El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Bruno

Y es, sin ninguna duda, la mejor semana del año.

—Bruno.

—Candela.

Charo, desde la cocina:

—Ay, estos dos, que no se pueden ni ver.

Y la tía Reme, que ha venido desde Utrera para una reunión a la que no está convocada, dice que es una pena, con lo majo que es el niño.

Cuarenta minutos después, cuando salgo a por hielo, ella sale detrás con la excusa de mirar el enchufe del jardín, y en el trastero, entre una bicicleta estática de 2004 y una caja de azulejos, tengo unos noventa segundos que me duran toda la semana.

—Se te ha corrido el pintalabios.

—Cállate y arréglamelo.

—Yo no sé arreglar eso.

—Bruno, tú te dedicas a mirar mujeres vestidas.

Volvemos por separado. Ella entra primero. Yo tardo un poco más y entro por el otro lado con la bolsa de hielo, y mi madre me dice que qué he hecho tanto rato, y yo digo que la bolsa estaba dura.

Nadie sospecha nada.

Salvo Jimena, claro, que a las nueve y cuarto me pone una mano en el hombro al pasar y me dice al oído:

—Tienes azulejo en la espalda.

El miércoles 9 la cosa se complica, porque hay visita de la floristería y estamos los dos, y a Candela se le ocurre la idea espantosa de fingir un desencuentro para despistar.

—No, Bruno, es que si me pones el arco ahí, me tapas el valle.

—Yo no he dicho de ponerlo ahí.

—Has señalado ahí.

—He señalado el olivo.

—Que es ahí.

La florista, una mujer encantadora que se llama Loli y que lleva veinte años en esto, nos mira a uno y a otro durante un minuto y medio y luego dice:

—Ustedes dos, ¿llevan mucho?

—Ocho meses —decimos los dos a la vez.

Loli asiente muy despacio y no vuelve a hacer preguntas en toda la mañana.

Y el jueves 10 la pillo, a ella, en el peor momento posible de todos: en el pasillo de la oficina de la calle Feria, a las dos de la tarde, con Rocío a cuatro metros y de espaldas, y yo entro a dejar unas copias y ella se pega a la pared para dejarme pasar cuando el pasillo mide metro veinte y no hace ninguna falta pegarse a ninguna pared.

Nos quedamos dos segundos, de frente, sin tocarnos.

—Buenas tardes —digo.

—Buenas tardes.

Y me voy. Y en el portal me tengo que parar a respirar como un adolescente de dieciséis años.

* * *

Lo raro es lo otro. Lo raro es que trabajamos mejor.

Yo esperaba lo contrario. Yo esperaba distracción, o incomodidad, o esa cosa pegajosa de estar pendiente. Y lo que pasa es justo al revés: a seis días de la boda, esta mujer y yo somos la mejor máquina que he visto funcionar en doce años.

El martes resolvemos en una llamada de once minutos un problema con la potencia del grupo electrógeno que llevaba tres semanas atascado.

El miércoles, en la última reunión con Salvador, ella dice una cosa y yo digo la contraria y en cuatro minutos hemos sacado una solución que no era ni la suya ni la mía, y Salvador nos mira y dice: «Ustedes dos han trabajado juntos mucho tiempo, ¿no?»

—Ocho meses —dice ella.

—Ocho meses y un día —digo yo.

Y ella no levanta la vista del cuaderno, pero se le mueve la comisura de la boca dos milímetros, y yo me paso el resto de la reunión sin enterarme de nada.

Lo que no le digo es lo otro.

Que ocho meses y un día es lo que le contesté en enero, en un aparcamiento de Bormujos, cuando eso era lo que faltaba para la boda. Que hoy es el día exacto en que las dos cifras se cruzan: llevamos conociéndonos lo mismo que faltaba entonces.

Y que no lo he calculado esta mañana. Lo sé desde marzo.

El jueves me manda el correo de las 07:52.

*Confirmada la carrillada a 64º hasta la mesa nueve.

Salvador dice que eres tolerable.

Buen día.*

Le contesto en tres minutos.

Es la primera vez en ocho meses que bajo de cuatro.

Y ese mismo jueves, a mediodía, pasa la cosa que de verdad importa de esa semana, aunque tarde tres días en darme cuenta.

Me llama por teléfono.

—Bruno, ¿tú a qué hora quieres a los novios en el camino?

Me quedo con el móvil en la oreja y la boca abierta.

—¿Perdona?

—Que a qué hora los quieres. —Se oye pasar hojas—. Tengo el planning abierto. El bloque de las 19:12 a las 19:26 lo tengo señalado en rojo desde enero porque me lo llevas discutiendo ocho meses, así que dime la hora buena y yo reconstruyo el resto.

—Candela.

—Bruno, no lo conviertas en un momento. Dime la hora.

—Las 20:05.

—Las 20:05 es la entrada al banquete.

—Ya lo sé.

Silencio de cuatro segundos. Se oye un boli.

—Vale —dice—. Entonces la entrada al banquete se va a las 20:20, la cocina emplata a las 20:15 y Salvador me va a odiar. Se lo digo yo.

Y cuelga.

Yo me quedo de pie en mitad del estudio, con el móvil en la mano, y me tengo que sentar en el brazo del sofá.

Porque esa mujer acaba de mover una ficha del dominó que lleva ocho meses defendiendo con uñas y dientes, y no lo ha hecho por mí, ni por lo de Cádiz, ni por nada de todo esto.

Lo ha hecho porque a las 20:05 no hay luz.

Se lo ha comprado. Ha tardado ocho meses, pero se lo ha comprado.

* * *

El viernes 11, a las once de la noche, aparece en mi estudio.

No la he invitado. Me manda un mensaje a las diez y media que dice ¿estás en el estudio? y a las once está en la puerta con una bolsa del chino de abajo con dos cervezas dentro.

El estudio es un bajo en la Alfalfa, cuarenta metros, con una mesa enorme, dos monitores, un sofá heredado de un tío mío y ocho mil archivadores.

—Esto es más ordenado de lo que esperaba —dice.

—Gracias.

—No era un cumplido, era una decepción.

Se sienta en el sofá con las piernas cruzadas y la cerveza en la mano, y no nos tocamos, y eso es lo raro de la noche: no nos tocamos en tres horas.

Empieza porque me pregunta por los archivos de Mónica. Y yo le enseño cómo tengo montado el sistema —discos duros por año, copia en la nube, copia en casa de mi madre— y ella hace tres preguntas técnicas buenísimas sobre la política de conservación, porque su cabeza funciona así.

Y a la tercera pregunta se calla, y luego dice:

—Enséñame las del camino.

Me quedo con la mano en el ratón.

—¿Las del 30 de agosto?

—Esas.

—Candela, si quieres las borro. Ahora mismo, delante de ti, como en marzo.

—Ya lo sé. —Se sienta en el brazo del sofá—. Enséñamelas.

Se las pongo en el monitor grande, las ciento veintisiete, y las pasa ella con la rueda, despacio, sin decir nada, igual que pasó los archivos de 2016.

Tarda once minutos.

—Bórrame las once primeras —dice al final.

—¿Solo esas?

—Solo esas. En esas estoy calculando el peso de un saco de arena y salgo con cara de contable. —Se levanta—. Las otras te las quedas.

—¿Seguro?

—Bruno, que te las quedes.

Y vuelve al sofá y coge la cerveza, y no volvemos a hablar del asunto, y yo borro las once primeras esa misma noche antes de acostarme.

Y luego, sin que yo sepa bien cómo, acabamos abriendo carpetas.

2014. Una boda en Constantina con veintiocho invitados.

2016. Un tío llorando en un descansillo.

2017. Una novia de cincuenta y ocho años, segunda boda, riéndose con la cabeza echada hacia atrás.

2019. Ronda. La boda de Curro Iglesias, la de los blancos y negros que yo no sé hacer.

Y ella mira todo eso con las piernas cruzadas en mi sofá, callada, durante hora y media, y de vez en cuando dice «para» y yo paro y ampliamos una foto y me pregunta qué pasó ahí.

Y de las diecinueve fotos en las que me dice «para», catorce son de gente mayor.

Se lo digo.

—Ya lo sé —dice.

—¿Por qué?

—Porque a esos ya se les ve el final. —Le da un trago a la cerveza—. Con los novios de veintiocho años no se sabe nada. Los de setenta ya no engañan a nadie. Los que están, están.

Y sigue pasando fotos.

Se para en una de 2016. Un matrimonio mayor sentado en el borde de una pista de baile, los dos con las manos en el regazo, mirando bailar a los demás. Él tiene la mano encima de la de ella. No se miran: miran al mismo sitio.

—Esta —dice.

—Esa es de una boda en Aracena. Son los padres de la novia.

—¿Y siguen?

—Ella murió en 2021.

Candela se queda un rato con la foto en la pantalla.

—¿Y él?

—Él me llamó en 2022 para pedirme el archivo. —Me encojo de hombros—. Quería esa. Solo esa. No la de la iglesia, no la del baile con la hija. Esa, que es una foto en la que no están haciendo nada.

—Porque es la única en la que salen ellos.

—Sí.

Y ella no dice nada más, y pasa a la siguiente carpeta, y yo me quedo mirándole el perfil a la luz del monitor y pienso una cosa que no le digo, y es que esa frase, dicha por ella, es casi una confesión.

Los que están, están.

Esa mujer no cree que el amor no exista.

Esa mujer cree que no aguanta, que es otra cosa muy distinta, y a las dos y cuarto de la mañana del sábado 12 de septiembre yo todavía creo que tengo tiempo para explicarle la diferencia.

* * *

Se duerme a las dos y media.

Se duerme como se duerme la gente que lleva ocho meses sin dormir bien: de golpe, a mitad de una frase sobre los autobuses, con la cerveza a medias en la mano y la cabeza cayéndosele hacia el respaldo del sofá.

Le quito la cerveza. Le pongo un cojín debajo de la cabeza. Voy a por la manta fina de la silla, aunque hace veintiséis grados, y se la echo por encima de las piernas.

Y no la despierto.

Sé lo que va a pasar mañana. Se va a despertar a las seis, se va a levantar de golpe, se va a arreglar el pelo con las dos manos y me va a decir que se le ha hecho tardísimo y que tiene mil cosas.

Da igual.

Me siento en la silla del ordenador, con el monitor apagado y el estudio a oscuras, y me quedo un rato mirando a una mujer dormida en un sofá.

No le hago ninguna foto.

Y no es por delicadeza, ni por respeto, ni por nada de lo que quedaría bien decir. Es por una razón bastante más fea, y como son las dos y media de la mañana y no me está oyendo nadie, me la digo entera.

Es que si le hago la foto, la tengo.

Y si la tengo, dentro de tres meses, cuando esto se haya acabado el día 19 tal y como está escrito, yo voy a ser un hombre de treinta y cuatro años sentado en un estudio de la Alfalfa mirando la foto de una mujer que se durmió en su sofá una noche de septiembre.

Y yo he visto eso. Lo he visto en el pasillo de mi madre durante veinte años.

Sé cuánto dura eso y sé lo que pesa.

Así que no.

Esa es la que no tengo, y esa es la que quiero.