EPÍLOGO
Candela
Catorce meses después.
Boda de ciento diez invitados en una hacienda de Carmona, tercer sábado de noviembre, catering de Salvador, sonido de Curro, flores de Loli. Novia encantadora, novio nervioso, madre de la novia razonable, que es una combinación que se da tres veces por década.
Yo estoy en mi sitio, contra el muro, con el pinganillo puesto.
Y en el planning, entre las 19:40 y las 20:00, hay una fila que dice:
19:40 a 20:00 — SIN ASIGNAR.
Veinte minutos. Sin actividad, sin proveedor, sin objetivo.
—Sigo sin entender esa fila —dice Rocío por el pinganillo.
—Es margen.
—Es margen para qué.
—Para lo que salga.
—Cande, tú no dejas margen para lo que salga. Tú dejas margen para lo que falle.
—Pues ahora dejo de los dos.
Rocío se ríe en el auricular. Rocío, que en marzo monta su propia agencia y que se lleva a tres clientas mías, y a la que voy a echar de menos de una manera que todavía no le he dicho.
A las 19:44, la novia y el novio se escapan por su cuenta al patio de las columnas sin que nadie se lo haya organizado, y se quedan diez minutos solos, y vuelven riéndose.
No estaba en el planning.
Estaba el hueco.
Y a las 19:58, cuando entran al cóctel, la novia me busca entre la gente, me coge de la mano y me dice: «¿Nos hemos retrasado mucho?».
Y yo, que llevo catorce años contestando esa pregunta con un número, le digo que no.
Le digo que no y no miro el reloj, y eso, en mi caso concreto, es casi un milagro documentado.
* * *
Bruno trabaja a diez metros de mí.
Y discutimos, claro que discutimos. Discutimos a las 19:20 por la luz del cóctel, porque él quiere apagar la mitad de las bombillas de la pérgola y yo tengo ciento diez personas que necesitan verse la cara y el vaso.
—Es que a media luz esto es otra cosa.
—A media luz esto es un tropiezo y una demanda.
—Candela.
—Se quedan las bombillas.
Se quedan las bombillas.
Discutiremos por esto en marzo, en junio y en septiembre.
Vamos a discutir por esto, con pequeñas variaciones, durante el resto de nuestras vidas, y esa es justo la parte del asunto que yo no vi venir en enero de hace dos años, cuando entró en el salón de mi mejor amiga un tío con el pelo revuelto y una mochila blanda.
No nos hemos casado.
No hay ninguna razón dramática. No nos hemos casado y ya está, y a mí me sigue pareciendo un contrato con muy buena música, y a él le sigue pareciendo la tarde más importante de la vida de la gente, y los dos tenemos razón y ninguno ha convencido al otro y así llevamos catorce meses.
Vivimos juntos desde mayo, en un piso de la Alfalfa que está a cinco minutos de su estudio y a veinticinco de mi oficina, y esa proporción fue una negociación de tres semanas de la que todavía no me he recuperado.
Jimena está embarazada de cinco meses. Dani ha comprado una cámara.
Charo me llama por teléfono los domingos para preguntarme cosas que no necesita saber, y yo se lo permito, y la tía Reme me manda pestiños por Navidad a la oficina con una nota que dice para la niña de las bodas .
Y Paco Nieto subió, el 12 de junio, a la boda de una pareja de Chiclana que se lo pidió por tercer año consecutivo. Me lo contó por teléfono, muy digno, como si no fuera nada. Estuvo cuarenta minutos y se comió dos croquetas.
Mis padres siguen en Los Remedios. Sigo llamando poco. Pero ahora, cuando llamo, a veces le pregunto a mi madre por el hijo de Rafael, el de la charcutería, y mi madre me cuenta cosas que yo no sabía. Han durado ocho, once, veinte minutos.
Hace tres semanas me contó que en 1989 mi padre se apuntó a clases de baile sin decírselo, porque en la boda de un primo ella había comentado que le daba pena que él no bailara.
Aguantó cuatro clases.
Yo no sabía eso. Llevo treinta y cuatro años sin saber eso.
Es lo que hay. Se coge lo que hay.
Esa frase la sigo usando. Solo que ahora significa otra cosa.
* * *
En el estudio de la Alfalfa, en la pared de la izquierda, encima de la mesa, hay una fotografía enmarcada.
Es de un bajo con dos monitores y ocho mil archivadores. Sale una mujer de pie, medio girada, con una carpeta debajo del brazo y la luz entrándole por un lado, y está mirando a cámara.
No tiene fecha escrita por detrás. Se lo pedí yo.
Él quería ponerle la fecha, claro. Él le pone la fecha a todo, es su religión. Y yo le dije que no, que esa no, y estuvimos discutiéndolo cuarenta minutos, y ganó él en el argumento y gané yo en la pared, que es más o menos como funcionamos.
Porque yo sé que un día eso se va a acabar. Se acaba todo: se acaban los matrimonios de treinta y ocho años, se acaban los cortijos, se acaba la gente. Nadie sale de esta.
Y sé, además, la parte que me da más miedo: que a lo mejor no se acaba de golpe.
Que a lo mejor se va apagando, sector por sector, como el cuadro de luces de una finca a las cuatro y media de la mañana, y que un martes cualquiera él deja de contarme una cosa porque está cansado, y que no pasa nada, porque era una tontería.
Por eso el trato es el que es: si él lo ve antes que yo, me lo dice. Aunque yo le diga que no es verdad, que se lo voy a decir.
Y por eso, además, hay una foto sin fecha en esa pared.
Porque lo que he tardado treinta y cuatro años en entender —y me lo explicó un fotógrafo apoyado en un maletero, a las cuatro y cuarto de la mañana, en un aparcamiento de albero— es que el final no es un argumento en contra.
Que se acabe no lo convierte en mentira.
Y por eso hay que fotografiarlo. Y por eso, desde hace catorce meses, en todos mis plannings hay veinte minutos sin asignar.
Para lo que salga.
FIN