El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Candela

Yo, en rigor, no tendría que estar aquí.

La preboda es cosa del fotógrafo y de los novios.

Pero necesito comprobar el acceso con el camión pequeño del catering, medir la explanada norte con la tienda ya montada y ver con mis propios ojos cómo cae la luz en el camino de los olivos a la hora que Bruno lleva desde marzo prometiéndome.

Llego a las seis y cuarto. Bruno está ya, montando.

—Los novios llegan a las siete —digo.

—Los novios llegan a las siete y media —dice él, sin levantar la vista de la mochila.

—Pone a las siete.

—Dani ha salido de la obra a las seis y diez. Me lo ha dicho por WhatsApp. Llegan a las siete y media como pronto.

Miro el reloj. Miro el camino. Miro la luz, que está empezando a bajar por detrás de la loma y a ponerse de ese color de anuncio de aceite de oliva que yo llevo ocho meses fingiendo que no veo.

—O sea que tenemos una hora muerta.

—Yo no. —Se cuelga la cámara—. Yo tengo que medir la luz.

—¿Y eso cómo se hace?

Bruno levanta la cabeza.

Y a mí, en cuanto veo esa cara, me entra un frío en el estómago que no tiene ningún sentido a treinta y un grados.

—Ni se te ocurra —digo.

—Candela.

—No.

—Necesito una persona de pie en el camino, a la altura del segundo olivo, para ver dónde revienta la luz y a qué hora. —Se encoge de hombros—. Puedo poner la mochila en el suelo, pero la mochila no tiene cara.

—Pon a Paco.

—Paco está en Vejer con su nieto.

—Pues espera a los novios.

—Cuando lleguen los novios ya se me habrá ido. —Se pone la correa por la cabeza, sin ninguna prisa—. Son diez minutos. Es una prueba técnica. No voy a hacerte un retrato.

Y yo, que llevo desde marzo diciéndole que no a este hombre en cuarenta y un correos, me oigo decir:

—Diez minutos.

* * *

Lo primero que hay que entender es que el camino de los olivos, a las seis y media de la tarde del 30 de agosto, es un sitio ridículo.

Es ridículo de bonito. Es ochocientos metros de albero blanco entre olivos viejos, en cuesta, con el valle abriéndose a la izquierda y el cielo empezando a hacer esa cosa naranja por la derecha, y no hay nadie en tres kilómetros a la redonda, y se oyen chicharras y nada más.

Lo segundo es que yo no sé estar de pie.

Suena estúpido. Llevo trece años de pie en bodas. Pero estar de pie trabajando es una cosa y estar de pie para que te miren es otra muy distinta, y descubro, a los cuarenta segundos, que no tengo ni la menor idea de qué hacer con los brazos.

—Estás muy rígida.

—Estoy midiendo la luz.

—Estás en posición de firmes.

—Bruno.

—Baja los hombros.

Bajo los hombros.

Él está a unos doce metros, agachado, con la cámara. No dispara. Solo mira.

—Vale —dice—. Ahora date la vuelta y mira al valle.

—¿Para qué?

—Porque no quiero que me mires a mí.

Me doy la vuelta.

Y ahí, de espaldas, mirando la Janda entera con el sol de frente, es donde me pasa una cosa que no me esperaba.

Se me quita el ruido.

Yo tengo, dentro de la cabeza, todo el rato, un plano.

Es lo que me hace buena. Ahora mismo, en este momento, sé que la tienda de cocina hay que anclarla con sacos y no con piquetas porque el terreno es de albero suelto; sé que el módulo de baños llega el viernes 18 y que hay que confirmarlo el martes; sé que la lista de los autobuses la tengo sin cerrar y que Fali no ha contestado. Todo eso está siempre encendido.

Y de pronto, de pie en un camino de tierra sin nada que hacer, se apaga.

No es que me relaje. Es más raro que eso. Es que durante unos segundos no hay ningún problema que resolver, y descubro que no sé qué hacer con la cabeza cuando no hay nada que resolver, y que eso me da un miedo bastante considerable, y que aun así no me muevo.

Se oyen las chicharras. Se oye el obturador, doce metros detrás de mí. Se oye un perro muy lejos, en el valle.

—Ahí —dice Bruno, muy bajo, detrás de mí.

Y empieza a disparar.

* * *

No sé cuánto dura. Miento: sí lo sé, porque yo siempre sé cuánto dura todo. Diecinueve minutos.

Casi no habla. Y cuando habla, no dice nada de lo que yo esperaba. No me dice que sonría. No me dice que ponga la mano en no sé dónde ni que me gire tres cuartos.

Dice «respira». Dice «ahora quédate ahí». Dice «no te arregles el pelo, déjatelo».

Una vez dice:

—¿En qué piensas?

—En los sacos de la tienda de cocina.

—Ya. Piensa en otra cosa.

—¿En qué?

Silencio. Cuatro disparos.

—En la mujer de anoche —dice—. La de las fotos de 2018.

Y no sé por qué eso funciona, pero funciona. Se me va la cara a algún sitio. Se me tiene que ir, porque él dispara nueve veces seguidas y luego baja la cámara y se queda quieto.

—Ya está —dice.

—¿Ya?

—Ya.

Sube por el camino. Y cuando llega a mi altura me da la vuelta a la cámara y me enseña la pantalla.

Y yo no me reconozco.

No es que salga guapa. Sale una mujer guapa, sí, pero eso no es lo que me deja sin aire.

Lo que me deja sin aire es que esa mujer de la pantalla no está haciendo nada.

No está resolviendo nada, no está midiendo nada, no está tapando ningún hueco.

Está de pie en un camino, con el pelo mal, mirando un valle, y tiene la cara de alguien a quien no le está exigiendo nadie nada de nada.

Yo no me he visto así en mi vida.

Y no exagero, y esto es lo que me hunde: repaso de memoria el pasillo de casa de mis padres, las nueve fotos, y en las nueve estoy haciendo algo. Recogiendo un diploma. Posando con la bici. Sonriendo a cámara porque alguien ha dicho «sonríe». En todas hay una tarea.

En esta no hay ninguna, y sigo estando yo.

—Bruno.

—¿Sí?

Levanto la cabeza y él está mucho más cerca de lo que estaba hace un segundo.

Y ya está. Ya se acabó el hacer como que no.

Porque lo que hay a treinta centímetros de mi cara son unos ojos oscuros y una respiración que no es normal, y yo tengo el pulso en las orejas, y llevo ocho meses, ocho meses enteros, escribiéndole correos a las 07:52 de la mañana y contando en la carpeta cuánto tarda en contestar.

Cuatro minutos. La media es cuatro minutos. Lo sé porque lo he mirado. En marzo lo miré una vez y desde entonces lo he mirado once.

Se me olvida cómo se llama la finca.

Él levanta la mano y me aparta el pelo de la cara con dos dedos, y lo hace despacio, dándome todo el tiempo del mundo para pararlo. Me roza la sien. Me roza la oreja. Yo llevo trece años apartándome el pelo de la cara veinte veces al día y nunca en mi vida me lo ha apartado nadie.

No lo paro.

Y entonces, desde la parte de arriba del camino, a doscientos metros, suena un claxon de una alegría criminal, y la voz de Jimena Ríos, mi mejor amiga desde los quince años, gritando:

—¡ESTAMOOOS AQUÍ!

* * *

Bruno

Lo que ocurre en los siguientes cuarenta segundos es una obra maestra de la ingeniería.

Candela se separa un metro y medio. Se pasa las dos manos por el pelo, se lo recoge, saca la carpeta de debajo del brazo —no sé de dónde, juraría que la había dejado en el coche— y sube por el camino hablando en voz alta sobre el anclaje de la tienda de cocina con sacos de arena.

Para cuando llegamos arriba, es otra persona. Es la de siempre. Abraza a Jimena, le dice a Dani que llega veinticinco minutos tarde, saca el móvil y le hace una foto al suelo de la explanada.

Yo hago lo mismo, peor.

—Bruno, tío, ¿tú estás rojo? —dice mi hermano.

—Hace treinta y un grados, Dani.

—Ya, pero es que estás rojo.

—Vamos, que se va la luz.

Hacemos la preboda. Sale bien. Jimena está guapísima y Dani se ríe todo el rato, y a las ocho y veinte les hago tres o cuatro fotos que van a salir en el álbum seguro.

Y a las ocho y media, cuando estoy cambiando de objetivo, Jimena se me pone al lado, mirando el valle, con los brazos cruzados.

No dice nada durante un rato.

—Bruno.

—Dime.

—¿Qué estabais haciendo en el camino?

—Midiendo la luz.

—Ya.

—Es que es una prueba técnica, se hace…

—Bruno. —Se gira. Tiene la sonrisa más peligrosa que he visto en mi vida—. Que llevo con esa mujer desde los quince años.

—Jimena…

—Que la he visto salir con cuatro tíos. Cuatro. Y con los cuatro estaba igual de tranquila el primer día que el último. —Se recoloca un tirante—. Cande no se pone nerviosa. Cande no se ha puesto nerviosa en su vida. Cande organizó mi comunión con once años.

—Ya.

—Y ahora mismo lleva veinte minutos hablándole a mi novio del anclaje de una tienda de cocina.

Miro hacia la explanada. Es verdad. Sigue.

—Eso no significa…

—Bruno, cielo. —Me pone una mano en el brazo, con una dulzura terrorífica—. No te estoy pidiendo explicaciones. Te estoy avisando de una cosa, y es la única vez que te la voy a decir.

—Dime.

—Que esa mujer se me presentó en el hospital cuando operaron a mi madre y se quedó dieciséis horas. Y que si le haces daño, yo me caso igual, y tú haces las fotos igual, y luego no vuelves a comer en casa de tu madre en paz nunca más.

Y se va a por su novio.

* * *

Esa noche, en el estudio, a la una y media de la mañana, descargo las tarjetas.

Hay trescientas cuarenta y una fotos de la preboda de mi hermano.

Y hay ciento veintisiete de un camino de albero.

Las paso una a una, despacio. En las primeras once está tiesa como un palo y con cara de estar calculando el peso de un saco de arena. En la doce se le bajan los hombros. De la treinta a la sesenta hay una mujer mirando un valle.

Y en la ochenta y nueve, justo después de que yo le dijera que pensara en Mónica, hay una cosa que no he fotografiado en doce años y trescientas bodas.

No sé cómo llamarla. Es la cara de alguien a quien acaba de ocurrírsele algo y no le da tiempo a defenderse.

Me quedo mirando esa foto un rato largo.

Y luego cierro el portátil.

En marzo, en el patio de este mismo cortijo, esta mujer me pidió que borrara una foto suya y yo la borré delante de ella, y estuvo bien hecho, y lo volvería a hacer.

Estas no las borro.