CAPÍTULO 19
Bruno
No es un plan. Ocurre.
Ocurre porque la toma de agua prevista para el módulo de baños no encaja y hay que replantearla entera, y porque el del sonido se retrasa dos horas, y porque el proveedor de la iluminación de la parra no aparece hasta las ocho, y porque a las nueve y media, cuando terminamos, llevamos los dos catorce horas despiertos y hay ciento noventa kilómetros hasta Sevilla.
Paco Nieto lo resuelve en once segundos.
—Arriba hay dos habitaciones —dice—. Las camas están hechas desde julio.
—Paco, no hace falta que…
—Hija, son las diez de la noche. —Se sube la boina—. Yo me bajo a mi casa. El agua caliente tarda un poco. Buenas noches.
Y se va.
Y ahí nos quedamos: en un cortijo del XIX vacío, en mitad de la nada, a diecisiete kilómetros del pueblo, tres días antes de la boda.
Candela se queda mirando el camino por el que se ha ido Paco.
—Ha sido a propósito —dice.
—Paco tiene setenta y cuatro años.
—Paco tiene setenta y cuatro años y ha visto ciento y pico bodas. —Se cruza de brazos—. Ese hombre lee a la gente mejor que tú y que yo juntos.
* * *
Cenamos lo que hay, que es un tupper de la carrillada de la prueba de Salvador que ella llevaba en la nevera del coche desde junio y que decido no cuestionar, media barra de pan y una botella de tinto que Paco ha dejado encima de la mesa de la cocina sin decir nada, lo cual confirma la teoría.
Cenamos en el patio, debajo de la parra, sin luz eléctrica, porque el grupo electrógeno está desconectado hasta el viernes y porque hay luna.
Y aquí es donde tengo que explicar una cosa.
Yo he fotografiado ciento y pico bodas en sitios bonitos. Sé lo que hace un sitio bonito con la gente. Es mi oficio y llevo doce años usándolo a mi favor.
Y aun así, el patio del Cortijo de la Alameda, vacío, en septiembre, a las once y media de la noche, con la parra encima y el valle negro entero abriéndose al fondo, es la primera vez en mi vida que un sitio me hace algo a mí.
Ella está sentada enfrente, descalza, con los pies en el travesaño de la silla y la copa en la mano.
Y no dice nada durante mucho rato.
Luego, sin venir a cuento:
—Paco perdió a su mujer hace nueve años.
—Lo sé.
—Y sigue viviendo abajo, en la casa pequeña, con el cortijo entero vacío encima. —Da un trago—. Me lo contó en marzo, subiendo por el camino de los olivos, entre el consumo del generador y las medidas del módulo de baños. Y me dijo otra cosa que llevo seis meses sin poder tirar.
—¿Cuál?
—Que a él lo invitan a casi todas las bodas que se celebran en su casa y que no sube nunca. Que no le parece bien. —Me mira—. Que es el día de ellos y no el suyo.
—Es bonito.
—Es horrible, Bruno.
—¿Por qué?
—Porque yo llevo trece años diciendo eso mismo. —Deja la copa en la mesa—. Es el día de ellos. Yo estoy detrás del seto. Yo no salgo en las fotos. Yo cuento las sillas cuando se han ido todos.
Se queda mirando el valle negro.
—Y en marzo lo anoté en la carpeta porque me pareció una frase preciosa de un señor entrañable. Y llevo desde entonces pensando que ese hombre y yo tenemos la misma frase, y que él la dice por respeto y yo la digo por otra cosa.
—El sábado, a esta hora —dice al final—, aquí va a haber ciento cuarenta personas.
—Sí.
—Y el domingo por la mañana no va a haber nadie.
—También.
Le da un trago al vino.
—Bruno, ¿tú a qué hora te vas el domingo?
Y yo pongo la copa en la mesa muy despacio, porque acabo de entender que llevo tres días esperando esta pregunta y que ella la acaba de hacer de la única manera en que sabe hacerla, que es como si fuera una cuestión de logística.
—A la hora que tú me digas —contesto.
Y se le queda la copa a medio camino.
* * *
No hay prisa ninguna, y eso es lo que lo cambia todo.
En Cádiz fue una habitación de metro treinta y cinco, un aire acondicionado que hacía ruido y ocho meses de retraso reventando a la vez. Esto no se parece en nada.
Subimos por una escalera de piedra con el móvil encendido porque no hay luz. La habitación tiene una cama de hierro, un armario y una ventana sin cortina que da al valle, y por esa ventana entra una luna que ilumina más de lo que debería.
La desnudo despacio y ella me deja.
Eso es lo nuevo. En Cádiz cruzó los brazos y tuve que bajárselos. Aquí, cuando doy un paso atrás para mirarla, se queda quieta con la luz de la luna dándole en un lado entero del cuerpo, y no se tapa, y aguanta, y me mira mirarla durante un tiempo que no soy capaz de medir.
—¿Qué? —dice, en voz baja.
—Nada.
—Estás haciendo lo del camino.
—Estoy haciendo lo del camino.
Y se ríe, y viene ella, y ya no hablamos más.
Es lento todo. Es lento porque hay tiempo, porque nadie va a llamar a la puerta y porque no hay ningún claxon a doscientos metros.
Me toma el pelo dos veces y una tercera se le va la voz a mitad de la frase.
Le sujeto la cara con las dos manos y ella me aparta las manos y se las lleva a otro sitio, con una determinación que me deja sin argumentos.
Hay una diferencia con Cádiz que tardo un rato en localizar y que no tiene nada que ver con la cama, ni con el sitio, ni con la luna.
Es que habla.
En Cádiz no habló. En Cádiz hubo ocho meses reventando a la vez y una urgencia que no dejaba sitio para nada más.
Aquí me dice lo que quiere. Me lo dice en voz baja, contra la boca, con una naturalidad que no le he oído nunca ni siquiera hablando de generadores, y yo hago lo que me dice, y luego ella se calla porque ya no puede.
Y en algún momento, cuando le pregunto una cosa, contesta que sí con la cabeza contra mi hombro y las manos agarradas a la sábana.
Hay un momento en que estoy debajo y ella encima, con las dos manos apoyadas en mi pecho y el pelo cayéndole hacia delante, y se para.
Se queda quieta.
Y baja hasta apoyar la frente en la mía, y respira, y no dice nada, y yo tampoco.
Ese es el momento. No lo otro.
Después nos quedamos atravesados en una cama de hierro que también es demasiado pequeña, en un cortijo vacío, con la ventana abierta. Se oyen grillos y nada más.
Ella tiene la cabeza en mi hombro y me está dibujando algo en el pecho con un dedo, muy despacio, y creo que ni se da cuenta de que lo está haciendo.
—¿Qué escribes?
—No escribo nada.
—Llevas cinco minutos.
—Estoy pensando.
—¿En qué?
Silencio largo.
—En que este sitio te lo inventaste tú —dice—. En marzo. Yo traje tres fincas correctas y tú trajiste esta, y yo dije que era un desastre logístico, y tenía razón, y me ha costado ciento veinte horas de trabajo que no he facturado.
—Ya.
—Y el sábado mi mejor amiga va a bajar por ese camino a las siete menos ocho de la tarde y va a ser lo más bonito que he montado en trece años.
Y ahí, en ese momento exacto, con la ventana abierta y los grillos y su dedo parado en mi pecho, es cuando lo digo.
No lo tenía preparado. Llevo semanas montando discursos, versiones largas, argumentos con estructura. Y lo que me sale, a las tres y veinte de la mañana del jueves 17 de septiembre, son ocho palabras:
—Yo no quiero que se acabe el domingo.
Se le para el dedo del todo.
Y tarda unos cuatro segundos.
—Bruno.
—No hace falta que contestes ahora.
—Es que eres un romántico insoportable. —Y me da un beso en el pecho, ahí donde estaba dibujando, y se ríe bajito—. Que te lo tengo dicho, que estas cosas se dicen a las tres de la mañana y luego con la luz del día quedan fatal.
Le sale con una ternura enorme.
Es una respuesta cariñosa, es divertida y no me deja mal en absoluto: cualquiera diría que esta mujer me acaba de contestar.
No me ha contestado.
Se duerme a los diez minutos, y yo me quedo despierto mirando una viga.
Llevo doce años ganándome la vida esperando. Espero cuarenta minutos por una luz. Espero tres horas a que una novia se olvide de que estoy en la habitación. He esperado dos años enteros a que un hombre al que fotografié en 2019 me devolviera una llamada.
Sé esperar. Es lo único que sé hacer bien.
Lo que no había hecho nunca, hasta esta noche, es preguntarme cuánto.
* * *
Por la mañana, a las siete y media, bajamos al patio y Paco Nieto ya está allí, sentado a la misma mesa, con un café y la boina puesta.
—Buenos días —dice, sin levantar la vista del móvil, en el que está leyendo el parte meteorológico con un dedo.
—Buenos días, Paco.
—El sábado, veintiocho grados y viento flojo de poniente. —Guarda el móvil—. Hay café hecho.
Y no dice ni una palabra más sobre nada, en ningún momento, con una elegancia que voy a recordar toda la vida.
Volvemos a Sevilla a las nueve. Ella conduce.
Y en algún punto entre Vejer y Los Palacios, sin apartar los ojos de la carretera, dice:
—Bruno.
—Dime.
—Lo de anoche.
—No hace falta que…
—Lo sé. —Cambia de carril—. Solo quería decirte que lo oí.
Y luego pone el pódcast de gestión de crisis en eventos y lo escuchamos ciento cuarenta kilómetros.
Y en ese coche, con un tío hablando por los altavoces sobre protocolos de evacuación en recintos al aire libre, es cuando entiendo la diferencia exacta entre lo que yo he pedido y lo que ella me ha dado.
Yo he dicho que no quiero que se acabe.
Ella ha dicho que me ha oído.
Quedan dos días.