CAPÍTULO 20
Candela
Dani duerme en casa de su madre la noche del jueves porque Charo Salgado ha decidido, en algún momento de agosto y sin consultarlo con nadie, que su hijo no va a ver a la novia antes de la boda.
No es un plan romántico de última noche de soltera. Es logística: a las siete de la mañana salimos las dos para Vejer con el maletero cargado de cajas, y desde su casa se sale antes.
Cenamos pizza sentadas en el suelo del salón, entre cajas de tarjetones, y a la una y media apago la luz en el sofá cama.
A las dos menos cuarto oigo la puerta del dormitorio.
—¿Cande?
Y por cómo dice mi nombre —tres letras, y ya lo sé— me incorporo antes de que termine.
Jimena está de pie en el marco de la puerta con una camiseta vieja de Dani, descalza, y está temblando.
—No puedo respirar.
—Ven aquí.
—Cande, que no puedo respirar de verdad.
—Que vengas.
Y viene, y se sienta en el suelo con la espalda contra el sofá, y yo me siento detrás de ella y le pongo una mano en el pecho y le digo que cuente, y contamos, y a los cuatro minutos deja de temblar y empieza a llorar, que es peor y es mejor.
—Es normal —le digo—. Le pasa al ochenta por ciento.
—No es eso.
—Jime, de verdad que le pasa a…
—Que no es eso, Candela.
Se seca la cara con la camiseta.
—Es que esta tarde he estado en casa de mi madre —dice—. Y he visto una foto de mi padre.
Ah.
El padre de Jimena se fue de casa en 2004. No se murió: se fue. Y sigue vivo, y vive en Huelva, y no viene a la boda porque no está invitado, y esa decisión la tomó ella en marzo y me costó tres conversaciones.
—Estuvieron dieciocho años —dice—. Dieciocho. Y en las fotos de su boda salen igual que nosotros. Cande, salen igual. Con la misma cara.
—Jimena.
—Yo he visto esa foto mil veces y siempre la he visto como el principio de una cosa que salió mal. Y hoy la he mirado y he pensado: esa mujer de ahí tiene veintiséis años y está convencidísima. —Se le rompe la voz—. Está tan convencida como estoy yo.
—Jime…
—Y mi madre lleva veintidós años diciendo que aquel día fue el más feliz de su vida, y a mí eso me daba una ternura enorme y ahora me da un pánico que no te puedes imaginar. —Se gira—. ¿Y si dentro de veinte años yo soy ella? ¿Y si dentro de veinte años Dani y yo somos tus padres?
Y ahí.
Ahí es donde yo debería haber dicho lo que dice todo el mundo. Que Dani no es su padre. Que ella no es su madre. Que ellos son ellos y que van a estar bien.
Eso es lo que se dice. Eso es lo que hay que decir a las dos de la mañana a una mujer que se casa el sábado. Y no cuesta nada, y no es mentira del todo, y funciona.
Yo se lo he dicho a novias que no conocía de nada.
Se lo dije en 2019 a una chica de Utrera que se me derrumbó en un probador, y a una en 2022 que llamó a mi móvil personal a las once de la noche.
A las dos les dije que iban a estar bien y las dos se casaron y yo no tenía ni idea de si iban a estar bien.
Pero eso se le dice a una clienta.
A Jimena no le puedo mentir. Llevo diecisiete años sin mentirle y me parece que esa es la parte buena de lo nuestro.
Y llevo dos semanas durmiendo tres horas, y tengo delante a la persona que más quiero en el mundo con una camiseta vieja y la cara destrozada.
Y yo no consuelo. Yo resuelvo.
* * *
—Vale —digo—. Escúchame.
Se limpia la nariz.
—A lo mejor sí.
—¿Qué?
—Que a lo mejor sí, Jimena. A lo mejor dentro de veinte años sois mis padres. —Le cojo las dos manos—. Y no te lo digo para hacerte daño. Te lo digo porque llevas veinte minutos pidiéndole a alguien que te garantice una cosa que no puede garantizar nadie, y eso te va a destrozar el sábado.
—Cande…
—No. Escúchame, que esto sí te sirve. —Y me sale entero, ordenado, como me sale todo—.
El sábado te vas a casar, y va a ser precioso, y os lo merecéis los dos.
Pero la parte del «para siempre» no te la creas.
No porque sea mentira: porque nadie tiene esa información. Ni tú, ni Dani, ni el que oficie.
Jimena me mira con los ojos rojos.
—Así que tú cásate por lo que tienes ahora. Que es mucho, y es bueno, y yo lo he visto. —Le aprieto las manos—. Y protégete. Ten tu trabajo, ten tu cuenta, ten tu vida aparte, y no te disuelvas dentro de él, y así, si un día se acaba, te quedas tú entera.
—Ya.
—Se coge lo que hay mientras hay, Jime. Y cuando se acaba, se cierra y no se mira atrás. Eso no es ser fría. Eso es lo único que te deja disfrutarlo mientras dura.
Se hace un silencio.
Y en ese silencio yo estoy convencidísima de que le acabo de dar el mejor consejo de mi vida.
* * *
Jimena me suelta las manos.
Se seca la cara otra vez. Respira hondo. Y luego hace una cosa que no me espero, que es sonreír.
—Gracias —dice.
—¿Estás mejor?
—Estoy mejor. —Se recoge el pelo con las dos manos—. Y no lo voy a hacer.
—¿El qué?
—Eso.
Se levanta. Va a la cocina, se sirve un vaso de agua, se bebe medio y se apoya en la encimera.
—Yo el sábado me voy a creer la parte del para siempre —dice—. Entera. Y ya sé que no me la puede garantizar nadie, y me da igual, y no me lo estoy creyendo por tonta. Me lo voy a creer porque es lo que quiero prometer.
—Jimena, yo solo digo que…
—Ya sé lo que dices, Cande. Llevo diecisiete años oyéndotelo decir. —Sonríe, y no hay reproche ninguno, que es lo que hace que me duela después—. Y te quiero muchísimo, y me has quitado el ataque de ansiedad en cuatro minutos, y no me voy a llevar el consejo.
—Vale.
—Porque tú me has dicho que me proteja. —Deja el vaso en la encimera—. Y yo no me quiero proteger, Cande. Yo me quiero meter entera. Si sale mal, saldrá mal y me hará polvo, y estaré tres años como estuvo mi madre, y aun así prefiero eso a casarme el sábado con una salida de emergencia señalizada.
—Eso es una barbaridad.
—Es una barbaridad —dice—. Es una barbaridad como una casa, y por eso se hace con vestido largo y ciento cuarenta testigos.
Y se ríe. Y yo también, porque no me queda otra.
—Y ahora nos vamos a dormir, que salimos a las siete.
Y me da un beso en la cabeza al pasar, y se mete en su habitación, y a los diez minutos la oigo dormir.
Yo me quedo sentada en el suelo del salón, entre cajas de tarjetones, sintiéndome mejor de lo que me he sentido en dos semanas.
Porque he hecho mi trabajo. La he sostenido. Se ha calmado. Se casa.
Y no ha pasado nada malo. Nada.
* * *
A las dos y cuarenta, cuando me estoy levantando para volver al sofá cama, veo la luz.
Es la luz del recibidor. Está encendida.
Y en el recibidor, de pie, con las llaves de Dani en una mano y una cajita de terciopelo en la otra, está Bruno Salgado.
Los gemelos de su padre.
Se me olvida por completo que existían. Dani los quería para el sábado y estaban en el cajón de Jimena, y su hermano ha conducido desde Bormujos a las dos y media de la mañana a recogerlos porque a Dani se le ha olvidado.
Y por la posición en la que está —parado, sin avanzar, a dos metros de la puerta del salón— sé cuánto tiempo lleva ahí.
—Bruno.
—Ya me iba.
—¿Cuánto llevas?
—Candela, de verdad, ya me iba.
—¿Cuánto llevas ahí?
Y me mira.
Y no hay reproche en esa cara, ni enfado, ni nada de lo que yo sabría manejar. Hay una cosa mucho más tranquila y mucho peor.
—Lo suficiente —dice.
Se guarda la caja en el bolsillo. Abre la puerta.
—Mañana a las nueve estoy en el cortijo —dice—. Buenas noches.
Y se va.
Y yo me quedo en el pasillo, a oscuras, repasando en tiempo real todo lo que he dicho en los últimos diez minutos, buscando cuál es la frase.
La encuentro enseguida. Claro que la encuentro.
Se coge lo que hay mientras hay. Y cuando se acaba, se cierra y no se mira atrás.
Eso no se lo he dicho a Jimena.
Se lo he dicho a él. Se lo dije el 6 de septiembre, en una habitación de hotel de Cádiz, con la sábana subida hasta el pecho y una lista mental de ciento cuarenta invitados.
Se lo dije con otras palabras y con un envoltorio mucho más elegante —lo de la familia, lo de los bautizos, lo de que era matemática y no filosofía—, pero es esa frase.
Y él acaba de oírme decírsela a otra persona a las dos y media de la mañana, sin envoltorio, como una convicción.
Vuelvo al sofá cama. Me tumbo. Miro el techo del salón de Jimena.
Y a las tres y diez, cuando todavía no me he dormido, entiendo la segunda parte, que es peor que la primera.
No estoy preocupada por lo que le he dicho a mi amiga.
Estoy preocupada por lo que él ha oído.
Y una persona que se preocupa por eso no está gestionando un proveedor.