El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Candela

A los cuatro minutos ya tenemos el primer conflicto.

—¿Qué haces?

—Poner música.

—Yo llevo un pódcast.

—¿A las ocho de la mañana?

—Es de gestión de crisis en eventos.

Bruno se queda mirándome un segundo con las dos manos en el volante.

—Candela. Son ciento noventa kilómetros.

—Doscientos tres por la ruta de Los Palacios, que es la que deberías haber cogido.

—Ciento noventa. —Enciende la radio—. Y en mi coche la música la pone el conductor.

—Eso no es una norma. Eso es una cosa que dice la gente.

—Es una norma preciosa que se inventó alguien para no discutir a las ocho de la mañana.

Pierdo. Pone un disco que no conozco, de un tipo que canta en inglés con voz de estar cansado, y a los veinte minutos me descubro llevando el ritmo con el dedo índice sobre la carpeta, y paro en seco.

Hablamos de tonterías hasta Las Cabezas. Del café, que está bueno. De su hermano, que según él se ha vuelto insoportable desde la pedida. De Rocío, que según yo va a montar su propia agencia en tres años y me va a robar la mitad de la cartera.

Y a la altura de Jerez, sin venir a cuento, me dice:

—¿Puedo hacerte una pregunta que te va a molestar?

—Adelante.

—¿Tú qué crees que le pasa a la gente?

—Define.

—A la gente casada. —Adelanta a un camión—. Tú dices que no crees en el matrimonio. Vale. Pero eso no es una postura, es un titular. Yo lo que quiero saber es qué crees que les pasa por dentro.

Y me da la gana de contestarle, y eso ya debería haberme puesto en alerta.

—Se erosionan —digo.

—¿Cómo?

—Como una piedra en un río. Nadie hace nada.

Nadie es infiel, nadie grita, nadie hace nada de lo que sale en las películas.

Solo pasa el agua. —Miro por la ventanilla—.

Un día dejas de contarle una cosa porque estás cansada.

Y no pasa nada, porque era una tontería.

Y al año siguiente dejas de contarle otra.

Y a los veinte años sigues sentada a la misma mesa con una persona a la que le has dejado de contar unas cuatro mil cosas, y las dos os pasáis el pan, y eso es todo.

Bruno no dice nada durante un rato largo.

—Eso es muy concreto para ser una teoría general —dice al final.

—Es que las teorías generales salen de algún sitio.

—Ya.

—¿Y tú qué crees que pasa?

—Lo mismo —dice.

Giro la cabeza.

—¿Perdona?

—Que creo lo mismo que tú. —Se encoge de hombros, con los ojos en la carretera—. Pasa el agua, la gente se erosiona y muchos se quedan sentados a la mesa pasándose el pan. Sí. Eso pasa. Yo he fotografiado a trescientas parejas y te podría decir cuáles.

—Entonces no lo entiendo.

—Ya lo sé. —Y sonríe—. Es que tú y yo estamos de acuerdo en todo menos en la conclusión.

—Esa frase queda muy bien y no significa nada.

—Significa esto: tú miras a esa pareja de la mesa, la de los veinte años y las cuatro mil cosas sin contar, y dices «ahí no hay nada». Y yo miro a esa misma pareja y digo «ahí ya no hay nada».

—Es lo mismo.

—No. —Adelanta a otro camión, sin prisa—. «Ahí no hay nada» significa que nunca lo hubo. Que era mentira desde el principio, que se engañaron, que la boda fue un teatro. Y eso, Candela, es lo que tú dices en realidad cuando dices que no crees en el amor. Estás diciendo que aquella tarde fue falsa.

Me quedo callada.

—Y yo estoy diciendo que aquella tarde fue verdad, y que después el agua hizo lo suyo, que es otra historia muy distinta y bastante más triste.

—Muy poético.

—Bastante.

—¿Y la gente que se divorcia gritando? ¿También fue verdad?

—Esa sobre todo. —Se ríe—. La gente no grita por cosas que le dan igual.

Miro por la ventanilla los invernaderos, los eucaliptos, un cartel de Jerez a treinta y un kilómetros.

Y me doy cuenta de que llevo hora y media discutiendo con un fotógrafo sobre metafísica del matrimonio a las nueve de la mañana de un sábado, y que no me he aburrido ni un segundo, y que eso no me pasa desde hace bastantes años.

Salimos de la autovía en Vejer a las diez menos veinte.

* * *

El Cortijo de la Alameda está al final de ochocientos metros de albero que confirman punto por punto todo lo que Bruno me dijo el domingo.

Bajo del coche con la carpeta y empiezo a trabajar antes de saludar.

Camino: 800 m, ancho útil 3,1 m aprox. NO entra tráiler. Trasbordo obligatorio.

Sin acometida trifásica visible. Confirmar con Paco Nieto. Presupuestar grupo electrógeno insonorizado.

Cocina: 1970. Sin campana. Cocina de campaña + tienda técnica 6x4 en la explanada norte.

Baños: 2. INSUFICIENTE para 140. Alquiler de módulo.

Aparcamiento: en pendiente, sin iluminar. Riesgo alto con tacón.

Paco Nieto tiene, en efecto, setenta y cuatro años y una boina, y le da a Bruno un abrazo de los que suenan. A mí me da la mano y me dice «usted mande», y yo le digo que quiero ver el cuadro de luces, y él se ríe y dice que soy la primera que lo pide.

—¿La primera en cuántos años?

—En cuarenta.

—Pues eso lo explica todo, Paco.

El cuadro de luces está en un cuartito detrás de la cocina, y es lo que me temía: una reforma de los años ochenta con parches de los dos mil. Le hago catorce fotos. Paco me mira hacerlas con una mezcla de perplejidad y respeto.

—Usted no es de las que vienen a ver el patio —dice.

—Yo vengo a ver por dónde se va la luz un sábado a la una de la mañana con ciento cuarenta personas bailando.

—Eso no se ha ido nunca.

—Eso se ha ido siempre, Paco. Lo que pasa es que usted no estaba ahí a la una.

Se ríe con toda la boca y se va a por las llaves de la nave, y luego, mientras subimos por el camino de los olivos, me cuenta que su mujer murió hace nueve años y que él sigue viviendo en la casa de abajo porque no sabría vivir en otro sitio, y que en el cortijo se han casado ciento y pico parejas y que a él lo invitan a la boda casi todas y que él nunca sube, porque no le parece bien.

—¿Por qué no le parece bien?

—Porque es su día, hija. No el mío.

Y yo, que llevo trece años en esto, anoto esa frase en la carpeta, entre el consumo del grupo electrógeno y las medidas del módulo de baños, y no sé para qué la anoto.

Tardo cincuenta minutos en recorrerlo entero. Lleno once páginas.

Y todo el rato, mientras yo mido, Bruno está en otro sitio.

Lo veo por el rabillo del ojo. En el arco del patio, agachado. En el camino de los olivos, parado en mitad de la nada. En la esquina noroeste, donde no hay más que un muro y una higuera, quieto durante cinco minutos enteros como un pasmarote.

A las once y cuarto me planto a su lado.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Llevas cinco minutos mirando una higuera.

—Estoy calculando dónde va a estar el sol en septiembre a las ocho y cinco. —Señala con la barbilla, sin levantar la cámara—. Ahí. Va a caer justo ahí, entre esos dos olivos, durante unos once minutos.

Miro. Yo veo dos olivos.

—Y entonces —sigue— si a esa hora tú me dejas sacarlos por esa puerta, yo bajo con ellos por ese camino, sin nadie, y a la vuelta te los devuelvo en once minutos.

—Está a doscientos metros del patio.

—Sí.

—Doscientos metros de albero. Con vestido.

—Sí.

—Bruno, esa mujer va a estar caminando por un camino de tierra el día de su boda.

Y él baja la cámara, y me mira, y dice:

—Sí.

Y yo me quedo mirando los dos olivos un rato más de la cuenta.

* * *

Bruno

La foto la hago a las 12:40, cuando ya nos vamos.

Ella está en el arco del patio, de espaldas, con el metro láser levantado midiendo la altura del dintel, la carpeta debajo del brazo y un bolígrafo entre los dientes.

La parra todavía no tiene hojas, así que la luz entra limpia y le da en el hombro y en medio brazo, y el resto del patio está en penumbra.

Es una foto preciosa. La hago sin pensar. La hago como respiro.

Y el clic se oye en todo el patio, porque el patio está vacío.

Se da la vuelta.

—¿Me has hecho una foto?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque estabas ahí.

Y entonces pasa una cosa que no me esperaba.

Se le va la cara. Tal cual: se le va el color y se le pone una expresión que no le he visto en dos meses y medio, ni cuando se cayó la finca, ni cuando le dije lo del planning delante de su amiga. No está molesta. Está descolocada, que es distinto y es peor.

—Bórrala.

—Candela…

—Bórrala, por favor.

Le doy la vuelta a la cámara y la borro delante de ella. Le enseño la pantalla vacía. Tarda tres segundos en aflojar los hombros.

—Perdona —dice enseguida—. Perdona, ha sido…

—No pasa nada.

—Es que no me gusta.

—Ya. No pasa nada.

Volvemos al coche. Ella pone su pódcast de gestión de crisis en eventos y yo la dejo, y lo escuchamos cuarenta minutos en un silencio bastante cómodo, y luego hablamos del grupo electrógeno hasta Los Palacios.

Y yo conduzco pensando en una sola cosa.

Yo he borrado fotos a mucha gente. A la gente le incomoda salir en las fotos: se ven gordos, se ven viejos, se ven con la boca abierta. Eso lo conozco. Eso se arregla enseñándoles la pantalla, porque en el noventa por ciento de los casos, cuando se ven bien, se les pasa.

Ella no me ha pedido verla.

Esa es la parte que no me cuadra. No me ha dicho «a ver cómo he salido». No ha mirado la pantalla ni de reojo.

Una mujer que se gana la vida decidiendo dónde tiene que mirar todo el mundo, y no soporta que la mire nadie.

Y hay una segunda cosa, que me llega ya en la autovía, con ella dormida contra la ventanilla y el pódcast de gestión de crisis hablando solo.

Ha dicho «no me gusta». No ha dicho «no me gustan las fotos». No ha dicho «salgo fatal».

Ha dicho «no me gusta», sin objeto, como se dice de una cosa que a uno le hacen.

Doscientos tres kilómetros por Los Palacios, que resulta que era la ruta buena. Los hago entero dándole vueltas.