CAPÍTULO 21
Bruno
Llegan las mesas a las diez. Llega el módulo de baños a las once. A la una monta el catering la tienda de cocina en la explanada norte y hay una discusión de cuarenta minutos con las piquetas porque el albero está suelto, tal como ella dijo en marzo.
A las cuatro llega la floristería. A las seis, Curro con el sonido. A las ocho, el grupo electrógeno, que hace un ruido que se oye desde Vejer hasta que le montan la caja acústica.
Y entre todo eso, ciento cuarenta sillas, ochenta metros de guirnalda en la parra y una mujer con una carpeta que no ha parado desde las nueve de la mañana.
Trabajamos juntos siete veces a lo largo del día. Siete. Con normalidad absoluta.
Y es una normalidad rarísima, porque no está fingida. No hay tensión, no hay frialdad, no hay indirectas. Lo que hay es una mujer que necesita saber a qué hora quiero a los novios en el olivar y un fotógrafo que se lo dice, y los dos haciendo su trabajo mejor que nunca.
A las doce y media resolvemos entre los dos, en un momento, un problema con la posición del arco que a Loli la tenía frita desde las once.
A las cinco me pregunta si necesito luz en la explanada del aparcamiento y yo le digo que sí, que a las diez de la noche eso es una trampa, y ella lo apunta y a las siete hay dos focos montados que no estaban presupuestados.
A las nueve y media cenamos de pie, con el equipo entero, unos bocadillos que ha traído Rocío. Estamos los dos en la misma mesa. Hablamos de la previsión de viento.
Y esto es lo que nadie te cuenta: que se puede tener el corazón hecho polvo y a la vez pasarlo bastante bien montando una boda con la persona responsable.
Yo hago mi trabajo, que hoy consiste en fotografiar el montaje —eso no está en la lista de nadie, pero dentro de veinte años a mi hermano le va a interesar más el albero levantándose de la carpa que las cuarenta y dos tomas obligatorias— y en cerrar con ella los tiempos del sábado.
Y a las once y media de la noche, cuando ya se ha ido todo el mundo y el cortijo se queda con las guirnaldas encendidas y ciento cuarenta sillas vacías debajo de la parra, ella baja al patio con una botella de agua y se sienta.
Yo estoy guardando el equipo.
—Bruno.
—Dime.
—Siéntate un momento.
Me siento.
* * *
Candela
Llevo dieciocho horas montando esta frase y sale mal igual.
—Lo que oíste anoche no iba por ti.
—Ya lo sé.
—Era Jimena. Estaba en el suelo del salón sin poder respirar y yo tenía que…
—Candela, ya lo sé. —Deja la mochila en el suelo—. No estoy enfadado por lo que le dijiste a tu amiga. Yo creo que le diste un consejo malísimo con la mejor intención del mundo y que ella hizo bien en no cogerlo, y ya está. Eso no es lo que me tuvo despierto.
—¿Entonces?
—Que te lo crees.
—Bruno…
—Que te lo crees de verdad. —Se pasa las dos manos por la cara—.
Yo llevo desde marzo pensando que lo tuyo era una postura.
Una cosa que dices para no tener que hablar.
Y anoche te oí explicárselo a la persona que más quieres en el mundo, a las dos de la mañana, cuando no había nadie delante a quien impresionar.
Me quedo callada.
—Y ahí entendí que no es una postura. Que es tu sistema operativo.
—Vale, ¿y qué pasa si lo es?
—Que entonces yo soy lo que hay mientras hay.
Y ahí está.
Y yo, que llevo dieciocho horas esperando esta frase, no tengo nada preparado.
—Eso no es justo —digo.
—¿Cuál es la parte que no es justa?
—Que lo digas como si te hubiera engañado. —Y me sale más fuerte de lo que quería—. Yo te lo dije, Bruno. Yo te lo dije el día 6, en Cádiz, sentada en una cama, antes de nada. Te dije que esto terminaba el 19 y tú dijiste vale.
—Sí.
—No te he mentido ni una vez.
—No.
—¡Entonces no me mires así!
—No te estoy mirando de ninguna manera, Candela. Estoy sentado.
Y es verdad, y eso lo empeora todo, porque yo estoy de pie y llevo dos minutos levantando la voz debajo de una parra a las doce menos veinte de la noche, y él está sentado en una silla Chiavari con las manos en las rodillas.
—Yo he cumplido —digo—. Punto por punto. No te he prometido nada que no vaya a cumplir. ¿Sabes cuánta gente puede decir eso?
—Muchísima.
—¿Perdona?
—Que muchísima gente puede decir eso. —Levanta la cabeza—. Un montón de gente cumple lo que promete, porque promete cosas pequeñas. Tus padres cumplieron todo lo que firmaron en 1988, Candela. Todo. Y por eso llevan treinta y ocho años sentados a esa mesa.
Se hace un silencio enorme debajo de esa parra.
—Eso ha sido bajo.
—Sí —dice, y no se disculpa, y es la primera vez en ocho meses que este hombre no se disculpa por algo—. Ha sido bajo. Y es verdad.
—Tienes razón —dice después, mucho más bajo—. En todo. No me has mentido, me lo dijiste por adelantado y yo dije que sí. Eso es lo que pasó y no hay ni una coma que discutir.
—Pues ya está.
—Y yo dije que sí porque pensé que catorce días eran muchos.
Se me cierra la garganta.
—Pensé que te ibas a dar cuenta —dice—. En serio.
Lo calculé. Me senté en aquella cama y calculé que en catorce días te ibas a dar cuenta de que esto no era una cosa de dos semanas, y que ibas a venir tú a decírmelo, y que yo no iba a tener que pedirte nada.
—Se ríe sin ninguna gracia—. Llevo doce años esperando que la gente baje la guardia sola.
Es lo único que sé hacer. Y anoche, en un recibidor, entendí que contigo puedo esperar hasta los ochenta.
—Eso no lo sabes.
—No. —Me mira—. Pero es que no me lo estás desmintiendo.
Y tiene razón.
Tiene razón porque tengo la frase aquí, en la boca, desde hace dos semanas, y llevo dos semanas metiéndomela otra vez para dentro, y ahora mismo, con la parra encima y ciento cuarenta sillas vacías, la vuelvo a meter.
Y lo peor es que sé por qué.
Porque si la digo, esto pasa a ser una cosa que se puede perder. Ahora mismo, con fecha de caducidad, esto no se pierde: se termina. Que es distinto y no duele igual, y yo llevo treinta y dos años perfeccionando esa diferencia.
Bruno espera cuatro segundos.
Cuatro.
Luego se levanta y coge la mochila.
—Vale —dice.
—Bruno.
—No, si vale de verdad. —Y lo peor es que lo dice sin rencor, y eso me destroza mucho más que si me gritara—.
Vamos a hacer lo que pactamos, que es lo justo.
Mañana tú eres la organizadora y yo soy el fotógrafo, y vamos a hacer la mejor boda que hemos hecho ninguno de los dos, porque se lo debemos a mi hermano y a tu amiga.
—Sí.
—Y cuando salga el segundo autobús, se acaba.
—Bruno…
—Me lo pusiste tú, Candela. Yo solo lo estoy cumpliendo.
Se cuelga la mochila. Da tres pasos hacia el camino. Y se para.
—Una cosa —dice, sin girarse del todo—. Mañana, a las 18:52, tu amiga va a bajar por ese camino, y va a ser lo más bonito que has montado en trece años. Lo dijiste tú el miércoles, en esta misma mesa.
—Sí.
—Y va a durar cuarenta segundos. Cuarenta.
Ahora sí se gira.
—Y lo vas a estar recordando el resto de tu vida. Eso también se acaba, y no se te ha ocurrido ni una sola vez pensar que por eso no vale la pena. —Se encoge de hombros—. Con lo tuyo y lo mío sí se te ha ocurrido. Ya me dirás por qué.
Y se va por el camino de albero hacia la casa de abajo, y las guirnaldas de la parra siguen encendidas, y yo me quedo sentada sola en el patio del Cortijo de la Alameda a las doce menos veinte de la noche.
Hago lo que hago siempre.
Saco la carpeta. Repaso el planning del sábado de principio a fin, las dieciocho páginas, línea por línea, con un bolígrafo en la mano, a las doce y cuarto de la noche, sola, debajo de una parra, en una finca vacía con ciento cuarenta sillas puestas.
Tardo cincuenta minutos. No encuentro un solo error.
He ganado la discusión.
No he perdido ni un punto. Se lo dije por adelantado, él aceptó, yo he cumplido el pacto entero y él ha reconocido, delante de mí, que tengo razón en todo.
Nunca en mi vida me he sentido peor teniendo razón.