El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Candela

Cuando llevas trece años en esto, aprendes a leer los números. Los móviles son novias. Los fijos son problemas.

—¿Candela Ferrer?

—Sí.

—Le llamo de la administración concursal de Hacienda de la Corchuela S.L.

Y ya está. Ahí se acaba la mañana, y la semana, y el mes.

Escucho tres minutos. Tomo notas mientras escucho, porque las manos me funcionan solas incluso cuando la cabeza se me ha quedado en blanco.

La sociedad ha entrado en concurso. Las reservas de este año quedan suspendidas.

Habrá un procedimiento para reclamar las cantidades entregadas.

El procedimiento durará, y aquí el hombre baja la voz como si me estuviera haciendo un favor, «entre catorce y veinte meses».

Cuelgo. Miro la pared.

Tengo cuatro bodas este año en la Corchuela. Cuatro. La de septiembre es la de Jimena.

Y hay una segunda cosa, que tarda unos veinte segundos más en llegarme y que es peor: la señal.

En Sevilla, en este oficio, somos unas veinte agencias que contamos.

Nos conocemos todas. En cuanto se sepa que la Corchuela ha caído —y se va a saber hoy, porque en este sector las cosas se saben el mismo día—, van a sonar cuatro teléfonos de novias mías preguntando si sus fincas están bien.

Y la respuesta correcta, «sí, están bien», suena igual que la respuesta que dio la Corchuela en enero.

—¿Cande? —dice Rocío—. Te has puesto blanca.

—La Corchuela.

—No.

—Sí.

—¿Las cuatro?

—Las cuatro.

Rocío dice una palabrota magnífica y yo abro un documento nuevo y escribo, en la primera línea, PLAN , porque lo único que sé hacer cuando el suelo desaparece es escribir la palabra PLAN y empezar por la línea dos.

Llamo a las otras tres parejas antes de comer. Es lo que hay que hacer: llamar tú antes de que se enteren. Si se enteran por Instagram, ya no eres la persona que les resuelve el problema: eres parte del problema.

A la de mayo la reubico en cuarenta minutos porque tenía un plan B razonable y porque la novia es ingeniera y entiende la palabra «concurso» sin que haya que explicársela.

A la de junio le monto una alternativa que casi le gusta más, y me pasa lo que me pasa siempre en estos casos: que salgo de la llamada eufórica, como si hubiera hecho algo heroico, cuando lo único que he hecho es apagar un fuego que no encendí.

A la de noviembre la pierdo.

Se llama Marina. Lleva dos años enseñándome fotos del patio de la Corchuela.

Tiene un tablero de Pinterest con noventa y cuatro imágenes de ese patio, y en su cabeza ya ha bajado por él doscientas veces.

Cuando le digo lo que ha pasado, hace tres segundos de silencio y luego me dice, muy educada, que necesita pensar, y a los dos días me manda un correo agradeciéndome mi trabajo y comunicándome que van a continuar con otra agencia.

Y me lo merezco. No es culpa mía y me lo merezco, porque para Marina yo soy la mujer que le prometió aquel patio, y da igual que yo no sea la dueña del patio. En este oficio uno responde de las promesas que gestiona, aunque no las haya hecho.

A Jimena la llamo a las cinco y media de la tarde, cuando ya no me queda a quién llamar.

—Jime.

—¿Qué pasa?

—Se ha caído la finca.

Silencio de tres segundos.

—Vale —dice—. ¿Y ahora?

Y eso, eso mismo, es por lo que Jimena es mi mejor amiga desde los quince años.

No me pregunta de quién es la culpa. No me pregunta si vamos a recuperar el dinero. No llora, ni por el patio ni por el tablero de Pinterest que sé que tiene, porque las tiene todas.

Pregunta qué hacemos ahora.

—Ahora buscamos —digo—. Y te voy a pedir una cosa, y es la única que te voy a pedir en toda la boda.

—Dime.

—Que no busques tú. Que no entres en Instagram a mirar fincas, que no le preguntes a tu prima, que no me mandes enlaces a las once de la noche. Déjame buscar a mí, y cuando tenga tres opciones de verdad, te las llevo.

Silencio.

—Cande.

—Qué.

—¿Tú estás bien?

Y me pilla desprevenida del todo, y me tengo que sentar en el escalón de la puerta de la oficina, en la calle Feria, con el sol de marzo dándome en las rodillas.

—Estoy trabajando —digo.

—No te he preguntado eso.

—Ya lo sé, Jime.

* * *

El problema real no lo digo por teléfono, pero lo tengo escrito en el documento:

En marzo, en la provincia de Sevilla, no queda nada para el tercer sábado de septiembre.

Nada. Las fincas buenas se cierran con dieciocho meses. Lo que queda libre en marzo para septiembre está libre por una razón, y esa razón suele ser que el salón parece la sala de espera de una ITV.

Hago sesenta y una llamadas en cuatro días.

Consigo tres opciones. Una está a nueve kilómetros de un vertedero, y no lo digo por hacer un chiste.

Otra tiene el salón bien pero el jardín es un aparcamiento con césped artificial.

La tercera es correcta, gris, sin una sola virtud, y cuesta un dieciocho por ciento más que la Corchuela.

Convoco reunión de emergencia el domingo en casa de Charo, porque en casa de Charo se come, y porque cuando vas a dar malas noticias conviene que haya comida.

Presento las tres. Con fotos, con plantas, con presupuesto comparado. Soy muy honesta: digo que la tercera es la que yo cogería y que no es bonita.

Jimena mira las fotos y no dice nada, y Dani mira a Jimena, y Charo mira el techo, y en ese silencio de salón con la tele apagada, Bruno, que no ha abierto la boca en veinte minutos, dice:

—El Cortijo de la Alameda.

—¿Qué?

—En Vejer. Lo tienen libre casi siempre.

—¿Y por qué lo tienen libre casi siempre? —digo, y no me sale amable.

—Porque es un desastre.

—Ah, estupendo.

—No, escúchame. —Se sienta hacia delante—.

Es un cortijo del XIX en la ladera, mirando a la Janda.

Yo he hecho dos bodas ahí. La cocina es de 1970 y no tiene extracción, así que el catering tiene que montar cocina de campaña.

El camino de acceso son ochocientos metros de albero y no entra un camión grande, hay que hacer trasbordo con furgonetas.

No hay generador propio. Y está a ciento noventa kilómetros de aquí, así que los ciento cuarenta invitados tienen que dormir en Vejer o en Conil.

—Muchas gracias, Bruno. Ya lo has vendido tú solo. Siguiente punto.

—Falta lo otro.

—¿Hay más?

—Hay más. —Levanta un dedo por cada cosa—. El patio central tiene una parra de ochenta años. Hay ochocientos metros de camino entre olivos con el valle al fondo. Y a las ocho de la tarde, en septiembre, ese sitio se pone de un color que yo no he visto en ninguna finca de Sevilla en doce años.

—Eso no es un argumento, eso es un folleto.

—Es un argumento pésimo —admite—. Es el peor argumento de la reunión. Lo que pasa es que tú has traído tres fincas que no tienen ninguna razón para existir y yo he traído una que solo tiene esa.

—Enséñales las fotos —dice Charo.

—Charo, con todo el respeto, si empezamos a decidir por fotos…

—Enséñales las fotos, hijo.

Y Bruno saca el portátil.

* * *

Sé lo que va a pasar en cuanto veo la primera imagen, y no puedo hacer nada por evitarlo.

Es un patio encalado con una parra vieja encima, y la luz de la tarde entra por los huecos de la parra y cae sobre las mesas en manchas redondas, y hay ciento y pico personas comiendo debajo de esas manchas, y al fondo, entre dos arcos, se ve el valle entero.

La siguiente es una novia bajando por un camino de albero entre olivos, sola, con el sol de frente.

La siguiente es de noche: bombillas colgadas de la parra, la gente bailando, y detrás, negro, el campo.

Miro a Jimena.

Jimena tiene la mano en la boca.

—Jime —digo.

—Cande.

—Jime, mírame. Eso está a ciento noventa kilómetros.

—Ya.

—Tus tíos de Badajoz. Los abuelos. Ciento cuarenta personas que tienen que reservar hotel y conducir dos horas.

La cocina no tiene extracción, o sea que el catering te sube un veinticinco por ciento por montar cocina de campaña, y ese veinticinco por ciento sale del vestido o de la barra libre.

Y como llueva, y en septiembre en Cádiz llueve, ese patio no tiene plan B.

—Ya.

—Y no lo he visto nunca. Yo no meto a mi mejor amiga en una finca que no he pisado.

Jimena aparta los ojos de la pantalla, y me mira, y me pone la mano en la rodilla, y me dice, con una dulzura criminal:

—Pues vamos a verla.

* * *

Se decide en once minutos.

Once. Yo he defendido presupuestos de cuarenta mil euros durante dos horas y he ganado.

He convencido a una madre de novia de que ochenta centros de mesa de peonía importada en marzo eran una mala idea, y esa mujer llevaba cuatro meses soñando con peonías.

Aquí he perdido en once minutos contra tres fotografías.

Y lo peor es esto: sé por qué he perdido.

He perdido porque yo he presentado tres fincas correctas y él ha presentado un sitio. Yo he hablado de acometidas y de metros cuadrados de salón, y él ha puesto en la pantalla a ciento y pico personas comiendo debajo de una parra. Yo he vendido la ausencia de problemas. Él ha vendido una tarde.

Nadie ha reservado nunca una finca por la ausencia de problemas.

Dani se levanta a por más cerveza. Charo ya está llamando a la tía Reme y le está diciendo, con esas palabras, que la boda va a ser «en un cortijo en la playa», lo cual no es verdad en ninguna de sus dos mitades.

Jimena está mandándole las fotos a su madre.

Y yo cierro la carpeta con las tres opciones sensatas y la meto en el bolso, y noto cómo se me desmonta por dentro un cronograma de ocho meses y cómo se empieza a montar solo, encima, otro que va a ser el triple de trabajo.

Porque eso es lo otro. Que esto me va a costar, entre marzo y septiembre, unas ciento veinte horas más de las presupuestadas.

Y que las voy a hacer igual, gratis, y sin decirlo.

—Candela.

Bruno está de pie a mi lado, con el portátil bajo el brazo y una cara que, para ser justos, no es de triunfo.

—Enhorabuena —le digo.

—No he hecho esto para ganarte.

—Ya lo sé. —Y es verdad, y me fastidia—. Lo has hecho porque tienes razón. Es peor.

Se ríe un poco. Luego dice:

—Yo voy contigo a verlo.

—No hace falta.

—Sí hace falta, porque el propietario se llama Paco Nieto, tiene setenta y cuatro años, no contesta correos y a mí me coge el teléfono. —Se encoge de hombros—. Y porque si vas sola vas a volver con una lista de cuarenta razones para no hacerlo, y todas van a ser ciertas.

Me pongo el abrigo.

Ciento noventa kilómetros de ida. Ciento noventa de vuelta. Casi cuatro horas de coche, con este hombre, para ver un cortijo que no quiero ver, y decidir en él la boda de mi mejor amiga.

Seis meses. Ese hombre. Esa carretera.