El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Candela

A Manu Rojas le operan de apendicitis un jueves a las once de la noche.

Me entero el viernes a las ocho y cuarto de la mañana, por un mensaje de voz de dos minutos grabado desde una cama del Virgen del Rocío, en el que Manu, todavía medio anestesiado, me pide perdón catorce veces.

Tengo una boda mañana. Ciento diez invitados en la Hacienda de Buenavista. Sara y Guille, dos años de preparación, una novia encantadora y una madre de novia que ha llamado a mi oficina cuarenta y una veces desde marzo.

Y no tengo fotógrafo.

Hago lo que hay que hacer. Llamo a Curro Iglesias, que está en una boda en Málaga.

Llamo a Elena Prieto, que está en Menorca.

Llamo a otros cuatro. Uno está libre y me pide, sin ninguna vergüenza, un cuarenta por ciento de recargo por urgencia, y le digo que no con una educación que me deja temblando.

A las diez y veinte estoy sentada en la oficina mirando el teléfono.

—Llámalo —dice Rocío.

—No.

—Cande.

—Que no.

—Está libre. Lo sé porque Jimena me dijo el martes que este finde su cuñado no tenía nada.

Me quedo mirando a mi ayudante de veintiséis años, que ha recopilado y almacenado esa información, y comprendo con toda claridad que esta chica va a tener su propia agencia antes de los treinta.

Marco. Contesta al segundo tono.

—Necesito un favor —digo.

—Vale.

—No sabes cuál es.

—Ya. Pero es la primera vez que me llamas por teléfono sin que haya un correo antes, así que es gordo. —Se oye ruido de fondo, una cafetera—. Dime.

Se lo cuento. Se lo cuento entero, incluida la parte en la que le explico que le voy a pagar la tarifa completa de Manu Rojas más el desplazamiento, y la parte en la que le digo que necesito el reportaje en cuarenta y cinco días y que hay cuarenta y dos fotos obligatorias.

—Cuarenta y dos otra vez —dice.

—Cuarenta y dos otra vez.

—¿Y a las 19:40 qué hay?

—Bruno, te juro por Dios que…

—Es broma. —Se ríe—. A las nueve y media estoy allí. Mándame el planning.

Cuelgo y me quedo un rato con el móvil en la mano.

—¿Ves? —dice Rocío.

—Cállate.

* * *

La boda de Sara y Guille es la mejor jornada de trabajo que he tenido en tres años, y me niego a analizar por qué.

Empieza mal, como todas: a las once de la mañana descubro que la floristería ha mandado el arco con hortensia en vez de con paniculata, y la novia lleva un año enseñándome fotos de paniculata.

Lo resolvemos deshaciendo el arco y rehaciéndolo con lo que hay, y Rocío se pincha dos veces y yo termino con las manos verdes y a las 12:40 el arco está bien.

A las 12:44 aparece Bruno, con dos cuerpos de cámara, una camisa arrugada y cara de haberse levantado a las seis.

—El arco es de hortensia —dice.

—Ya lo sé.

—Ella quería paniculata.

—¿Cómo sabes tú lo que quería?

—Porque está en su Instagram. —Se cuelga la mochila—. Miré anoche.

Y a mí eso, no sé por qué, me pone de un humor excelente durante las siguientes nueve horas.

Trabajamos juntos por primera vez sin que la boda sea de Jimena, y resulta que es otra cosa. No hay planning que defender delante de mi mejor amiga. No hay una suegra mirándonos. Hay un trabajo, y él sabe hacer el suyo, y yo el mío.

A las 18:50 le digo, por el pinganillo que le he puesto sin preguntar:

—Sara sale en cuatro minutos. El padre está en el hall.

—Voy.

Y hace la foto del hall. La once de mi lista, la del padre esperando solo, y la hace de lejos, con el hombre pequeño en el encuadre y todo el mármol alrededor, y yo la veo hacerla desde el otro extremo del pasillo y se me sube algo por la garganta que no tengo tiempo de atender porque tengo que abrir la puerta del coche de las damas.

A las 20:15 tengo un problema con el cambio de altavoz y él, sin que se lo pida, me distrae a la madre de la novia durante siete minutos haciéndole un retrato que ella no ha pedido y que se le va a caer la baba de ver.

A las 21:30 me trae medio bocadillo del catering.

—No he comido —le digo.

—Ya. Por eso.

Hay una cosa más, y es la que me tiene desde entonces sin dormir bien.

A las 22:50, en mitad del banquete, la madre de la novia —la de las cuarenta y una llamadas— me acorrala en el pasillo de servicio y me monta una escena por el color de las servilletas.

El color de las servilletas. A las diez y cincuenta de la noche, con su hija casada y ciento diez personas cenando de maravilla.

Yo hago lo que hago siempre: la escucho tres minutos, le doy la razón en todo, le prometo revisarlo y no reviso nada porque no hay nada que revisar.

Y cuando esa mujer se va, me quedo sola en el pasillo un segundo.

Y Bruno está al final del pasillo, con la cámara colgada, y no está fotografiando: me está mirando.

No dice nada. Levanta las cejas medio milímetro, como preguntando.

Y yo, que llevo trece años tragándome esas escenas sola y volviendo a la pista con la cara puesta, hago un gesto obsceno con la mano que no he hecho en mi vida delante de un proveedor.

Bruno se ríe tanto que tiene que darse la vuelta.

Y a la una y cuarto de la mañana, con la barra libre montada y ciento diez personas bailando y mi trabajo terminado en lo esencial, me apoyo en una columna del patio y lo veo trabajar.

Está agachado en la esquina, disparando hacia la pista, y hay una señora de setenta años bailando descalza con los zapatos en la mano, y él lleva tres minutos con ella.

Y pienso, con toda claridad, y no me gusta nada pensarlo: este hombre es muy bueno y a mí me gusta trabajar con él.

* * *

Mónica aparece a las dos menos veinte.

Es una mujer de unos treinta y ocho años, con un vestido azul y las sandalias ya en la mano, y viene directa a Bruno con esa determinación que da el gin-tonic tercero.

—Perdona. ¿Tú eres Bruno Salgado?

—Sí.

—Tú me hiciste las fotos de mi boda. En 2018. En Cazalla.

Y yo, que estoy a dos metros contando las botellas que quedan, me quedo contando botellas muy despacio.

Porque conozco esta escena. La he visto cuatro o cinco veces en trece años. En una boda siempre hay alguien que se ha divorciado, y a partir de la segunda copa a esa persona le da por hablar, y lo que sale de ahí suele ser una demolición.

Bruno tarda un segundo.

—Mónica —dice—. Mónica y Javi.

—¡Que se acuerda! —Se ríe, encantada—. Que se acuerda el tío.

—Os casasteis en septiembre. Llovió por la mañana y luego paró.

—Llovió por la mañana y luego paró —repite ella, y se le pone una cara rarísima—. Madre mía.

Y entonces le dice, sin ninguna transición:

—Oye, nos divorciamos hace tres años.

—Lo siento.

—No, si está bien. Está bien de verdad, fue lo mejor. —Hace un gesto con la mano—. Pero te quería preguntar una cosa desde hace tiempo y nunca me atrevo a escribirte. ¿Tú guardas los archivos?

—Los guardo todos.

—¿De 2018?

—De 2013.

Mónica se lleva la mano al pecho.

—Es que se me murió el disco duro. El disco duro y el ordenador y todo. Y yo las fotos no las imprimí nunca, porque como estaban ahí… —Se encoge de hombros—. Y ahora no tengo ni una.

—Te las mando el lunes.

—¿En serio?

—El lunes.

Aquí es donde yo intervengo. Y no debería, y lo sé mientras lo estoy haciendo, pero llevo hora y media con una cosa apretada en el pecho y necesito que alguien me dé la razón.

—Perdona —digo, y me acerco—. Soy Candela, la organizadora. Perdona que me meta. ¿Y para qué las quieres?

Mónica me mira. No se ofende. Se lo piensa de verdad, con esa honestidad tremenda que da la madrugada.

—Pues no lo sé —dice—. Al principio pensé que era por mi padre, que se murió en 2021 y sale en la de la iglesia. Y sí, es por eso también.

—Ya.

—Pero luego lo pensé mejor. —Sonríe un poco—.

Es que en esas fotos salgo yo con veintinueve años, muerta de risa, gritando, con los zapatos rotos a las cuatro de la mañana.

Y llevo tres años oyendo a todo el mundo decirme «bueno, mejor que te enteraras pronto», como si aquel día hubiera sido el principio de un error.

Se calla un segundo.

—Y no fue un error. Fue un sábado buenísimo.

* * *

Terminamos a las cuatro y cuarto. El aparcamiento de la Hacienda de Buenavista es de albero, y a esa hora está vacío salvo por mi coche, el suyo y una furgoneta del catering.

Bruno mete el equipo en el maletero. Yo tengo la carpeta debajo del brazo y no me estoy yendo, y los dos sabemos que no me estoy yendo.

—Dilo —le digo.

—¿Que diga qué?

—Lo que llevas dos horas sin decir. Lo de Mónica. Suéltalo y nos vamos a casa.

Cierra el maletero. Se apoya en él.

—No iba a decir nada.

—Bruno.

—En serio. —Se pasa la mano por el pelo—. Es que no hay nada que decir, Candela. Tú y yo hemos oído lo mismo. Lo que pasa es que tú has oído a una mujer que se equivocó y yo he oído a una mujer que tuvo un sábado buenísimo.

—Se divorció.

—Sí.

—Se gastó una fortuna, se puso un vestido, juró delante de su familia que iba a estar con ese hombre toda la vida, y ocho años después me está pidiendo las fotos de un día que no significó nada.

—Que no duró —dice—. No es lo mismo.

—Es lo mismo.

Y entonces lo dice. Y no lo dice con solemnidad, ni levantando la voz, ni como quien suelta una frase que lleva preparada. Lo dice cansado, a las cuatro y cuarto de la mañana, apoyado en un maletero.

—Que se acabara no lo convierte en mentira, Candela. Convierte en verdad todo lo que duró.

Abro la boca.

Y me quedo así.

Porque tengo cuatro respuestas y las cuatro son malas.

Puedo decirle que eso es una frase bonita, y no lo es, es un argumento.

Puedo decirle que entonces cualquier cosa vale, y sé que él me va a preguntar por qué no.

Puedo decirle que él no sabe nada de matrimonios porque no está casado, y sería una guarrada y además da igual, porque el argumento no depende de quién lo diga.

Y puedo decirle la verdad, que es que si aquello fue verdad mientras duró, entonces la mesa de mis padres también lo fue alguna vez, y entonces lo que yo llevo treinta y dos años llamando «mentira» es en realidad algo mucho peor, que es una cosa buena que se gastó.

—Es tardísimo —digo.

—Sí.

—Buenas noches, Bruno.

—Buenas noches.

Conduzco cincuenta minutos desde Buenavista hasta mi casa con las ventanillas bajadas y la radio apagada, buscando la respuesta.

No la encuentro.

Sigo sin encontrarla.