CAPÍTULO 11
Candela
La comida en casa de Charo es, sobre el papel, una reunión de trabajo de cuarenta y cinco minutos para cerrar cuatro puntos: protocolo de la mesa presidencial, listado definitivo de fotos de grupo, transporte de los abuelos y hora de recogida de los autobuses.
Llego a las dos. Salgo a las siete y media.
No se cierra ninguno de los cuatro puntos.
Lo entiendo todo a los diez minutos de estar allí, cuando descubro que a esta comida, que Charo me presentó como «los cuatro papeles esos», han sido convocadas nueve personas.
Está la tía Reme, que ha venido desde Utrera con un tupper de pestiños que nadie ha pedido.
Está un primo llamado Fali del que nadie me explica el parentesco exacto.
Está la madre de Jimena. Están Jimena y Dani.
Está Bruno, que llega tarde y con el pelo mojado.
Y está Charo, que lleva desde las nueve de la mañana cocinando para una reunión de cuarenta y cinco minutos.
—Charo, esto es muchísima comida.
—Es lo que había, hija.
Había un guiso de carne con patatas para catorce, tres tortillas, dos bandejas de pimientos asados, medio kilo de jamón y los pestiños de la tía Reme.
—Punto uno —digo, abriendo la carpeta—. Mesa presidencial. Somos…
—Ay, hija, come primero.
—Es que si empezamos por los pimientos ya no…
—Come.
Como.
* * *
A las cuatro y media he renunciado.
No es una derrota profesional, es una decisión táctica: he entendido que en esta casa el trabajo se hace de otra manera, y que si yo abro la carpeta a las dos, no se cierra nada, pero si dejo que la conversación vaya sola, a las seis de la tarde tendré la mitad de los puntos resueltos sin que nadie se haya enterado de que estábamos trabajando.
Y funciona. A las cinco menos cuarto, la tía Reme resuelve el transporte de los abuelos sin que yo diga una palabra: los abuelos suben con Fali, que tiene un coche grande y que además no bebe.
A las cinco y diez se resuelve solo el punto tres, el de la hora de los autobuses, porque Dani comenta de pasada que el hermano de Jimena tiene que estar en Sevilla el domingo a las once para un vuelo, y a partir de ahí la mesa entera decide, a gritos y en un momento, que el segundo autobús sale a las cuatro y media de la madrugada.
Yo escribo 04:30 en la carpeta y no digo nada. Llevaba tres semanas intentando cerrar ese punto por correo.
El de las fotos de grupo, en cambio, se convierte en un conflicto internacional.
—Yo quiero una con las primas —dice la tía Reme.
—Reme, si sale usted en la de la familia del novio.
—Ya, pero yo quiero una con las primas.
—Son veintidós primos.
—Con las primas. Las primas somos seis.
—Reme —dice Charo—, si te hacemos una con las primas, tu cuñada quiere otra con las cuñadas.
—Mi cuñada que se aguante.
—Reme.
—Que se aguante, Charo, que en la boda de Mari Ángeles nos tuvo cuarenta minutos de pie al sol.
Y a partir de ahí se abre un expediente sobre la boda de Mari Ángeles, que fue en 2011, que dura veinte minutos y en el que participan siete personas, ninguna de las cuales estaba invitada a la boda de Mari Ángeles.
Bruno, enfrente de mí, no ha abierto la boca. Está echado hacia atrás en la silla con una cerveza en la mano y la cara de un hombre que está viendo su película favorita por decimoquinta vez.
En algún momento me busca los ojos por encima de la mesa y levanta una ceja medio milímetro.
Y yo, que llevo trece años sin perder la compostura en una reunión de trabajo, me tengo que morder el interior del carrillo.
Y mientras tanto pasa lo otro.
Pasa que hay tres conversaciones a la vez y todo el mundo se entera de las tres.
Pasa que Dani se levanta a por hielo y le da a su madre un beso en la cabeza al pasar, sin motivo, sin que nadie lo comente, como quien coge un vaso.
Pasa que la tía Reme le cuenta a la madre de Jimena la historia de un tal Curro que se murió en 1994 y que las dos se ríen a carcajadas de un muerto de hace treinta años.
Pasa que Charo le grita a Bruno desde la cocina que si se ha traído la escalera y Bruno le grita que sí y ninguno de los dos se mueve.
Y a las cinco y veinte me encuentro a mí misma en la cocina, sentada en un taburete, pelando patatas.
No sé cómo he llegado ahí. Alguien dijo que había que hacer un puré para el niño de Fali y yo cogí el pelador porque estaba más cerca.
—Esto no te lo cobro en la factura —le digo a Charo.
—Faltaría más.
Y me pone una mano en el hombro al pasar. Un segundo. Nada.
Y yo me quedo pelando patatas en una cocina que huele a guiso, con nueve personas gritándose de bien que se llevan en la habitación de al lado, y noto una cosa muy incómoda en el pecho, y tardo un rato en identificar qué es.
Es envidia.
Yo no como así. Yo no he comido así en mi vida.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que llevo trece años montando esto para otra gente.
Porque de eso van las bodas. Yo llevo trece años cobrando por construir, durante doce horas, lo mismo que hay hoy en el salón de Charo Salgado un domingo cualquiera de julio sin que nadie haya pagado un euro: gente que se grita porque se quiere, tres conversaciones a la vez, un muerto de 1994 del que todavía se ríen.
Eso es lo que la gente compra. No compran las peonías.
Compran una tarde en la que su familia se comporte como esta.
Y yo llevo trece años montándolo con proveedores, plannings y planes B, y saliendo del recinto a las cuatro de la mañana contando sillas.
—Cande.
—¿Qué?
—Que llevas cuatro patatas peladas —dice Charo, desde el fuego, sin girarse— y setenta y ocho patatas mirándote.
—Es que me he distraído.
—Pues distráete más deprisa, hija, que el niño de Fali tiene hambre.
* * *
Bruno entra en la cocina a las seis y diez a por una fuente.
Se para en la puerta.
—Estás pelando patatas.
—Sí.
—Llevas dos horas pelando patatas.
—Llevo cincuenta minutos y son muchas patatas.
Se apoya en el marco de la puerta y no dice nada durante un rato. Yo sigo pelando. En el salón, alguien ha puesto la radio y la tía Reme está discutiendo con Fali sobre la ruta de Utrera a Vejer.
—¿Qué? —digo, sin levantar la vista.
—Nada.
—Estás mirando.
—Es mi oficio.
—Bruno.
—Vale. —Cruza la cocina y coge la fuente de la encimera, y al pasar por detrás de mí dice, en voz mucho más baja—: Estaba pensando que llevas seis meses sentándote en el lado de fuera.
Levanto la cabeza.
—¿Qué?
—En todas las reuniones. En casa de Jimena, en el obrador, aquí. Te sientas en el sitio desde el que se ve la puerta y por el que se sale primero. —Se encoge de hombros—. Y hoy estás en un taburete, en una cocina, de espaldas a todo el mundo.
No sé qué contestar a eso.
Se estira para coger un paño del colgador que hay encima de mí, y para hacerlo tiene que pasar el brazo por delante de mi hombro, y no me toca, pero casi, y durante segundo y medio tengo su antebrazo a cuatro centímetros de la cara y noto que huele a jabón de casa de su madre.
—Perdón —dice.
—No pasa nada.
Coge la fuente y el paño y sale.
Yo termino la patata que tengo en la mano. La dejo. Cojo otra. Y descubro que la estoy pelando en círculos, sin quitarle nada, como una imbécil.
Me voy a las siete y media, antes del postre, con la excusa, que además es cierta, de que mañana tengo boda a las once.
Y con otra excusa que no digo, que es que a las siete y veinticinco Charo ha sacado un álbum.
No un álbum de boda: un álbum de esos gordos, de plástico, de los años noventa, con las hojas pegajosas.
Y lo ha abierto en la mesa, y se han levantado siete personas a la vez, y de repente había siete cabezas juntas encima de unas fotos malísimas de un cumpleaños de 1997, y todo el mundo hablaba a la vez, y la tía Reme decía «ese es Curro» y Fali decía «ese no es Curro, ese es mi padre», y Dani se reía tanto que tuvo que sentarse.
Y en el borde de esa mesa había una fotografía de un hombre con bigote sosteniendo a un niño de unos cinco años en brazos.
Nadie ha dicho nada especial sobre esa foto. La tía Reme ha dicho «ay» y ha pasado la página.
Yo he mirado a Bruno.
Bruno estaba mirando el álbum como todo el mundo, con la misma cara que todo el mundo, riéndose de lo de Curro con todo el mundo.
Y he cogido el bolso.
Charo me da dos tuppers. La tía Reme me da pestiños. Fali me da la mano con una solemnidad conmovedora. Jimena me abraza y me dice al oído «te has quedado hasta las siete y media», y yo le digo que había mucho que cerrar, y ella dice «no hemos cerrado nada», y tiene razón.
* * *
En el coche, en la rotonda de Bormujos, hago una cosa que no hago nunca.
Llamo a mi madre.
—Candela.
—Hola, mamá.
—¿Ha pasado algo?
Y ahí está. En esa pregunta está mi familia entera. Son las ocho menos veinte de un domingo y su hija llama, y la primera hipótesis es que haya pasado algo.
—No, nada. Que venía en el coche.
—Ah.
Silencio.
—¿Y qué tal? —dice.
—Bien. Bien, trabajando mucho, con lo de Jimena. He estado hoy en casa de la madre del novio.
—Qué bien.
—Sí.
—¿Y ha ido bien?
—Sí.
Silencio.
—Aquí estamos con la tele —dice—. Tu padre se ha dormido.
—Ya.
—¿Quieres que lo despierte?
—No, no.
—Vale.
—Vale.
—Pues nada, hija. Que descanses.
—Y tú.
Miro el móvil. Un minuto y treinta y un segundos.
Y me quedo un rato en la rotonda, con el intermitente puesto, dándole vueltas a una cosa.
No ha ido mal.
Eso es lo que la gente no entiende cuando cuento cómo es mi casa.
No ha ido mal. Mi madre ha cogido el teléfono al segundo tono, se ha alegrado de oírme, me ha preguntado qué tal, se ha ofrecido a despertar a mi padre.
No me ha reprochado nada. No hemos discutido.
No hay una sola frase de esa llamada que yo pudiera repetirle a un psicólogo para que pusiera cara de circunstancias.
Un minuto y treinta y un segundos, y todo correcto.
Ese es el problema. Que si hubiera ido mal, se podría arreglar.
Meto primera y me incorporo a la A-49, y de pronto me acuerdo con una nitidez absurda de la tía Reme riéndose a carcajadas de un hombre que lleva treinta y dos años muerto, y tengo que subir mucho la radio.