El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Candela

Es, con diferencia, el peor hotel en el que me he alojado en diez años. Lo eligió Bea.

No llegamos a encender la luz.

Cierro la puerta con la espalda y él ya está ahí, y lo que empezó en la playa como una cosa lenta se convierte en otra cosa muy distinta en el momento en que dejo de tener que sostenerme de pie sola. Me besa como si llevara ocho meses tomando notas. Y a lo mejor es eso.

—La cremallera está en el lado —le digo contra la boca.

—Ya lo sé.

—¿Cómo que ya lo sabes?

—Candela, me dedico a mirar a mujeres vestidas.

Y me río, y me estoy riendo cuando el vestido cae al suelo, y ahí se me acaba la risa.

Porque hay una luz de farola entrando por la ventana del patio, muy poca, naranja, y él da un paso atrás para mirarme y yo tengo el impulso automático de cruzar los brazos.

Me quedo a mitad del gesto.

—No —dice.

—Bruno…

—No, por favor.

Y me coge las dos muñecas, con muchísima suavidad, y me las baja.

Y me mira.

Y yo he estado desnuda delante de otros hombres, claro, y ninguno me había mirado así, con esa cosa de mirar despacio y sin prisa, empezando por la cara.

Y descubro, con un pánico absoluto, que esto —esto, que no es ni la mitad de íntimo que lo que va a pasar dentro de nada— es lo más difícil que he hecho en muchísimo tiempo.

Aguanto.

Aguanto cuatro segundos enteros mirándolo mirarme, y él lo sabe, y no dice nada, y cuando por fin se acerca otra vez lo hace con las dos manos abiertas en mi cara como si yo fuera algo que se pudiera romper por mirarlo mal.

—Eh —le digo—. Que no soy de cristal.

—Ya lo sé.

—Bruno.

—Dime.

—Que no soy de cristal.

Y ahí sí.

Nos caemos sobre esa cama espantosa de metro treinta y cinco, y el somier hace un ruido escandaloso, y a mí me da igual. Le arranco dos botones de la camisa, y no es una manera de hablar: se oyen caer los dos en el suelo. Él se ríe contra mi cuello y yo le digo que se calle.

—Ocho meses —dice.

—Cállate.

—Siete meses y veintinueve días.

—¿Lo llevas contando?

—Desde enero.

—Bruno, te juro que…

Y no termino la frase, porque me besa el cuello por debajo de la oreja de una manera que me deja sin acceso a la palabra siguiente, y esa es la última vez en toda la noche que yo intento decir algo con estructura.

Hay un momento, cuando ya está encima de mí y se para, con el pelo revuelto y el antebrazo apoyado al lado de mi cabeza, en el que me busca los ojos en la penumbra.

—¿Sí? —dice.

—Sí.

—Candela.

—Que sí, Bruno, por favor.

Y todo lo que pasa después lo recuerdo en trozos, mal ordenados, y creo que es la primera vez en mi vida adulta que no soy capaz de reconstruir una secuencia por orden.

Recuerdo el ruido del aire acondicionado.

Recuerdo que en algún momento le dije que fuera más despacio y que él fue más despacio, y que a los treinta segundos le dije que no, que así no, y que él se rió y me dijo «decídete» y yo le mordí el hombro.

Recuerdo su mano abierta en mi espalda, subiéndome, y una farola naranja, y mi propia voz diciendo su nombre de una manera que no reconozco.

Recuerdo haber pensado, con una lucidez espantosa y durante medio segundo, que llevaba cuatro años sin que nadie me tocara de una manera que me obligara a estar presente.

Que se puede acostar una con gente y seguir en otro sitio, haciendo listas.

Y que ahí, en esa habitación horrible de Cádiz, no había ninguna lista.

Y recuerdo, con muchísima claridad, un momento hacia el final en el que él se paró del todo, con la frente pegada a la mía, respirando fatal, y no dijo nada, y yo le puse la mano en la nuca.

Eso es lo que no me quito. Eso, no el resto.

* * *

A las siete menos cuarto de la mañana entra por el patio una luz gris que no vale para nada.

Estamos atravesados en una cama que no da para dos personas. Yo tengo la cabeza en su pecho y una pierna colgando, y él tiene el brazo debajo de mi cuello y se le tiene que estar durmiendo, y no dice nada.

—Se te está durmiendo el brazo.

—Sí.

—Puedes moverlo.

—No.

Nos quedamos así.

Se oye el aire acondicionado. Se oye, muy lejos, a alguien arrastrando una persiana metálica.

—¿Sabes lo que me revienta? —digo.

—Dime.

—Que esta habitación la eligió Bea.

Y se ríe. Se ríe con todo el pecho, debajo de mi cabeza, y es un ruido buenísimo.

—Es muy mal hotel —dice.

—Es un hotel espantoso. El aire no se puede apagar, el colchón tiene una cordillera en el centro y hay veinte minutos andando hasta cualquier sitio.

—A mí me ha gustado.

—Cállate.

Me da un beso en el pelo. Yo cierro los ojos.

Y durante unos once minutos —los conté, claro que los conté— no pienso en nada de nada.

Luego pienso en una cosa, y se la digo, porque estoy en ese estado en el que se dicen las cosas.

—Bruno.

—Dime.

—En la playa has dicho que desde marzo.

—Sí.

—Desde marzo yo te mandaba correos a las siete y cincuenta y dos de la mañana.

—Lo sé.

—Bruno, en marzo yo te odiaba.

—No —dice, con una tranquilidad exasperante—. En marzo tú estabas convencidísima de que me odiabas, que es una cosa muy distinta y que se nota mucho en los correos.

—Eso no significa nada.

—Candela, el 14 de abril me escribiste a las 07:52 para decirme que el proveedor de las sillas se había equivocado con el color. —Se rasca el hombro—. Yo soy el fotógrafo. A mí las sillas no me importan.

Me quedo callada.

—Ah —digo.

—Ah.

Y no digo nada más, porque acabo de acordarme de que ese día, en abril, yo salí de una reunión horrible con el de las sillas, me metí en el coche, y lo primero que hice, antes que llamar a Rocío, antes que llamar a la novia, fue escribirle a él.

Sobre unas sillas.

Que no le importaban.

* * *

A las diez y veinte me despierto de golpe con el corazón a doscientos.

Él está despierto, sentado en el borde de la cama, poniéndose la camisa a la que le faltan dos botones.

Y yo, en los cuatro segundos que tardo en incorporarme, hago una cosa horrible, que es una lista.

Diecinueve de septiembre. Ciento cuarenta invitados. Mi mejor amiga. Su hermano. Charo. Los autobuses, la carrillada, las cuarenta y dos fotos.

Y una mesa de terrazo brillante en Los Remedios donde dos personas se pasan el aceite desde 1988.

—Bruno.

—Dime. —No se gira.

—Esto tiene que ser una cosa concreta.

Ahora sí se gira.

—Vale.

—No, escúchame bien, porque lo quiero decir entero y solo lo voy a decir una vez.

—Me siento, me subo la sábana, y me odio un poco por eso—.

Esto no sale de aquí. No lo sabe Jimena, no lo sabe Dani, no lo sabe tu madre.

Yo soy la organizadora de esa boda y tú eres el fotógrafo, y hasta el día 19 somos eso.

—De acuerdo.

—Y el día 19 se acaba.

Silencio.

—El día 19 se acaba —repito, porque no ha dicho nada—. Cuando se vaya el último autobús, tú te vas a tu vida, yo me voy a la mía, y no ha pasado nada. No nos debemos nada, no hay conversación pendiente, no hay que sentarse a hablar. Se acabó y ya está.

Bruno se mira las manos.

—¿Puedo preguntar por qué?

—Puedes.

—Pues por qué.

Y yo tengo la respuesta preparada desde hace once minutos justos, desde que me he despertado, y sale limpia y ordenada como salen todas mis respuestas preparadas.

—Porque tú eres el hermano del novio y yo soy la mejor amiga de la novia, y eso no se puede deshacer.

—Me subo un poco más la sábana—. Si esto sale mal en enero, Jimena y Dani tienen que decidir a quién invitan a cenar.

Y Charo tiene que decidir si me saluda. Y yo tengo que decidir si voy al bautizo.

Y todo eso pasa dentro de una familia que a mí me cae bien, Bruno, que es lo peor.

—Ya.

—Es matemática. No es filosofía.

—Es matemática —repite.

—Sí.

Y él asiente despacio, y yo sé que no se lo ha creído, porque no es idiota, y porque la verdadera razón no es esa y los dos lo sabemos: la verdadera razón tiene un pasillo con nueve fotografías y un aparador con una cristalería que no se usa.

Pero no la digo. Y él, que es lo que hace siempre, no insiste.

Tarda mucho. Muchísimo. Suficiente para que a mí me dé tiempo a que se me cierre el estómago entero.

—Vale —dice.

—¿Vale?

—Vale, Candela.

Y sonríe. Y yo, que llevo trece años leyendo caras a doce metros de distancia, no leo esa. No la leo porque no quiero.

—Bien —digo—. Perfecto.

—¿Bajamos a desayunar?

—Baja tú primero.

Y ahí, en el segundo y medio que tarda en levantarse, veo lo que le pasa por la cara.

No es enfado. Ojalá fuera enfado. Es una cosa mucho más pequeña y mucho peor, que dura menos de un segundo y que yo, que llevo trece años leyendo caras a doce metros, leo sin esfuerzo a cuarenta centímetros.

Es que lo he colocado. Le acabo de asignar una casilla en un planning: del 5 al 19 de septiembre, y luego nada.

Y él ha dicho vale.

—Bruno.

—Dime.

Y tengo la frase entera en la boca. Es una frase de nueve palabras y la tengo montada. No es por Jimena, es por otra cosa.

—Nada. Que te dejes el móvil, que hoy hay que estar a las doce en la finca de Utrera.

—Ya. Lo tengo.

Baja él primero.

Y yo me quedo sola en la 214, sentada en el borde de una cama deshecha, con dos botones de camisa en el suelo que él no ha recogido y que yo, quince minutos después, guardo en el bolsillo interior del bolso, junto a la piruleta.

* * *

Bruno

Dije que sí porque catorce días me parecieron muchos.

Eso es todo. Esa es la explicación entera. Estaba sentado en el borde de una cama de un hotel malísimo de Cádiz, con una camisa a la que le faltaban dos botones, y calculé —yo, que llevo doce años calculando— que catorce días eran tiempo de sobra para que cambiara de opinión.

Catorce días.

Nunca en mi vida he calculado peor una luz.