a preguntar por el ramo, ya se ha lanzado.
—Cande.
—Y si se rompe algo, lo arreglas tú, que llevas dos años arreglándolo todo detrás de mí sin que yo te lo reconozca.
Rocío se queda con el pinganillo en la mano.
—¿Estás bien? —dice.
—No.
—Vale.
Y se lo pone.
Y hace una cosa que no se me va a olvidar: se sube la manga, se coloca el auricular, mira el patio entero de izquierda a derecha igual que me ha visto hacerlo a mí doscientas veces, y dice, con una voz que no es la suya:
—Curro, aquí Rocío. A partir de ahora me hablas a mí.
Y luego me mira y añade, ya con la suya:
—Corre.
Y hay una cosa que quiero apuntar aquí, porque llevo trece años diciéndome una frase que le robé sin querer a un señor de setenta y cuatro años con boina.
Es el día de ellos, no el mío.
Paco Nieto lo dice por respeto. Yo lo llevo diciendo por cobardía. Yo lo digo porque detrás de un seto no te puede pasar nada.
Y esta noche, por primera vez en trece años, salgo del seto.
Cruzo el patio entero por el medio.
Por el medio. No por detrás de las mesas, no por el lateral de servicio, no por el hueco entre la carpa y el muro. Por el medio de la pista, entre ciento cuarenta personas bailando, y tres me paran para decirme que ha sido todo precioso y yo les doy las gracias y sigo andando.
Y a mitad de camino me cruzo con Paco Nieto.
Está en el borde del patio, con la boina puesta, mirando el baile desde fuera, con las manos a la espalda. No ha subido a la boda. No sube nunca.
—Paco.
—Hija.
—Le dijeron que hoy subiera, ¿verdad?
—Me lo dijeron.
—Y no ha subido.
—No.
Lo miro. Setenta y cuatro años. Nueve sin su mujer. Una casa pequeña debajo de un cortijo lleno de guirnaldas encendidas.
—Paco, ¿usted se arrepiente?
Y este hombre, que en ocho meses no me ha dicho más de cuatrocientas palabras, se toca la boina y dice:
—Todos los sábados.
Y sigue mirando el baile.
Yo termino de cruzar el patio.
* * *
Lo encuentro en la explanada norte, junto a la tienda de cocina, guardando el equipo en el maletero del coche. Ha terminado. Son las 00:38 y él ha terminado su trabajo entero: cuarenta y dos de cuarenta y dos.
—Bruno.
Levanta la cabeza. No dice nada.
Y yo, que llevo trece años preparando cada frase que digo, que ensayo las conversaciones difíciles en el coche, que tengo respuestas montadas para las treinta preguntas más habituales del sector, abro la boca y descubro que no llevo nada preparado.
—No sé decir esto.
—Vale.
—No, en serio, no sé. —Me paso las manos por la cara—. Dame un segundo.
Espera. Claro que espera. Es lo que hace.
—He visto la foto de mis padres.
—Ya.
—Bruno, mi padre se está riendo.
Y ahí se me va la voz, y me tengo que parar, y él da un paso pero no dos.
—Yo he pasado treinta y dos años en esa casa —digo— y he decidido a los quince que allí no había nada. Y no era verdad. Había algo y se gastó, y yo cogí eso y me hice un sistema entero para no tener que verlo nunca más. —Respiro—. Y llevo dos semanas aplicándotelo a ti.
—Candela…
—Déjame terminar, que si me paro no sigo. —Levanto la mano—. No te puedo prometer el para siempre. No sé hacerlo. Y te lo digo de verdad: creo que no me lo voy a creer nunca del todo, y no te voy a mentir esta noche para quedar bien.
—No te lo he pedido.
—Ya lo sé. Ya sé que no me lo has pedido, y por eso estoy aquí. —Y le miro—. Lo que sí tengo es hoy. Y mañana. Y el jueves. Y te puedo prometer que voy a seguir apareciendo, y que si un día dejo de aparecer te lo voy a decir a la cara, y que no te voy a poner ninguna fecha de caducidad nunca más.
Bruno se queda muy quieto.
—Y hay una cosa más —digo, porque si paro ahora no lo digo nunca—. Y es la que me da más miedo de todas.
—Dime.
—Que yo no me voy a dar cuenta.
—¿De qué?
—De cuando empiece a apagarse. —Se me va la voz otra vez—. Mis padres no se dieron cuenta, Bruno. Nadie se da cuenta. No hay un día en que tú te sientas a la mesa y dices «vaya, se ha acabado». Se te va yendo y un martes tienes cincuenta y ocho años y no sabes quién es el hijo de Rafael.
Bruno no dice nada.
—Así que te lo pido yo a ti: si tú lo ves antes que yo, me lo dices. Aunque sea horrible. Aunque yo te diga que no es verdad, que te lo voy a decir.
—Vale.
—¿Vale?
—Vale, Candela. —Y le sale ronco—. Llevo doce años detectando eso en gente que no conozco. Contigo lo voy a ver desde Utrera.
—Es un discurso malísimo —digo.
—Es malísimo.
—Ya te he dicho que no lo llevaba preparado.
—Se nota mucho.
Y da los dos pasos.
Pero no me toca todavía. Se para a treinta centímetros, con las llaves del coche todavía en la mano, y dice:
—Te voy a pedir una cosa concreta.
—Lo que sea.
—No, escucha, porque es concreta de verdad. —Y ahí es donde se le rompe un poco la voz, y es la primera vez en ocho meses—. No quiero ser un sitio al que vienes, Candela. No quiero ser las dos de la mañana. Ponme en el planning.
—¿Qué?
—Que me pongas en el planning. Con hora. —Se encoge de hombros—. El sábado 3 de octubre, a las doce del mediodía, en el CAAC. Escríbelo donde escribes las cosas que van a pasar seguro.
Saco el móvil.
Delante de él, en la explanada norte del Cortijo de la Alameda, a las 00:44 del 20 de septiembre, abro el calendario y escribo:
Sáb 03/10 — 12:00 — CAAC. Bruno.
Y le doy la vuelta a la pantalla para que lo vea, igual que él me dio la vuelta a la cámara en un camino de albero el 30 de agosto.
Y entonces sí.
* * *
La habitación de arriba tiene una cama de hierro, un armario y una ventana sin cortina, y a las cuatro y media de la mañana, cuando salga el segundo autobús, ninguno de los dos va a estar mirando el reloj.
Es distinto de Cádiz y es distinto del miércoles.
Es distinto porque esta vez no hay nada que aguantar.
En Cádiz crucé los brazos y él me los bajó.
El miércoles me dejé mirar y aguanté. Y esta noche, cuando me quita el vestido de trabajo con las dos manos y da el paso atrás de siempre, me quedo delante de él sin ningún esfuerzo, y sin ninguna prisa, y sin necesidad de que nadie me diga que no me tape.
—¿Qué? —digo.
—Que me habías dejado sin argumentos.
—Ya lo sé.
—Es un discurso malísimo, Candela.
—Cállate.
Y se ríe contra mi boca, y yo le muerdo el labio, y ahí se acaba la conversación.
Después es lento. Después es larguísimo. Después es una cosa en la que en algún momento le digo su nombre tres veces seguidas y él para y me pregunta qué, y yo le digo que nada, que sigo, que no pare, y él se ríe otra vez.
Y hay una diferencia con las otras dos veces, y la localizo enseguida porque no se puede no localizar.
Es que no estoy despidiéndome.
En Cádiz me estaba despidiendo y no lo sabía. El miércoles en el cortijo me estaba despidiendo y sí lo sabía, y por eso fue tan lento y por eso no le contesté. Las dos veces hubo, en algún punto de mi cabeza, un reloj.
Esta noche no hay reloj y el cuerpo lo nota antes que la cabeza.
Hay un momento en que estoy de espaldas, con él detrás y la boca en mi hombro y las dos manos abiertas en mi vientre, y por la ventana sin cortina entran las guirnaldas encendidas del patio y el ruido lejanísimo de ciento cuarenta personas cantando algo horrible.
Y le digo que no pare, y no para, y en algún momento dejo de tener frases.
Y otro, mucho más tarde, en que estamos frente a frente sin movernos casi nada, con la frente pegada y las manos cogidas encima de la almohada, y él dice mi nombre entero y yo digo el suyo.
Eso es lo que me llevo. Eso, no lo otro.
Después nos quedamos así, con la ventana abierta y las guirnaldas apagándose sector por sector porque Rocío está cerrando el cuadro de luces tal como le enseñé.
En algún momento se oye arrancar un autobús abajo.
Ninguno de los dos se mueve.
Y por primera vez en trece años, no sé cuánto ha durado nada de esto.
Ni lo he mirado.