El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Candela

Estamos su madre, Charo, Bea y yo.

Yo he estado en unas cuatrocientas pruebas de vestido. Cuatrocientas. Me sé la coreografía entera: la modista con los alfileres, la madre que llora, la amiga que graba con el móvil en vertical, el momento del velo, el momento del espejo.

Me la sé tan bien que hace años que no la veo.

Y hoy, no sé por qué —sí sé por qué—, la veo.

Jimena sale de detrás de la cortina y se sube a la tarima. Y su madre hace el ruido, y Charo hace el ruido, y Bea empieza a grabar en vertical, y la modista se agacha con la boca llena de alfileres.

Y yo hago mi trabajo, porque es lo que hago siempre.

Miro el bajo: dos centímetros de más para un camino de albero en cuesta, hay que subirlo.

Miro las mangas: va a hacer veintiocho grados a las ocho de la tarde.

Compruebo que pueda sentarse, que pueda subir un escalón de veintiún centímetros y que pueda levantar los brazos por encima de la cabeza, porque a las dos de la mañana todas las novias del mundo levantan los brazos por encima de la cabeza.

Todo correcto. Anoto lo del bajo.

Y entonces cometo el error de levantar la vista.

Jimena se está mirando al espejo.

Y es que no está posando. Eso es lo que me destroza.

Lleva tres segundos mirándose y se le ha olvidado que hay cinco personas en la habitación, y tiene una cara que yo le he visto dos veces en diecisiete años: una en el hospital cuando su madre salió de quirófano, y otra en una cocina en enero, a las tres y diez de la mañana, por teléfono.

Y se pone a llorar.

Y yo, que tengo el móvil en la mano abierto por el chat de los autobuses, noto que se me llenan los ojos y me quedo helada.

Porque esto no me pasa. Esto no me ha pasado nunca en cuatrocientas pruebas de vestido.

—Cande —dice Jimena, desde la tarima, mirándome por el espejo—. ¿Estás llorando?

—No.

—Estás llorando.

—Tengo una cosa en el ojo.

—¡Mamá, Cande está llorando!

Y las cuatro se giran hacia mí a la vez, y yo digo que me estoy poniendo mala, y salgo al descansillo de la calle Zaragoza a que me dé el aire, y me apoyo en la pared con el móvil en la mano y el chat de los autobuses abierto, y estoy así unos cuatro minutos.

Cuatro minutos.

Todo dura cuatro minutos de un tiempo a esta parte.

A los tres y medio sale Charo.

No dice nada. Se apoya en la pared de enfrente, se cruza de brazos y se queda mirando la escalera.

—Estoy bien —digo.

—Ya.

—De verdad, Charo, es que llevo tres noches durmiendo poco y…

—Hija, yo he criado a dos.

Y no dice más. Y en el silencio que viene después noto que esta mujer sabe algo, o intuye algo, o lleva sesenta y ocho años viendo a gente apoyada en paredes.

—Charo.

—Dime.

—Nada.

—Vale. —Se despega de la pared y me da dos palmaditas en el brazo al pasar—. Anda, entra, que le están subiendo el bajo dos centímetros y tú eres la que ha dicho lo del bajo.

Entro.

* * *

Jimena me baja en el ascensor.

Se ha cambiado, lleva el pelo recogido con una pinza y una bolsa de tela con las sandalias de la prueba, y es otra vez una mujer de treinta y dos años que trabaja en una gestoría y no una aparición en una tarima.

—Cande.

—Está perfecto. El bajo se sube dos centímetros y ya está.

—Cande.

—El velo yo no lo pondría en el camino, con el levante te va a…

—Candela.

Me callo.

El ascensor es de los antiguos, de los que van despacio. Quedan cuatro plantas.

—Llevo diecisiete años contigo —dice Jimena—. Te vi cuando murió tu abuela. Te vi cuando te dejó el imbécil de Álex. Te vi el día que dejaste la agencia y montaste la tuya con tres mil euros.

—Ya.

—Y no te he visto llorar nunca. Ni una vez. Ni en el tanatorio de tu abuela.

Miro el suelo del ascensor.

—Es que hoy…

—No. —Me coge la mano—. No me lo cuentes.

Levanto la cabeza.

—¿No?

—No, porque yo me caso el sábado y estoy insoportable, y si me lo cuentas ahora te lo voy a estropear. —Sonríe—. Me lo cuentas el día 20. Nos sentamos, me lo cuentas entero y yo te digo lo que pienso, que ya sabes que va a ser bastante.

—El día 20 estarás en un avión.

—El día 21, entonces. O el 30. O en octubre. —Se encoge de hombros—. Me da igual la fecha, Cande. Solo quiero que sepas que hay una.

Se abre el ascensor.

Y yo salgo a la calle Zaragoza con la sensación clarísima de que mi mejor amiga me acaba de hacer, sin saberlo, la misma pregunta que me hizo Bruno anoche por WhatsApp y que Rocío me va a hacer mañana por la mañana.

Todo el mundo lleva una semana señalándome el mismo hueco del calendario.

* * *

Bruno me escribe a las once y veinte de la noche.

¿Estás despierta?

Sí.

El 3 de octubre hay una exposición en el CAAC. Un tío que fotografió a su mujer todos los días durante veintidós años.

Ah.

¿Vamos?

Me quedo mirando el móvil en la cama, a oscuras, y noto cómo se me para todo por dentro.

El 3 de octubre.

Es una frase de nueve palabras. No es una petición de mano, no es una declaración, no es nada. Es un tío proponiendo ir a una exposición un sábado.

El problema es la fecha.

Porque el 3 de octubre es catorce días después del 19 de septiembre, y el 19 de septiembre esto se acaba, y eso lo dije yo, en voz alta, sentada en una cama de Cádiz con la sábana subida hasta el pecho, y él dijo vale.

Y ahora me está preguntando, con toda la educación del mundo y sin decirlo, si el vale sigue en pie.

Tardo once minutos en contestar.

¿Veintidós años fotografiando a la misma mujer? Eso no es amor, eso es un TOC.

Tres puntos suspensivos. Aparecen. Desaparecen. Aparecen.

Ja.

Y luego, a los dos minutos:

¿Te vienes a mi casa?

Y me voy a su casa.

* * *

Y esto es lo que hago, y lo hago a sabiendas, y lo hago igual.

Cojo el coche a las doce menos veinte de la noche a cinco días de la boda más importante de mi carrera.

Aparco fatal. Subo. Y en cuanto abre la puerta, antes de que le dé tiempo a decir una palabra, lo beso en el descansillo, y sigo besándolo dentro, y no le dejo hablar en ningún momento, y no es casualidad.

Porque yo sé cómo se desactiva una conversación.

Trece años. Yo desactivo conversaciones para vivir. Sé cómo se le quita a una madre de novia la idea de las peonías sin decirle que no. Sé cómo se saca a una tía del vestido verde de una fila reservada sin que se entere de que la están sacando.

Y sé, porque lo estoy haciendo ahora mismo, cómo se le quita a un hombre una pregunta de la boca.

Funciona. Claro que funciona.

Y funciona porque él me deja, y esa es la parte que no me voy a perdonar durante bastante tiempo.

Porque en algún momento, entre el descansillo y el dormitorio, Bruno dice mi nombre de una manera que no es la de siempre —una sola vez, con una interrogación al final— y yo hago como que no lo he oído.

Y a las dos de la mañana estamos los dos boca arriba en su cama mirando el techo, y él tiene un brazo debajo de mi cuello, y yo estoy despierta.

—Candela.

—¿Mmm?

—No has contestado.

—He contestado.

—Has hecho un chiste sobre un TOC.

—Es que es un TOC. Veintidós años, Bruno. Ocho mil fotos de la misma señora desayunando.

—Ocho mil treinta y siete.

—¿Lo has mirado?

—Claro que lo he mirado.

Y se queda callado.

Y no insiste. Igual que en el bordillo de la Corchuela en febrero, igual que en el aparcamiento de Buenavista en julio. Este hombre no insiste nunca, y yo llevo ocho meses agradeciéndoselo, y esta noche, por primera vez, me gustaría muchísimo que insistiera.

Que insista. Que se enfade. Que me diga «me estás usando para no hablar».

No dice nada. Me da un beso en el hombro y se duerme.

Y yo me quedo despierta hasta las tres y media mirando una grieta del techo de un hombre al que le quedan cinco días, y haciendo una cosa que me da mucha vergüenza confesar: repasando la agenda del 3 de octubre.

Está libre. Claro que está libre. Es el primer sábado sin boda desde mayo.

* * *

El martes 15, a las ocho y media de la mañana, Rocío entra en la oficina con dos cafés y se sienta enfrente de mí.

—Los tarjetones están.

—Bien.

—Los autobuses confirmados.

—Bien.

—Y el módulo de baños llega el viernes a las once.

—Bien.

Deja el café en mi mesa. No se va.

—¿Qué? —digo.

—Nada.

—Rocío.

—Que qué vas a hacer el día 20 —dice.

Levanto la cabeza.

—¿El día 20?

—El domingo. —Se encoge de hombros y le da un sorbo a su café—. El día después.

Y yo abro la boca para contestar y no me sale nada, y Rocío se levanta, coge su carpeta y se va a su mesa como si no hubiera dicho nada.

Y yo me quedo delante de un café que se enfría, en la oficina de la calle Feria, con el ventilador de pie girando en septiembre.

El día 20.

Nunca he pensado en el día 20.

Llevo ocho meses con un cronograma que termina a las cuatro y media de la mañana del 20 de septiembre con la salida del segundo autobús.

Y después de esa línea no hay nada escrito.

Abro el documento. Voy al final. Bajo con la rueda del ratón hasta la última fila de la tabla:

04:30 — Salida autobús 2 (Sevilla). Fin de servicio.

Y debajo hay un espacio en blanco de tres páginas, porque en su día dejé margen por si había que meter algo.

Me quedo mirando ese blanco un rato largo.

Y luego hago una cosa que no le he contado a nadie y que no pienso contarle a nadie: escribo, en la primera línea del blanco, 3 de octubre — CAAC , y me quedo mirándolo ocho segundos, y le doy a deshacer.

Cierro el portátil.

—Rocío.

—¿Qué?

—El módulo de baños llega el viernes a las once, ¿no?

—A las once.

—Bien.

—Bien —dice ella, y no levanta la vista de su mesa, y en su tono hay una cantidad de información que prefiero no analizar.