El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Bruno

Lo da mucho peor que el de Cádiz. Se le cae el papel, lo recoge, pierde el sitio, dice dos veces «bueno». Charo llora desde la primera frase, que es un récord incluso para ella.

Es la única vez en toda la noche que no disparo.

—Yo quería decir una cosa —dice Dani— y no sé decirla, así que la voy a decir mal.

Ciento cuarenta personas calladas debajo de una parra.

—Mi padre se murió cuando yo tenía once años.

Se le va la voz. Espera. Nadie respira.

—Y en casa de mi madre hay once fotos suyas.

Once. Yo las he contado muchas veces. —Traga—.

Y son muy malas. Están movidas, salen cortadas, en una está comiendo.

Y yo llevo toda la vida enfadado con eso, porque yo con once años no tenía cámara y nadie tuvo la idea de hacerle fotos a mi padre un martes cualquiera.

Charo se lleva la servilleta a la boca.

—Y hoy… —Dani mira el papel, lo deja—. Hoy me caso, y me caso sin él, y eso no se arregla. No se arregla y ya está.

Silencio.

—Pero es que hoy hay un tío ahí detrás —y me señala, y yo no había previsto esto en absoluto—, que es mi hermano, y que lleva doce años haciéndole a la gente las fotos que nadie le hizo a mi padre.

Y ciento cuarenta personas se giran hacia mí a la vez.

Y yo, que me gano la vida siendo invisible en las bodas, me quedo de pie en mitad de un patio con una cámara colgada y ninguna idea de dónde meterme.

—Jime, perdona, que esto iba de ti —dice Dani, y todo el mundo se ríe, y él también—. Ya sigo.

Y sigue. Y lo que dice a continuación lo dice mirando a su mujer, no al papel.

—Yo no te puedo prometer que esto vaya a salir bien.

Ciento cuarenta personas dejan de reírse.

—Es que no puedo. Nadie puede. Mi padre le prometió a mi madre cincuenta años y le dio dieciocho, y no por culpa suya. —Se encoge de hombros—. Así que yo no te voy a prometer el final, Jime, porque el final no lo llevo yo.

Charo tiene la servilleta en la boca y los ojos cerrados.

—Lo que te prometo es lo de en medio. Que voy a estar. Los martes. Cuando esté malo. Cuando estés insoportable, que lo estás bastante.

Risas, y alguien silba, y él espera.

—Y que dentro de cuarenta años, si hay suerte, voy a saber cómo se llamaba el de la charcutería, y quién era su padre, y por qué te daba pena que lo quitaran.

Yo no sé qué es la charcutería. Nadie en este patio sabe qué es la charcutería. Es una cosa de ellos dos, salta a la vista.

Pero a seis metros de mí, en la mesa doce, hay una mujer con una carpeta debajo del brazo que se acaba de quedar inmóvil.

Y esa frase, la de que se casa sabiendo que nada está garantizado y que le da igual, es la que se queda flotando en el patio del Cortijo de la Alameda a las once y cuarenta y cuatro de la noche del 19 de septiembre.

* * *

Candela

Detrás de la tienda de cocina hay un hueco de metro y medio entre la lona y el muro, y ahí es donde estoy a las 23:46, de pie, llorando como llora la gente, con la cara fea.

He aguantado el discurso entero. Las once fotos, el padre, lo de que no puede prometer el final. Todo.

Lo que me ha sacado del patio ha sido la última frase, y he cruzado por el lateral de servicio con la carpeta debajo del brazo, muy deprisa y sin correr, que es lo único que sé hacer.

Salvador me ve, me da un papel de cocina y no dice nada. Lleva veinte años dando de comer en bodas. Sabe cuándo no se pregunta.

Vuelvo a las 23:55.

Y hago lo que hago siempre después de un discurso, que es trabajar: coordino con Curro el arranque de la barra, compruebo que la tarta esté fuera de la cámara, mando a Rocío a por el ramo.

Todo normal. Todo correcto.

Salvo que llevo veinte minutos con una frase dándome vueltas y no consigo quitármela.

Voy a saber cómo se llamaba el de la charcutería.

Es una frase que no significa nada para las ciento cuarenta personas que hay en este patio.

Es una broma privada de un matrimonio de un día.

Y yo sé de dónde ha salido, porque yo estaba sentada a esa mesa el 13 de agosto, y porque Bruno cenó allí conmigo, y porque los dos oímos a mi padre decir «el de la charcutería era el hijo de Rafael» y a mi madre repetirlo y a los dos callarse.

Dani no ha sacado eso de la nada.

Se lo ha contado su hermano. En algún momento de estas cinco semanas, mi vida entera ha pasado del salón de mis padres a un discurso de boda, y ha vuelto convertida en una promesa.

Y a las 00:20, cuando cruzo el patio para cerrar con Curro la hora del ramo, paso por detrás de Bruno.

Está de espaldas, mirando la pantalla trasera de la cámara, revisando. Es un gesto que le he visto cuatrocientas veces en ocho meses.

Y yo miro. Por encima de su hombro, sin pararme, como quien no hace nada.

Y lo que hay en esa pantalla me para en seco en mitad de un patio con ciento cuarenta personas alrededor.

Son mis padres.

Manuel y Pilar Ferrer, en el borde de la pista, a las diez y cuarto de la noche, bailando.

Y no están bailando como bailan los matrimonios de treinta y ocho años en las bodas, que es una cosa que se hace por corrección, mirando cada uno hacia un lado.

Mi padre tiene la mano abierta en la espalda de mi madre. Ella tiene la cara girada hacia él y está diciéndole algo, con las cejas levantadas, a mitad de una frase.

Y mi padre se está riendo.

Se está riendo con la boca abierta y los ojos cerrados, echando la cabeza un poco hacia atrás, con una cara que yo no le he visto en treinta y dos años. No en las comidas de los domingos, no en mi graduación, no en el pasillo de las nueve fotografías.

En treinta y dos años.

Y hay un detalle en esa foto que es el que me termina de romper, y es que mi madre no está mirando a la cámara ni está posando ni sabe que existe una cámara.

Está a mitad de una frase.

Le está contando algo. Con las cejas levantadas, con la boca abierta, como cuenta la gente las cosas cuando le importa que la otra persona se entere.

Ese es el hilo del que nadie tira en la mesa de mi casa. Ahí está. Existe. A las diez y cuarto de la noche, en una boda, en un cortijo de Cádiz, a ciento noventa kilómetros del salón donde llevan treinta y ocho años pasándose el aceite.

Y este hombre lo ha cazado en el único segundo en que era verdad, porque es lo que hace, porque lleva doce años sin hacer otra cosa.

—Es de las diez y cuarto —dice Bruno.

No se ha girado. Sabe que estoy detrás.

—Ya.

—Estuvieron dos canciones.

—¿Dos?

—Dos. —Baja la cámara—. La segunda la pidió tu madre.

Y sigue andando hacia el fondo del patio, porque tiene una lista que cumplir y son las 00:22.

* * *

Me siento en el escalón de la puerta de la cocina vieja.

En mitad de mi propio evento. Con el pinganillo puesto y ciento cuarenta personas a veinte metros, me siento en un escalón como no me he sentado en trece años de trabajo.

Y lo entiendo todo de golpe, y no es agradable, y no dura once minutos ni cuatro: dura unos treinta segundos y es como si me abrieran una puerta de una patada.

Mis padres no son una advertencia.

Eso es lo que llevo treinta y dos años haciendo con ellos: usarlos de aviso. Mira esa mesa. Mira esos silencios. Mira lo que le pasa a la gente que se cree la parte del para siempre.

Y resulta que a las diez y cuarto de la noche mi padre se ha reído con la boca abierta con la mano en la espalda de mi madre, y que eso ha existido, y que lleva existiendo lo mismo cuarenta años en algún sitio de esa casa donde yo no he mirado porque decidí a los quince años que allí no había nada.

Ahí no hay nada , dije yo en un coche, en marzo, camino de Vejer.

Ahí ya no hay nada , dijo él. Y me explicó la diferencia y yo dije que era lo mismo.

No es lo mismo.

Que se haya gastado no significa que fuera falso. Significa que era bueno y que nadie lo cuidó, que es mucho más triste y —esta es la parte que me hunde— mucho más arreglable.

Y llevo dos semanas haciendo lo mismo con un hombre que está a quince metros de mí cumpliendo un planning que le escribí yo.

Le he puesto fecha de caducidad a algo por miedo a que se caducara.

He tirado el vino a la pila para no verlo agriarse.

Y aquí, sentada en un escalón de piedra a las 00:23 de la mañana, con la música sonando a veinte metros, me hago la pregunta que llevo treinta y dos años sin hacerme.

¿Y si mis padres no son lo que le pasa a la gente que se cree el para siempre?

¿Y si mis padres son lo que le pasa a la gente que deja de tirar del hilo?

Porque yo he visto la mesa. Yo he visto los treinta y ocho años de aceite y de fruta y del hijo de Rafael. Pero yo no vi 1988, ni 1991, ni el año en que mi madre le contaba cosas con las cejas levantadas todos los días y no solo en las bodas de las hijas de otras.

Nadie los rompió. Se les fue apagando y no lo notaron, porque no se nota. Eso es lo único que aprendí en esa casa y es lo único que aprendí bien.

Y lo que hice con esa información, a los quince años, fue decidir que la solución era no encender nada nunca.

Miro el reloj.

Son las 00:24 del 20 de septiembre. El segundo autobús sale a las 04:30.

Todo lo que dura poco sigue habiendo ocurrido. Me lo llevan diciendo ocho meses y yo estaba ocupada con el catering.

Cuatro horas y seis minutos.