CAPÍTULO 5
Bruno
Son once páginas. Once. He firmado contratos de campañas publicitarias con menos páginas que esto.
Hay cláusula de entrega, cláusula de penalización por retraso, cláusula de cesión de derechos de imagen, cláusula de suplencia en caso de enfermedad —tengo que designar por escrito a un fotógrafo sustituto y adjuntar su porfolio— y una cláusula preciosa, la novena, en la que me comprometo a no publicar ninguna imagen del enlace en redes sociales hasta que los novios hayan recibido la entrega completa.
Lo leo entero. Dos veces.
Y luego, en el anexo II, encuentro la joya.
ANEXO II — LISTADO DE TOMAS OBLIGATORIAS (42)
Cuarenta y dos. Numeradas. Con hora estimada al lado de cada una.
1. Vestido colgado en la ventana (10:30)
2. Zapatos de la novia con los pendientes (10:35)
3. Manos de la madre abrochando el vestido (11:50)
...
19. Beso. Frontal.
20. Beso. Lateral, desde el pasillo derecho.
...
31. Novios con familia materna del novio (19:35)
...
42. Baile nupcial, plano general con invitados en primer término desenfocado (00:15)
Me lo imprimo. No sé muy bien por qué. Lo dejo en la mesa del estudio, al lado del ordenador, y me quedo mirándolo mientras se hace el café.
Hay dos tomas que me tienen fascinado.
La número 11: Padre de la novia esperando solo en el hall (11:58) .
Ella ha calculado que a las 11:58 el padre de Jimena va a estar de pie en un hall, solo, con el chaqué puesto, esperando a su hija, y que ese hombre va a estar pasando el peor cuarto de hora de su vida. Y ha reservado un minuto para eso.
La número 27: Mesa de los abuelos, durante el segundo plato (21:50). Sin flash.
Sin flash. Lo ha escrito ella. Una persona que, según dice, se dedica a esto porque se le da bien y punto, ha escrito «sin flash» al lado de la mesa de los abuelos para que a dos personas de ochenta y siete años no les revienten un fogonazo en la cara mientras cenan.
Lo que más me impresiona no es la lista. Es que la lista está bien.
De verdad. Está bien pensada. La número 3 es una foto buenísima y la mayoría de la gente no la pide. La 31 tiene la hora exacta a la que la familia materna del novio va a estar todavía sobria y todavía peinada. Quien ha escrito esta lista ha estado en cuatrocientas bodas y se ha fijado.
El problema no es que esté mal.
El problema es que si a las 19:35 yo estoy haciendo la número 31, no estoy en el rincón donde la abuela de Dani se está riendo con el hermano de Jimena, y esa es la foto de la boda, y ni ella ni yo sabemos todavía que existe.
Le contesto:
*Recibido y firmado. Adjunto escaneado.
Una duda del Anexo II: si la 31 y la 32 se hacen a las 19:35, ¿me das las 19:40 libres?
B.*
Me responde en cuatro minutos. A las 08:31 de la mañana.
*Las 19:40 están asignadas.
C. Ferrer — El Día Perfecto*
¿A qué?
A las 19:40.
Me río solo en la cocina, con la taza en la mano, como un idiota.
* * *
La visita técnica es el sábado siguiente, en la Hacienda de la Corchuela, a veinte minutos de Sevilla por la carretera de Utrera.
Yo he trabajado aquí tres veces. Es una hacienda del XVIII, blanca, con un patio de columnas que es una máquina de hacer fotografías y un salón de banquete que es una máquina de hacer dinero. Es un sitio previsible y solvente, y entiendo por qué Candela lo ha elegido.
Ella llega ocho minutos antes que yo, lo cual me parece una declaración de intenciones. Cuando aparezco por el patio, ya tiene un metro láser en la mano, una carpeta abierta sobre una mesa de mármol y a Rocío tomando notas.
—Buenos días.
—Buenos días. —No levanta la vista—. Tienes cuarenta minutos.
—¿Para qué?
—Para lo que sea que tú hagas. Yo necesito veinte de esos cuarenta contigo en el patio para marcar la posición del altar, la del atril y la del pasillo de entrada.
—¿Y los otros veinte?
—Los otros veinte no me importan.
Empezamos bien.
Marcamos el altar. Marcamos el atril. Ella pone cinta de carrocero en el suelo, sobre las losas, en cuatro puntos, y hace fotos con el móvil de cada marca, y anota en la carpeta la distancia exacta al muro este.
Yo miro el muro este y le digo que a las siete de la tarde ese muro va a estar naranja entero y que si giramos el altar diecisiete grados, la novia entra con esa pared de fondo.
Se para. Considera.
—Diecisiete grados me quitan cuatro sillas de la fila cuatro.
—Vale.
—Pero me dan un pasillo más largo. —Anota algo—. Lo estudio.
Y durante unos treinta segundos funcionamos. Es una sensación rarísima. Es como cuando enfocas manual y de pronto la imagen chasquea y se pone nítida.
Dura treinta segundos, porque entonces me voy.
—¡Bruno!
No es que me vaya lejos. Es que al fondo del patio hay una puerta abierta que da a la antigua cocina de servicio, y por esa puerta sale una luz que rebota en un suelo de barro y en una pared blanca y que es, sin más, la mejor luz de toda la finca.
Nadie va a estar nunca ahí. Es donde el catering va a montar las cámaras frigoríficas.
—Bruno, ¿dónde vas?
—Dos minutos.
—¡Tengo el atril sin marcar!
Dentro de la cocina hay un señor mayor con un mono azul y una bayeta. Se llama Antonio, lleva aquí, me cuenta, treinta y un años, y tiene una cara de mapa que no se puede describir. Le pregunto si puedo hacerle una foto. Dice que él sale muy mal en las fotos. Le hago cuatro.
Cuando salgo, Candela está en la puerta con el móvil en la mano y una cara excepcional.
—¿Me estás grabando?
—Estoy documentando. —Baja el móvil—. Llevas siete minutos ahí dentro.
—Sí.
—¿Fotografiando qué?
—Al de mantenimiento.
—Al de mantenimiento.
—Se llama Antonio.
Candela cierra los ojos un segundo, respira por la nariz y dice, con una serenidad que da miedo:
—Bruno, Antonio no está en la lista de invitados.
—Ya lo sé.
—Entonces, y esta es una pregunta técnica, no una pulla: ¿por qué?
Y le digo la verdad, que es que no lo sé todavía, que a veces uno hace una foto porque hay luz y una cara, y que en el ochenta por ciento de los casos esa foto no sirve para nada.
—¿Y en el veinte restante?
—En el veinte restante, dentro de dos años, la nieta de Antonio tiene un retrato de su abuelo con treinta y un años de esta finca en la cara.
Candela me mira largo.
—Marca el atril —dice.
Marco el atril.
Y a los once minutos me vuelvo a ir, porque en el salón de banquete, en el techo, hay una lámpara de forja del tamaño de un coche pequeño, y desde debajo, tumbado en el suelo, se ve una cosa extraordinaria.
Cuando me incorporo, hay dos mujeres mirándome desde la puerta.
—¿Estaba tumbado? —dice Rocío.
—Estaba tumbado —dice Candela.
—En el suelo.
—En el suelo.
—Es una lámpara muy buena —digo, sacudiéndome la espalda.
Rocío se lleva la mano a la boca. Candela hace una anotación en la carpeta, y no me pregunta qué anota, y yo tampoco lo pregunto, y durante el resto de la mañana tengo la sensación clarísima de que en algún documento de esa oficina existe ya una línea que dice fotógrafo: se tumba .
A la una y media hemos marcado el altar, el atril, el pasillo, la zona de aperitivo, el punto de la tarta, el sitio del vídeo y las dos salidas de emergencia. Ella lo tiene todo fotografiado y numerado. Yo tengo veintiséis fotos, y veintitrés no le sirven a nadie.
—Enséñamelas —dice.
—¿Las mías?
—Las tuyas.
Se las enseño. Pasa las veintiséis en silencio, y no dice ni una palabra hasta la última, que es la de Antonio, y en esa se para.
—Esta —dice.
—Esa.
—Esta es buena.
—Sí.
—Sigue sin estar en la lista de invitados. —Me devuelve la cámara—. Vamos, que el encargado está comiendo.
* * *
Terminamos a las dos y media. Rocío se va en su coche. Nosotros dos nos quedamos porque el encargado tiene que darnos las llaves del cuadro de luces y el encargado está comiendo.
Nos sentamos en el bordillo del aparcamiento, a la sombra del muro, porque no hay ningún otro sitio donde sentarse. Ella saca de la carpeta una bolsa de almendras. Me ofrece. Cojo tres.
Y aquí, sin patio y sin metro láser, es la primera vez que la veo sin el uniforme puesto. No en sentido estricto: sigue con la carpeta en las rodillas. Pero tiene los hombros dos centímetros más abajo.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —digo.
—Depende.
—El día de la reunión, en casa de tu amiga, dijiste una cosa. Dijiste que a las 19:26 los invitados llevan de pie desde las seis y media y que ya se han bebido el agua de bienvenida.
—Y es verdad.
—Ya sé que es verdad. —Tiro una almendra al aire y la cazo, mal—. Lo que digo es que eso no se sabe leyendo. Eso se sabe estando ahí. Tú te has fijado en cuatrocientas bodas en la gente que espera.
—Sí.
—Entonces te tiene que gustar.
Candela mira al frente, al aparcamiento vacío, con las almendras en el regazo.
—Me gusta que salga bien.
—No es lo mismo.
—Ya lo sé. —Y entonces se gira, sonríe y suelta, a velocidad de metralleta—: Mira, Bruno, esto es muy fácil.
A mí las bodas me parecen la mayor operación de marketing de la historia de la humanidad, la gente se gasta treinta mil euros en jurar una cosa que no hay manera de saber, y a mí me pagan por que ese día no llueva encima del jamón.
Y se me da de maravilla. Fin del misterio, no hay trauma, no hay novio que me dejó plantada.
Es una respuesta buenísima.
Está ensayada, tiene ritmo, tiene un chiste al final y desactiva la pregunta entera. Se la habrá hecho a treinta personas y funcionará con las treinta.
Yo me como otra almendra y no digo nada.
—¿No te ríes?
—Es que no me has contestado.
Se le queda la sonrisa a medio camino. Un segundo. Solo un segundo, y luego se levanta y se sacude la falda y dice que el encargado ya ha salido, y vamos a por las llaves, y hablamos del cuadro de luces.
No insisto. Llevo doce años esperando a que la gente baje la guardia.
Sé muy bien lo que pasa cuando aprietas: se cierran, y ya no vuelven a abrirse en toda la tarde.
Con las novias es igual. Si a una novia le preguntas de frente por su madre muerta, te dice que muy bien, gracias.
Si te callas y esperas cuarenta minutos, te lo cuenta ella sola mientras le abrochan el vestido.
Pero me lo apunto.
Le he preguntado por qué se dedica a esto y me ha explicado, con mucha gracia, por qué le da igual.
No es la misma pregunta.
Y hay otra cosa que me llevo de ese bordillo, y es más pequeña y me da más vueltas: cuando ha dicho «no hay novio que me dejó plantada», lo ha dicho demasiado pronto.
Yo no había preguntado por ningún novio.