El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Candela

Y conviene que quede claro, porque luego la gente cuenta estas cosas mal: no me arrepiento de nada.

Es lo mismo. Es la misma cosa.

Escribo dieciséis correos. Los dieciséis empiezan por «Buenos días, Bruno» y terminan por «Un saludo, C. Ferrer — El Día Perfecto». Ninguno de los dieciséis tiene un chiste dentro. Ninguno.

Convoco tres reuniones y en las tres está Rocío. No porque Rocío tenga nada que hacer en dos de ellas, sino porque una reunión con tres personas es una reunión y una reunión con dos personas es cualquier otra cosa.

Le mando el listado definitivo de las cuarenta y dos tomas con dos modificaciones y una nota al pie que dice: Ruego confirmación por escrito.

Confirma por escrito. En cuatro minutos.

Cuatro minutos. Siempre cuatro minutos. Y yo miro la hora del correo como una idiota, sentada en mi oficina de la calle Feria, con el ventilador de pie girando, y me digo que esto se acaba el 19 de septiembre.

Diecinueve días. Puedo estar diecinueve días sin pensar en el camino de los olivos.

* * *

Lo del lunes 31 merece un párrafo aparte, porque fue lamentable.

Escribí el correo bien. Lo escribí a las ocho menos cuarto de la mañana, tal cual salía, con la naturalidad de los últimos ocho meses: Buenos días. Las fotos de la preboda, cuando puedas. Y dime qué te pareció el acceso con el camión pequeño, porque a mí me preocupa el metro y medio de la curva. C.

Lo leí tres veces.

Y luego le quité la parte del camión, porque el camión no me hacía falta preguntárselo a él.

Y luego le quité la primera línea, porque «cuando puedas» es una cosa que se le dice a un amigo.

Y luego, ya con el cursor en el sitio, borré la C sola y escribí «C.

Ferrer», y debajo «El Día Perfecto», y debajo el teléfono de la oficina.

Y le di a enviar a las 08:11, y me quedé mirando la pantalla como quien mira una puerta que acaba de cerrar sola.

Ciento treinta y una palabras se quedaron en veintitrés.

Fue la primera vez en trece años que se me ocurrió que igual mi manera de trabajar no es una virtud.

* * *

El 1 de septiembre tengo reunión con el del sonido y la convoco a las nueve de la mañana en la oficina, con Rocío presente, y le pido a Rocío que tome acta.

—¿Acta? —dice.

—Acta.

—Cande, es Curro el del sonido. Lo conocemos desde 2019.

—Acta, Rocío.

Bruno llega puntual. Se sienta en la silla más lejana de las cuatro, que es justo donde yo habría querido que se sentara y que aun así me sienta como una patada.

Y durante cincuenta minutos hablamos de vatios, de la posición del segundo altavoz y de si hay que cortar la música a las 03:55 o a las 04:00 para que la gente esté fuera cuando lleguen los autobuses.

Es una reunión perfecta. Se cierran los cuatro puntos.

Cuando se van, Rocío me deja el acta en la mesa. Once líneas.

—Está muy bien —digo.

—Ya.

—¿Qué?

—Nada.

—Rocío.

—Que en cincuenta minutos no os habéis dirigido la palabra el uno al otro ni una sola vez. —Se encoge de hombros—. Los dos le hablabais a Curro. Está en el acta, mira: «C. Ferrer indica a Curro que…», «B. Salgado comenta a Curro que…». Once líneas y ninguna es de vosotros dos.

—Eso es porque la reunión era con Curro.

—Vale.

—Era una reunión de sonido, Rocío.

—Que vale.

* * *

El 2 de septiembre, a las siete de la tarde, Rocío deja la caja de tarjetones de mesa encima de mi mesa, se cruza de brazos y dice:

—Bueno, ¿qué?

—Los tarjetones están mal, hay ciento cuarenta y uno y son ciento cuarenta.

—El de sobra es para el que se te cae en el suelo. ¿Qué pasó en Vejer?

Levanto la cabeza.

—¿Cómo?

—Que qué pasó en Vejer. —No se mueve—. Volviste el domingo y el lunes le escribiste tres correos con «un saludo». Tres. En ocho meses no le has escrito uno.

—Es que hay que formalizar la…

—Cande.

—Rocío, tengo ciento cuarenta y un tarjetones.

—Ciento cuarenta y uno está bien. —Se sienta en el borde de mi mesa, que es una cosa que le he prohibido cuatro veces—. Mira, yo no voy a decir nada, ¿vale? No es asunto mío. Pero llevo dos años trabajando contigo y hay una cosa que sé.

—Ilumíname.

—Que tú cuando algo te da igual, no lo formalizas. Lo despachas. —Se encoge de hombros—. A los proveedores que te dan igual les contestas en veinte segundos, «ok, gracias». Eso es lo que haces cuando algo te da igual.

—Fascinante.

—Y cuando algo no te da igual, montas un procedimiento.

Me quedo mirando a mi ayudante de veintiséis años, que se ha convertido, en algún punto de los últimos dieciocho meses, en una persona bastante más peligrosa de lo que le conviene a nadie.

—Los tarjetones —digo.

—Ciento cuarenta y uno está bien.

—Los tarjetones, Rocío.

Coge la caja y se va. Y desde la puerta, sin girarse, dice:

—Está bueno, ¿eh?

—¡Fuera!

* * *

El viernes 4 tengo boda en Carmona. Ochenta invitados, una pareja encantadora, cero incidencias.

Y fotógrafo. Manu Rojas, ya recuperado de la apendicitis, puntual, impecable, con las cuarenta y dos tomas de la lista hechas y entregadas en tiempo y forma.

Es una jornada perfecta.

A las once y media de la noche, con el banquete terminado y la barra montada, me apoyo en una columna a hacer lo que hago siempre, que es mirar.

Manu está en el borde de la pista, disparando hacia el baile. Trabaja bien. Trabaja como he trabajado yo trece años: cumpliendo.

Y en la mesa cuatro, en la esquina, hay un señor mayor con un traje que le queda grande. Lleva veinte minutos ahí sentado, solo, con la chaqueta doblada en el respaldo, mirando bailar a una mujer que debe de ser su hija.

Y no hay nadie fotografiando a ese hombre.

Y a mí, que en trece años no he pensado jamás en si alguien fotografía a alguien, me sube por la garganta una cosa ridícula, y tengo que irme al aparcamiento a comprobar dos veces unos datos del autobús que ya había comprobado.

En el aparcamiento saco el móvil.

Manu es muy bueno , escribo.

Lo borro.

Mesa 4. Un señor con la chaqueta en el respaldo. Nadie le está haciendo una foto y llevo veinte minutos mirándolo.

Lo borro también.

Vuelvo dentro y cierro la boda a las cuatro y cuarto de la mañana, y cuento ochenta y dos sillas, y me voy a casa.

* * *

Lo que no le cuento a Rocío, porque no se lo cuento a nadie, es que el plan funciona.

Y eso es justo el problema.

Porque Bruno Salgado, que ha pasado ocho meses saltándose el planning, tumbándose en el suelo del salón de banquete, fotografiando al personal de mantenimiento y discutiéndome las horas por sistema, hace en cinco días lo que yo llevo desde enero pidiéndole.

Se comporta.

El día 3 le mando la hoja de horarios y me contesta Recibido. Conforme. Punto. Nada más.

El día 4 tenemos reunión con el del vídeo, y en toda la reunión no me lleva la contraria ni una vez. Ni una. Cuando llegamos al conflicto de siempre —él quiere el hueco de las 19:40, yo lo tengo asignado—, dice: «Como tú veas, tú tienes el plano completo.»

Como tú veas.

Y luego, cuando terminamos, no se queda. Recoge, se despide de Rocío, se despide de mí igual que de Rocío, y se va.

Y yo me quedo en la oficina de la calle Feria a las nueve menos cuarto de la noche, con el ventilador girando y ciento cuarenta y un tarjetones, y tengo que sentarme.

Porque esto es lo que yo he pedido. Tal cual. Está por escrito, en once páginas, firmado en enero. Un proveedor puntual, formal, que confirma por correo, que no discute las horas y que se despide igual de la organizadora que de la ayudante.

Lo tengo. Lo he conseguido en cinco días.

Y llevo desde el jueves con una cosa apretada debajo del esternón que no se me quita ni durmiendo, y esta noche, por fin, he descubierto lo que es.

Es que lo echo de menos.

No a él: a la discusión. A las 07:52. A los cuatro minutos. A un tío que se tumbaba en el suelo de un salón de banquete por una lámpara y que se aprendía el Instagram de una novia que no era suya para saber que quería paniculata.

Y hay una cosa peor, y me la digo entera porque estoy sola y son las nueve menos cuarto.

Durante ocho meses, mientras yo peleaba con fincas, catering, grupos electrógenos y ciento cuarenta invitados, ha habido todos los días, en algún punto del día, un correo que no era de trabajo aunque hablara de trabajo.

Yo pensaba que estaba gestionando un proveedor difícil.

Lo que estaba haciendo era esperar a que fueran las 07:52.

Cojo el móvil. Abro la conversación. Escribo: Oye.

Lo miro nueve segundos y lo borro.

Yo pedí que se comportara. Y se ha comportado.

Nadie me avisó de que eso también se puede perder.