CAPÍTULO 15
Candela
No lo llevo bien.
Lo organiza Bea, la prima de las croquetas, y lo organiza de pena: el restaurante está a veinte minutos andando del hotel y nadie ha mirado si hay taxis, no hay una lista de habitaciones, y a las ocho y cuarto de la tarde, en el hall, hay catorce mujeres de pie sin saber adónde ir.
Catorce mujeres de pie. Sin nada que beber.
—Cande —dice Jimena, agarrándome del brazo—. No.
—Si no he dicho nada.
—Te he visto la cara.
—Es que si salimos ya, llegamos a las nueve menos veinte y la reserva es a las nueve, y hay catorce personas, y…
—Cande. —Me pone las dos manos en los hombros. Lleva una banda rosa que pone NOVIA y una diadema con velo de plástico, y está radiante—. Hoy no trabajas.
—Ya lo sé.
—Repítelo.
—Hoy no trabajo.
—Otra vez.
—Jimena.
—Toma. —Me pone en la mano un vaso de tubo que ha salido de algún sitio—. Y dame el móvil.
—¿Qué?
—Que me des el móvil.
Se lo doy.
Y lo raro, lo raro de verdad, es lo que pasa a continuación, que es nada. Salimos tarde. Llegamos a las nueve y cuarto. La reserva aguanta. Nadie se muere.
Y hay más cosas que Bea hace mal esa noche y que tampoco tienen la menor consecuencia.
No ha reservado para catorce, ha reservado para doce, y el restaurante saca dos sillas de la terraza y ya está.
No ha avisado de que la prima pequeña de Jimena es celíaca, y la prima pequeña se come una ensalada y unas patatas y se lo pasa mejor que nadie.
Los juegos son espantosos —hay uno de preguntas sobre el novio que Jimena falla seis de diez— y todo el mundo se ríe hasta llorar justo porque los falla.
Y a mitad de cena, con la madre de Jimena contando por segunda vez la historia de cuando su hija se cayó de un caballo en 2007, me sorprendo haciendo una cosa vergonzosa.
Contando.
Contando sillas. Contando los platos que faltan por salir. Calculando cuánto tardará la cuenta y si nos dará tiempo a llegar al segundo sitio antes de las doce.
—Cande —dice Jimena, a mi lado, sin mirarme—. Estás contando.
—No estoy contando.
—Estás contando las sillas.
—Estoy contando las sillas.
—Pues deja de contar las sillas.
Y lo dejo. Y descubro que debajo de contar sillas no hay nada de nada, y que eso me produce un vértigo considerable, y me bebo el vaso entero.
Se cena fatal y se ríe muchísimo, y a las once y media, en un sitio de la calle Plocia, la madre de Jimena se sube a una silla, y a las doce y media Bea le pone a la novia una corona de plástico que se le rompe en la cabeza, y a la una, cuando alguien pide un chupito de tequila, yo también levanto la mano.
Y no ha pasado nada.
Catorce mujeres de pie sin nada que beber durante veinte minutos, y el mundo sigue existiendo.
Voy a tener que pensar en eso, pero no hoy.
* * *
Los dos grupos se cruzan a las tres y diez de la mañana en un local de la plaza de Mina, y no es casualidad, y todo el mundo finge que sí.
Yo lo sé porque he visto a Bea escribiendo por WhatsApp a las dos y media con una cara que no engaña a nadie. Y porque Dani Salgado y once hombres de entre treinta y setenta y cuatro años no aparecen por casualidad en un local con karaoke a las tres y diez de la mañana.
—¡PERO BUENOOOO! —grita Dani.
Y lo que ocurre a partir de ahí es difícil de reconstruir.
Sé que hay karaoke. Sé que el tío de Jimena canta Bulería y que lo hace de un modo que va a marcar a varias generaciones.
Sé que a las cuatro menos veinte aparece un primo llamado Kiko con un dron —un dron, a las cuatro menos veinte de la mañana, en un local cerrado— y que lo estrella contra una lámpara en un tiempo récord de dieciséis segundos.
Sé que la madre de Jimena y Charo Salgado se conocen esa noche y que a los cuarenta minutos son una sola persona.
Sé que en algún momento el tío de Jimena y un primo de Utrera cuya existencia yo desconocía cantan a dúo, y que Charo llora.
Sé que Dani Salgado se sube a una tarima con una copa en la mano para dar un discurso de agradecimiento a los presentes que dura ocho minutos y del que no se entiende nada, y que al final del discurso, con la voz rota, dice que su padre habría estado muy contento, y que se hace un silencio de dos segundos y luego todo el mundo grita.
Y sé, sobre todo, que Bruno Salgado está apoyado en la barra desde las tres y diez, con una camisa blanca arrugada y una copa que no se está bebiendo, y que no ha venido a hablar conmigo.
Eso es lo que me destroza. Que no viene.
Me saluda a los cinco minutos, con toda corrección, y luego se dedica a su hermano y a sus tíos y a rescatar el dron de Kiko, y en dos horas y media yo lo miro, calculo, treinta y cuatro veces, y él me mira dos.
A las cinco y cuarto salgo a la calle porque dentro no se puede respirar.
Y a los cuatro minutos —cuatro minutos, siempre cuatro minutos— sale él.
* * *
Bruno
—Estás sola —digo.
—Estoy fumándome un cigarro que no me estoy fumando.
Es verdad: tiene un cigarro en la mano, sin encender, y por la cara que pone al mirarlo, sospecho que ni siquiera sabe de quién es.
Son las cinco y veinte de la mañana. La plaza de Mina está vacía y los ficus enormes hacen ese ruido que hacen. Se oye el karaoke por la puerta del local, amortiguado, y alguien está destrozando una canción de Rocío Jurado.
—¿Vamos andando? —dice.
—¿Adónde?
—Al hotel.
—Está a veinte minutos.
—Ya lo sé, lo miré ayer. —Tira el cigarro a una papelera—. Todo el mundo va a estar aquí hasta las siete.
Andamos.
Y durante los primeros diez minutos hablamos solo del dron de Kiko, que es un tema que da bastante de sí. Luego hablamos de la boda: de los autobuses, del grupo electrógeno, del bloque de habitaciones de Conil.
Es una conversación absurda. Son las cinco y media de la mañana, vamos andando por Cádiz con los dos despiertos del todo, y estamos discutiendo la potencia de un generador.
Y a la altura de la Candelaria, ella dice:
—El discurso de tu hermano ha sido malísimo.
—Ha sido malísimo.
—Ocho minutos, Bruno. Sin estructura. Ha dado las gracias tres veces a la misma persona.
—Cuatro.
—Cuatro. —Se ríe—. Y ha sido lo mejor de la noche.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no se lo había preparado.
Andamos un rato en silencio.
Y en la esquina de la Alameda, ella se para en seco.
—¿Por qué has hecho eso?
—¿El qué?
—Lo de esta semana. —Se gira—. Lo de «como tú veas». Lo de «recibido, conforme». Lo de despedirte de mí igual que de Rocío.
—Es lo que me pediste.
—No te he pedido nada.
—Candela. —Me meto las manos en los bolsillos—. Me escribiste tres correos el lunes firmando «C. Ferrer». C punto Ferrer. Como si yo no supiera cómo te llamas.
No dice nada.
—Y yo tengo dos opciones —sigo—. Puedo hacer como que no me entero, y entonces la que tiene que pasarse tres semanas incómoda en su trabajo eres tú. O puedo hacer justo lo que me estás pidiendo y dártelo entero.
—Y me lo has dado entero.
—Te lo he dado entero.
Y entonces dice, muy bajo:
—Ha sido horrible.
Y yo me río. Se me escapa. Y ella también, medio segundo, y luego se le va la risa de la cara.
Seguimos andando. Bajamos por la Alameda hasta la Caleta, y a esa hora la playa está vacía y negra, y al otro lado del agua se ven las luces de Rota, muy pequeñas, y no hay nada más encendido en varios kilómetros.
Bajamos a la arena sin decidirlo. Ella se descalza. Yo no.
—Bruno.
—Dime.
—El día del camino. —Tiene los zapatos colgando de dos dedos y está mirando el agua—. Yo iba a…
—Ya lo sé.
—Déjame terminar.
—No hace falta que…
—Que me dejes terminar. —Se gira—. Iba a besarte. Y llevo seis días diciéndome que no, que fue la luz, que fue el cansancio, que llevaba nueve horas de pie y que había hecho treinta y un grados.
—Ya.
—Y hoy llevo dos horas y media mirándote la espalda en un karaoke.
Y ahí se le rompe la voz un poco, y a mí se me para el corazón, y ella suelta los zapatos en la arena y dice, con un fastidio enorme, como quien constata una avería:
—Que no era la luz.
La beso yo.
O me besa ella. No lo sé, y he intentado reconstruirlo unas cuatrocientas veces desde entonces y no he sido capaz. Lo que sé es que da igual, porque a partir del primer segundo ya no hay ninguna duda sobre quién quiere qué.
Tiene la boca fría del hielo y las manos calientes. Se me agarra a la camisa con el puño cerrado, como si se fuera a caer, y yo la sujeto por la cintura y la levanto medio palmo de la arena sin darme cuenta de que lo estoy haciendo.
Cuando nos separamos, tiene los ojos cerrados y la frente contra mi barbilla, y se está riendo.
—¿De qué te ríes?
—De que llevo ocho meses.
—Yo llevo desde marzo.
—Mentira.
—Desde marzo, Candela. Desde el patio del cortijo.
—Eso no es verdad. En marzo me borraste una foto.
—En marzo te borré una foto —digo— y luego hice doscientos tres kilómetros por Los Palacios pensando en por qué no habías querido verla.
Levanta la cara.
Y a las cinco y cuarenta de la mañana, en una playa de Cádiz, con las luces de Rota al otro lado del agua, me mira de una manera que no le he visto en ocho meses de reuniones, correos y visitas técnicas: sin calcular nada.
—Estás muy seguro de todo —dice.
—No estoy seguro de nada.
—Pareces seguro.
—Es la cara. —Le aparto el pelo—. Llevo ocho meses aterrorizado, Candela.
Y no dice nada más, y yo tampoco, porque hay una conversación pendiente enorme y ninguno de los dos tiene la más mínima intención de tenerla ahora.
—Mi habitación es la 214 —dice.
* * *
Candela
No fue el alcohol.
Llevaba tres horas sin beber y me sé de memoria el número de mi habitación.
Ojalá hubiera sido el alcohol.