CAPÍTULO 9
Bruno
Entre marzo y junio se alquilan los baños modulares, se hace un plano de aparcamiento con iluminación provisional y se reserva un bloque de cuarenta habitaciones en dos hoteles de Vejer y otro de veinte en Conil.
Y en algún punto de esos tres meses —no sabría decir cuál—, discutir con ella deja de ser un incordio y se convierte en la mejor parte de mi semana.
Es una cosa muy tonta. Es que contesta rápido. Es que cuando le das un argumento bueno, lo coge: no cede, no hace el paripé de «lo pensaré», lo coge y lo mete en el documento y a la semana siguiente ya es suyo.
Y en la reunión de mayo pasó otra cosa.
Estábamos los dos y Rocío discutiendo el orden de las fotos de grupo, y yo dije que si metíamos a los amigos antes que a la familia materna íbamos a perder a los abuelos, que a esa hora ya estarían sentados. Y Candela, sin levantar la vista, dijo: «Tiene razón. Cambia el orden.»
Tiene razón.
Se lo dijo a Rocío, no a mí. Duró segundo y medio. Y yo salí de esa reunión y me pasé la tarde entera de un humor absurdo, editando una boda de abril y sonriendo como un tonto delante de la pantalla, por dos palabras dichas a otra persona.
Ahí ya debería haberme enterado. No me enteré.
Total, que llega el 14 de junio.
* * *
La prueba de menú es a las once y media en el obrador del catering, en un polígono de Alcalá de Guadaíra, y consiste en lo siguiente: siete platos, cinco personas y ninguna posibilidad de acuerdo.
Estamos Jimena, Dani, mi madre —que se ha autoinvitado con un descaro admirable—, Candela y yo. Yo estoy aquí, en teoría, para hacer fotos de referencia del emplatado. Estoy aquí, en realidad, porque mi madre dijo «que venga Bruno» y en esta familia eso equivale a una orden judicial.
Salvador, el jefe de cocina, saca el primer plato.
—Salmorejo de remolacha con anguila ahumada.
—Qué bonito —dice Jimena.
—¿Anguila? —dice mi madre.
—Anguila ahumada, señora.
—¿Y no puede ser jamón?
—Mamá.
—Es que la anguila es pescado de río, hijo.
Candela, sin levantar la vista de su cuaderno, dice:
—Charo, ¿cuántos primos de Utrera vienen?
—Veintidós.
—¿Veintidós primos de Utrera se comen una anguila?
Silencio.
—Jamón —dice Candela, y escribe.
Es en ese momento cuando empiezo a entender lo que es esta mujer trabajando.
Porque a partir del segundo plato, la prueba de menú se convierte en un espectáculo.
Jimena elige con el corazón: quiere la crema de calabaza porque le recuerda a su abuela y quiere el pescado con esa salsa verde porque «es muy de septiembre».
Dani elige con el estómago: quiere carne y quiere mucha.
Mi madre elige con el miedo: cada plato le parece raro, escaso o susceptible de sentar mal a alguien.
Y Candela los va tejiendo a los tres sin que ninguno se dé cuenta.
—La crema de calabaza es preciosa, pero se sirve a las 21:15 y en septiembre en Vejer estamos a veinticuatro grados. Nadie quiere una crema caliente a veinticuatro grados. ¿Salvador, la puedes hacer fría?
—Se puede.
—Fría. Jimena, la tienes.
—El pescado con salsa verde tiene un problema: es blanco sobre blanco y son las 21:40, con luz de vela. Va a parecer un plato de nada. ¿Le puedes meter el aceite de perejil por encima?
—Se puede.
—Perfecto. Dani, tú te vas a comer eso y luego el solomillo, y no vas a bailar hasta la una.
—Bien.
—Charo, el postre lleva helado. Los veintidós de Utrera se van a comer el helado.
—Es que…
—Se lo van a comer, Charo. Los helados se los come todo el mundo.
—¿Y el que tenga la lactosa?
—Hay dos celíacos, un vegano y una intolerante a la lactosa, y los cuatro están en la mesa nueve, y Salvador ya lo sabe porque se lo mandé en abril. —Candela pasa una hoja—. Siguiente.
Mi madre se queda con la cuchara en el aire. Es, y lo digo con conocimiento de causa, la primera vez en mi vida que veo a alguien dejar a Charo Salgado sin objeción.
Llegamos al solomillo. Dani se pone serio por primera vez en toda la mañana.
—Esto está muy bueno.
—Está buenísimo —dice Jimena.
—No —dice Dani—. Escúchame. Esto está muy bueno.
—Salvador —dice Candela—, ¿tú puedes sacar ciento cuarenta de estos a la vez y que lleguen así a la mesa nueve, que está a treinta y dos metros de la tienda de cocina y en cuesta?
Salvador se toma su tiempo.
—A la nueve llega a cincuenta y cuatro grados.
—¿Y a cuánto tiene que llegar?
—A sesenta.
—Entonces no.
—Cande —dice Dani, con una desolación auténtica.
—Dani, tú te vas a acordar de este solomillo el resto de tu vida y tus tíos de Badajoz se van a acordar de una carne tibia. —Escribe—. Salvador, dame algo que aguante la cuesta.
Y Salvador, que lleva veinte años haciendo esto y al que veo disfrutar por primera vez en toda la mañana, dice:
—Carrillada.
—Carrillada.
—Se la doy a sesenta y cuatro grados hasta en el aparcamiento.
—Carrillada —repite Candela, y lo subraya.
Está tomando decisiones a razón de una cada noventa segundos y ninguna es sobre gastronomía: son sobre temperatura ambiente, hora del servicio, color de la luz, edad media de la mesa y velocidad del servicio. No ha probado un plato entero. Los prueba, escribe y sigue.
Le hago dieciséis fotos al emplatado y once a ella.
No se entera de ninguna.
* * *
A las dos y media los novios se van, porque Dani tiene obra en Camas y Jimena entra a las cuatro. Mi madre se va con ellos, no sin antes preguntarle a Salvador si de verdad no puede ser jamón en vez de anguila.
Salvador nos deja en la sala de cata con media botella de un blanco de Sanlúcar y las bandejas de los postres, que sobran, y que hay que tirar, y que sería un delito tirar.
—Nos los comemos —dice Candela.
—¿Los cinco?
—Los cinco.
Nos sentamos. Se quita los zapatos debajo de la mesa, y juraría que no se ha dado cuenta de que lo ha hecho delante de mí.
Comemos postre y bebemos vino en un obrador de un polígono de Alcalá a las tres menos veinte de un martes, y es, sin ninguna duda, la mejor hora que he pasado en todo el año.
—Estás muy callado —dice.
—Estoy impresionado.
—¿De qué?
—De ti. —Le doy la vuelta a la cámara y le enseño la pantalla: el plano de la mesa, ella con el boli en la mano, mi madre gesticulando, Jimena riéndose—. Llevo doce años en bodas. Nunca había visto a nadie hacer eso.
—¿El qué?
—Elegir un menú por la temperatura de la noche y la edad de los invitados y que las cinco personas de la mesa crean que han elegido ellas.
Candela mira la foto. Y por una vez no dice nada rápido. Se pone un poco colorada, cosa que no le he visto nunca, y le da un trago al vino.
—Es mi trabajo.
—Es mucho más que tu trabajo, y lo sabes.
* * *
No sé por qué se lo cuento.
Llevo veinte años sin contárselo a nadie que no lo supiera ya. No es un secreto, es algo que uno no dice, porque cuando lo dices la conversación se muere y la otra persona se pone triste y luego tienes que consolarla tú a ella, que es la parte más agotadora de tener un padre muerto.
Pero estamos ahí, con el vino, y ella me pregunta por qué me metí en esto, y yo empiezo por lo profesional, y a mitad de camino me desvío.
—Mi padre murió cuando yo tenía catorce años.
Candela deja la copa en la mesa.
—Y tenemos once fotos suyas. Once. En el pasillo de casa de mi madre. —Me río un poco—. Y son malísimas. En serio, son un desastre. Hay una movida entera y en otra sale medio cortado comiendo. Ninguna la hizo un profesional.
—Bruno.
—No, espera, que esto no va de pena. —Levanto la mano—. Va de otra cosa. Mi madre lleva veinte años parándose delante de la número siete, que es la peor de todas, y contando la misma historia de un verano en Punta Umbría en el que él se quemó la espalda.
Ella no dice nada.
—Y esa historia es verdad —digo—. Eso pasó. Se quemó, durmió en el suelo boca abajo y a la mañana siguiente bajó a por churros igual. Y ese hombre ya no existe, y no va a volver, y lo tengo asumido desde hace mucho.
—Pero.
—Pero aquello ocurrió. Y no se lo puede quitar nadie.
Candela tiene el vaso entre las dos manos y está mirando la mesa.
Yo la conozco lo suficiente, a estas alturas, para saber que tiene una respuesta preparada. Se le nota. Tiene esa cosa en la boca, esa media sonrisa que le sale medio segundo antes de soltar la frase que remata el asunto y cambia de tema.
La veo llegar. Y la veo pararse.
No la dice.
Se queda muy quieta con el vaso, y por primera vez desde enero, no dice nada.
—Sigo pensando que te equivocas —dice al final, en voz baja.
—Ya lo sé.
—Es que te equivocas, Bruno. Que a ti te consuele una foto mala de Punta Umbría no demuestra nada sobre el amor. Demuestra una cosa sobre la memoria, que es distinto.
—Puede ser.
—No me des la razón.
—No te la estoy dando. Te estoy diciendo que puede ser. —Le sirvo lo que queda de la botella, que son dos dedos—. Pero fíjate en lo que acabas de hacer.
—¿Qué he hecho?
—Que llevo hablando cuatro minutos de mi padre muerto y tú no me has dicho «lo siento mucho».
Levanta la cabeza.
—¿Querías que te lo dijera?
—No. —Me río—. Por eso te lo digo.
Y se queda mirándome, con las dos manos en el vaso, y por un momento tengo la sensación clarísima de que va a decir algo importante. Se le nota en la respiración. Abre la boca.
—Deberíamos recoger esto —dice.
Recogemos los platos entre los dos y los llevamos a la cocina, porque nos da vergüenza dejárselos a Salvador. En el aparcamiento del polígono, con un calor que ya es de verdad, nos damos las buenas tardes y cada uno se mete en su coche.
No hemos discutido.
Es la primera vez desde enero, y lo notamos los dos.