El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Candela

El despertador suena y yo ya estoy despierta, porque llevo despierta desde las tres.

Hay una banda de nubes bajas viniendo del oeste que no estaba en ningún parte meteorológico del mundo.

—Cande.

—Lo veo.

—¿Activamos plan B?

—Todavía no.

El plan B es una carpa transparente de doce por veinte que está desmontada en un camión en Conil y que cuesta mil doscientos euros levantar.

Si la levanto y no llueve, he tirado mil doscientos euros de los novios y he tapado la parra.

Si no la levanto y llueve, tengo ciento cuarenta personas debajo del agua.

A las 07:10 llamo a Paco Nieto.

—Paco, ¿usted qué dice?

—Que eso se abre.

—¿Seguro?

—Hija, llevo aquí setenta y cuatro años. —Se oye una cafetera de fondo—. Eso viene de poniente, entra por Conil y se va por Medina. A las once no queda nada.

A las once no queda nada.

Y a las once y cuarto sale un sol de septiembre que va a estar veintiocho grados hasta las nueve de la noche, y yo miro a Paco Nieto desde el otro lado del patio y él se toca la boina y sigue barriendo.

Rocío se me acerca a las once y veinte con dos cafés.

—Cande.

—Estoy bien.

—No te he preguntado.

—Rocío, hoy no.

—Vale. —Me da el café—. Pero luego sí.

Y se va a comprobar los tarjetones.

Ella lo sabe. Lo sabe desde que llegamos ayer, porque a las nueve de la mañana del viernes yo entré en el cortijo con una cara y ella me miró una vez y no volvió a preguntarme nada en todo el día, que es su manera de decirme que lo sabe.

Y también sabe, porque no es idiota, que hoy no se puede hablar de eso.

Hoy hay ciento cuarenta invitados.

* * *

El resto del día es el mejor trabajo que he hecho en mi vida.

Lo digo sin ninguna modestia y sin ninguna alegría, porque son las dos cosas a la vez.

A las 11:40 llega la floristería con el arco y falta la mitad del eucalipto; lo rehacemos con lo que hay del centro de la mesa presidencial y se nota que falta, y no lo sabe nadie más que yo.

A las 13:00 se rompe una manguera del grupo electrógeno. A las 13:35 está arreglada.

A las 17:20 llegan los autobuses y descargan ciento cuarenta personas en una explanada en cuesta con tacón, y no se cae nadie, porque llevo desde marzo con esa explanada en la cabeza.

A las 17:50 empieza lo que yo llamo la hora tonta, que es cuando ya está todo hecho y todavía no ha empezado nada, y es la hora en la que se estropean las bodas. Un invitado descubre la barra antes de tiempo. Una madre decide que las flores del arco están torcidas. Un niño se cae en el albero.

Hoy es un tío de Jimena que quiere ver la cocina.

—Señor, la cocina es una tienda de campaña con dieciséis personas trabajando y aceite a ciento ochenta grados.

—Es que yo he sido cocinero.

—Y yo he sido paciente.

Se ríe. Se va. Le mando una cerveza.

A las 18:10, la tía Reme se sienta donde no debe. Y yo, sin pensar, sin ni siquiera ir yo, mando a Rocío con la maniobra número uno: nada de mover a Reme; mover a la señora de al lado con la excusa de la silla de ruedas de un abuelo que no existe, y esperar a que Reme se levante sola.

Se levanta sola.

A las 18:20 subo un momento a la habitación de la novia, la de la cama de hierro y la ventana sin cortina, que es la misma habitación en la que dormí el miércoles y en la que un hombre me dijo ocho palabras a las tres y veinte de la mañana.

Le abrocho el vestido a mi mejor amiga. Le compruebo el bajo. Le doy la piruleta que llevo en el bolsillo interior desde 2018, porque hay que darle algo a las manos.

—Estás guapísima —le digo.

—¿Estás bien?

—Hoy no trabajas tú, Jime. Hoy trabajo yo.

—No es eso lo que te he preguntado.

—Baja a las siete menos diez —digo, y me voy.

* * *

A las 18:44 lo veo por primera vez en todo el día.

Está en el arranque del camino, agachado, haciéndole una foto a la madre de Jimena.

Es la número once de mi lista: el padre esperando solo en el hall.

Aquí no hay padre —el de Jimena se fue de casa en 2004 y no está invitado, y esa decisión la tomó ella en marzo y me costó tres conversaciones—, así que la ha adaptado sin preguntármelo.

La madre, sola, de pie, con el ramo de su hija en las manos, esperando a que le abran la puerta.

La veo hacerla desde veinte metros y me tengo que dar la vuelta.

Él no me ve. O me ve y no me mira, que es lo que va a hacer durante las nueve horas siguientes.

Y no es un desplante. Ahí está lo insoportable: no es un desplante. Es lo que pactamos anoche debajo de la parra y lo está cumpliendo con una precisión de relojero.

* * *

Y a las 18:52, con el patio en silencio y ciento cuarenta personas de pie, Jimena Ríos baja por el camino de los olivos del brazo de su madre.

Ese camino que yo dije que era una barbaridad. Ochocientos metros de albero en cuesta con vestido largo, dos centímetros subidos en la calle Zaragoza el lunes, con el sol de las siete menos ocho dándole de frente por la izquierda entre dos olivos.

Es la cosa más bonita que he montado en trece años.

Y yo estoy en mi sitio, detrás de todo, contra el muro, contando.

Cuento el tiempo de bajada: cincuenta y un segundos, once más de los previstos, porque su madre va despacio y hace bien. Cuento los invitados que se han levantado sin que nadie se lo pida: todos. Cuento el retraso acumulado: seis minutos, que recupero en las fotos de grupo.

Cuento todo eso a la vez que veo a mi mejor amiga desde los quince años llegar al final de un camino de albero que yo dije que era una barbaridad, y coger la mano de un hombre al que le tiembla el labio inferior a ojos vistas, y decirle algo al oído que no oye nadie.

Los votos son largos, porque los votos siempre son largos.

Jimena empieza por «no sé por dónde empezar», como empiezan todos, y yo, contra el muro, con el pinganillo puesto y el cronómetro en la mano, me tengo que morder por dentro del carrillo hasta hacerme daño.

Anillos a las 19:07. Beso a las 19:09.

El arroz vuela.

* * *

El cóctel arranca a las 19:12 con seis minutos de retraso y a las 19:20 los tengo recuperados.

A las 19:35 hace la treinta y uno: los novios con la familia materna del novio, con la tía Reme peinada y todavía sobria. La monta y la resuelve en noventa segundos sin levantar la voz, que es una cosa que yo no le he visto hacer a ningún fotógrafo en trece años.

Y a las 20:05 se los lleva.

Los saca por la puerta del olivar, los baja doscientos metros por el camino de albero y me los devuelve en once minutos. Salvador emplata a las 20:15. El banquete entra a las 20:20.

No se cae una sola ficha del dominó.

Yo estoy detrás del muro, con el pinganillo puesto, viendo a un hombre demostrarme que tenía razón desde enero y que a mí me ha costado ocho meses comprárselo.

Sigue sin mirarme.

* * *

A las 21:35, en mitad del segundo plato, hace la veintisiete: la mesa de los abuelos.

Sin flash.

Eso lo escribí yo en abril, a las nueve y media de la mañana, en un anexo que le mandé por correo. Él me preguntó por qué lo había puesto y yo tardé catorce horas en contestarle la verdad.

Hoy lo cumple sin que se lo recuerde nadie y sin mirarme una sola vez.

* * *

A las 22:15 mis padres bailan.

Eso no me lo esperaba, y ni siquiera lo veo: me lo cuenta Rocío por el pinganillo, con una alegría absurda, mientras yo estoy en la tienda de cocina discutiendo con Salvador los tiempos del postre.

Están en la mesa once. Vinieron porque Jimena los invitó, porque Jimena lleva diecisiete años entrando y saliendo de esa casa y porque mi madre le tejió una bufanda en 2011.

—Cande, están bailando tus padres.

—Vale.

—Que están bailando.

—Vale, Rocío, estoy con el postre.

Y no voy.

Y me paso el resto de la noche pensando en que no fui.

* * *

A las once menos veinte de la noche, con el postre servido y la gente ya levantada de las mesas, yo hago mi ronda de siempre.

Está todo bien. Está todo perfecto. La cocina cerrando, la barra montada y con hielo esperando a que termine el discurso, los autobuses confirmados, el niño de Fali dormido en brazos de alguien.

Y me apoyo en la columna del patio, en mi sitio, contra el muro, y hago la cosa que llevo haciendo trece años, que es mirar la boda de otra gente desde fuera.

Y me descubro girando la cabeza.

Lo hago sin decidirlo. Cada vez que se mueve algo en el borde de mi campo de visión, giro la cabeza para ver si es él. Cada vez que oigo el obturador. Cada vez que se enciende una luz al fondo.

Lo cuento, porque yo cuento todo.

Cuarenta veces entre las once menos veinte y las once y media.

Cuarenta.

Y en la número treinta y uno lo encuentro.

Está en el borde del olivar, fuera del círculo de las guirnaldas, agachado, disparando hacia la pista con un objetivo largo. Lleva la camisa arremangada y una segunda cámara colgada del hombro, y a esa distancia y con esa luz podría ser cualquiera, y no es cualquiera.

Y mientras lo estoy mirando, se levanta y se gira ciento ochenta grados y le hace una foto a otra cosa: a una señora de setenta años que se ha quedado dormida en una silla con el bolso agarrado con las dos manos.

Nadie le ha pedido esa foto. No está en las cuarenta y dos. No la va a mirar nunca nadie más que la nieta de esa señora, dentro de quince años, cuando ya no esté.

Y a mí, apoyada en una columna a las once y media de la noche, en mi propia boda perfecta, con el pinganillo puesto y ciento cuarenta personas riéndose a veinte metros, me entran unas ganas horribles de sentarme en el suelo.

No me siento.

Hago la ronda de la cocina y compruebo por tercera vez los autobuses.