El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Bruno

La cena en casa de sus padres no está planificada, lo cual, tratándose de Candela Ferrer, es un dato relevante en sí mismo.

Volvemos de Vejer un jueves de agosto a las nueve menos cuarto de la noche, muertos los dos.

Ha sido la última visita técnica: replanteo del grupo electrógeno, marcado del suelo de la carpa de cocina, medición del camino de los olivos y dos horas discutiendo con el del sonido sobre dónde poner el segundo altavoz.

Al llegar a Sevilla, en Los Remedios, ella me dice que pare dos minutos.

—Tengo que dejarle una cosa a mi madre.

—Tranquila.

Coge una caja de la parte de atrás —unas pastillas de su padre que ha ido a comprar no sé dónde, o unos papeles, no me entero bien— y sube. Yo me quedo en doble fila con los intermitentes puestos.

A los cuatro minutos baja.

Y detrás de ella, en el portal, hay una señora bajita con una rebeca de punto en agosto.

—¡Que suba! —dice la señora.

—Mamá, que viene de trabajar.

—Que suba y cena algo, mujer, que son las nueve.

Y yo, que en ese momento no tengo la más mínima idea de dónde me estoy metiendo, bajo la ventanilla y digo que encantado.

Candela me mira.

No es una mirada de fastidio. Es otra cosa, y la reconozco un segundo demasiado tarde: es la mirada de alguien a quien acaban de abrirle una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada a propósito.

—Aparca ahí —dice—. Media hora.

* * *

La casa es preciosa. Eso es lo primero.

Un piso de los años setenta en Los Remedios, ochenta y tantos metros, impecable.

Suelo de terrazo brillante. Un aparador con una cristalería que no se usa.

Fotografías enmarcadas en la pared del pasillo —Candela con toga, Candela pequeña en una playa, una foto de boda en blanco y negro de 1988— alineadas con una regularidad milimétrica.

Su madre se llama Pilar. Su padre, Manuel. Él está en el sillón, con el periódico doblado en cuatro, y se levanta a darme la mano con una amabilidad genuina.

—Manuel.

—Bruno. Encantado.

—¿Usted es el fotógrafo?

—Ese soy.

—Muy bien, muy bien.

Se sienta otra vez.

Cenamos en la mesa del salón. Tortilla, ensalada, jamón york, pan. Pilar sirve, se levanta tres veces, trae el aceite, trae la sal, trae el pan aunque ya hay pan. Manuel come. La televisión está encendida con el volumen bajo.

Y a los once minutos me doy cuenta de una cosa.

No pasa nada.

No es que estén incómodos por la visita.

No es que sean fríos conmigo: al contrario, son hospitalarios hasta decir basta, me preguntan por mi trabajo, se interesan por la boda, Pilar me dice tres veces que coma más.

No hay ninguna tensión en esa mesa. No hay resentimiento, no hay reproches, no hay una sola pulla de esas que se sueltan los matrimonios de treinta años delante de las visitas.

No hay nada.

Y hay un detalle que me revienta más que ningún otro, y tardo media hora en identificarlo.

Es el pasillo.

En el pasillo de esta casa hay nueve fotografías enmarcadas.

Las he visto al entrar y las vuelvo a mirar al ir al baño, porque yo no sé pasar por un pasillo sin mirar.

Candela con toga. Candela con siete años en una playa.

Candela con uniforme del colegio. Candela en una comunión.

Candela con la bici. Candela, Candela, Candela.

Y una sola de ellos: la de la boda, 1988, blanco y negro, los dos jovencísimos en la puerta de una iglesia.

Nueve fotos, y en ocho sale la hija.

En casa de mi madre hay once fotos de un muerto y la gente se para a mirarlas todos los días. Aquí hay nueve de una viva, colgadas rectas, alineadas con un nivel, y estoy dispuesto a apostar el equipo entero a que en esta casa no se para a mirarlas nadie.

Esto no es una casa. Es un expediente.

En cuarenta minutos, Manuel le dirige la palabra a Pilar dos veces. Una para pedirle el aceite. Otra para decirle que ha llamado el del seguro.

Y Pilar le dirige la palabra a Manuel una: para preguntarle si quiere fruta.

No se miran. Eso es lo que me revienta. Están sentados a noventa centímetros el uno del otro, llevan treinta y ocho años en esta casa, y en cuarenta minutos no se miran ni una vez a los ojos.

Y todo esto ocurre delante de su hija.

Que come. Que contesta con educación. Que le pregunta a su madre por la vecina del cuarto y a su padre por el coche, y que va rellenando los silencios uno detrás de otro con una destreza que se me hace insoportable de ver, porque es la misma destreza con la que gestiona una boda: identificar el hueco, taparlo, seguir.

Lleva treinta y dos años haciendo de wedding planner en la mesa de su casa.

Hay un momento, sobre los treinta y cinco minutos, en que casi ocurre algo.

Pilar cuenta que en la tienda de abajo han quitado el mostrador de la charcutería y que ahora está todo envasado, y que qué pena, y que ella iba allí desde que se casaron. Y Manuel, sin apartar los ojos de la televisión, dice:

—El de la charcutería era el hijo de Rafael.

—El de la charcutería era el hijo de Rafael —repite Pilar.

Y los dos se quedan callados un segundo, y en ese segundo hay algo. Hay un hilo. Hay treinta y ocho años y un barrio y un tal Rafael que a lo mejor les vendía el jamón en 1990, y cualquiera de los dos podría tirar de ese hilo ahora mismo y estar veinte minutos hablando.

Ninguno tira.

Pilar se levanta a por la fruta. Manuel sube medio punto el volumen de la televisión.

Y yo, que me gano la vida esperando ese tipo de momentos, con la cámara en la mano, doscientas veces al año, veo cómo se apaga uno delante de mí y me tengo que agarrar a la servilleta.

A los cincuenta minutos, Pilar dice:

—Es una pena que Candela no encuentre a nadie.

Lo dice sin maldad. Lo dice recogiendo los platos, en el mismo tono con el que ha dicho que ha subido el recibo de la luz.

—Mamá.

—Es la verdad, hija. Con lo guapa que eres.

—Mamá, que está Bruno delante.

—Ay, perdón.

Y sigue recogiendo.

Manuel no dice nada. Manuel mira la televisión.

Y yo miro a Candela, y Candela me está mirando a mí, por primera vez en toda la noche, y en esa mirada hay una frase entera y clarísima que no hace falta pronunciar:

Ahora ya lo sabes.

* * *

Nos vamos a las diez y veinte. Pilar me da un beso en cada mejilla y me dice que vuelva cuando quiera. Manuel me da la mano y me dice que ha sido un placer, y lo dice de verdad.

Son buena gente. Eso es lo que no me quito de encima mientras bajamos en el ascensor. No son malas personas, no le han hecho nada malo a nadie, no hay un villano en esa casa.

En la calle hace ese calor de Sevilla en agosto a las diez y media, el que sube del suelo.

Andamos hasta el coche sin hablar.

Y yo tengo aquí, en la boca, unas doce frases distintas.

Las he ido montando durante toda la cena.

Tengo la comprensiva, la que empieza por «no me extraña que».

Tengo la analítica, la de «ahora entiendo lo que me dijiste en el coche».

Tengo incluso una que es un abrazo sin más, y me la quito de en medio la primera, porque sé que si yo intento abrazar a esta mujer ahora mismo, se sube al coche y no me habla en tres semanas.

Llegamos al coche. Ella pone la mano en la manilla y no abre.

—Bueno —dice, mirando al suelo, con una sonrisa que no es una sonrisa—. Ahora ya sabes por qué no creo en el amor.

Y yo digo lo único que se me ocurre que es verdad.

—Ahora ya sé por qué no crees en eso .

Levanta la cabeza.

—Y no es lo mismo, Candela.

Y ahí se rompe.

Tres segundos. Tres. Se le va la cara entera, se le llenan los ojos y le tiembla la barbilla una vez, y en ese momento tengo delante a una niña de once años cenando en una mesa donde no pasa nada.

Y a los tres segundos se recompone. Con una eficacia que da miedo. Se pasa el dedo por debajo del ojo, respira una vez, y cuando vuelve a hablar la voz le sale normal del todo.

—Es tardísimo —dice.

—Sí.

—Mañana tengo a las nueve con el del sonido.

—Lo sé, voy yo también.

—Ah. Es verdad.

Abre la puerta. Y antes de meterse, sin mirarme, dice:

—Gracias por subir.

—Gracias por dejarme subir.

Se mete en el coche.

Yo conduzco los veinte minutos hasta mi casa pensando que llevo doce años fotografiando el día en que la gente promete que va a hacerse feliz para siempre, y que esta noche he cenado con dos personas que lo prometieron en 1988 y que cumplieron todo lo que se puede cumplir por escrito.

Cumplieron la fidelidad. Cumplieron la salud y la enfermedad. Cumplieron lo de criar a una hija y pagar un piso y estar ahí los domingos. Si el matrimonio fuera un contrato, esos dos lo han ejecutado sin una sola incidencia en treinta y ocho años.

Y lo único que no cumplieron —porque no se puede poner en ningún papel y porque nadie te avisa— es lo de seguir teniendo curiosidad por la persona que tienes enfrente.

El de la charcutería era el hijo de Rafael.

Y nadie preguntó nada más.

Y que la hija de esos dos me ha dicho ahora ya sabes , y que se ha equivocado.

Porque lo que yo sé ahora no es por qué no cree.

Es que sí cree. Cree tanto que le da pánico.

Cree que existe, y cree que se gasta, y ha decidido no tocarlo para no verlo gastarse. Que es, mires como lo mires, la manera más eficiente que ha inventado nadie de quedarse sin nada.