CAPÍTULO 4
Candela
—No lo hagas —dice Rocío.
Son las diez de la mañana de un lunes y estamos en la oficina, que son dos mesas y una estantería de muestras en un bajo de la calle Feria. Yo llevo cuarenta minutos preparando tres carpetas de fotografía. Rocío lleva cuarenta minutos mirándome prepararlas con cara de estar presenciando un delito.
—¿El qué?
—Lo que estás haciendo.
—Estoy haciendo mi trabajo.
—Estás haciendo una encerrona con dulces de monja.
—Los dulces son para el café. —Alineo las tres carpetas—. Rocío, cuando el fotógrafo es cuñado, la novia se lo come todo. Todo. Si entrega tarde, si le quita el sitio al vídeo, si se pone pesado con el ramo. Y no puede quejarse porque en Nochebuena lo tiene sentado enfrente comiendo langostinos.
—Ya.
—Yo estoy quitándole ese problema antes de que exista. Eso es lo que me paga la gente.
—Jimena no te paga.
Me quedo con la carpeta en la mano.
—Eso ha sido bajo.
—Ha sido verdad. —Rocío se encoge de hombros con esa impunidad que dan los veintiséis años—. Y va a salir mal.
Sale mal cinco días después. Cinco días son suficientes para que no parezca una emboscada y pocos para que nadie haya firmado nada.
Quedo con Jimena en una cafetería de la Alameda, a media mañana, un martes. Aviso: cuando una wedding planner te propone tomar café un martes por la mañana, es que va a pedirte algo.
—Traigo tres presupuestos de fotografía —digo, en cuanto se sienta.
Jimena se queda con el azucarillo a medio abrir.
—Cande.
—Escúchame antes de poner esa cara.
—Es que ya sé lo que vas a decir.
—Entonces te ahorras el café. —Le pongo las tres carpetas encima de la mesa, en abanico, como una crupier—.
Manu Rojas, que trabaja conmigo desde hace tres años.
Elena Prieto, que es la mejor en reportaje documental de Andalucía y que no la vas a poder pagar, pero te la enseño para que veas dónde está el techo.
Y Curro Iglesias, que es más barato que los dos y hace un trabajo notable.
—Cande.
—Los tres entregan en cuarenta y cinco días.
Los tres tienen seguro de responsabilidad civil y dos cuerpos de cámara.
Los tres han trabajado en las fincas que estamos mirando y saben dónde está el cuadro de luces y por dónde se sale al olivar sin cruzar la cocina.
—Respiro—. Y los tres saben que a las 19:12 se sale y a las 19:26 se vuelve.
Jimena remueve el café. Muy despacio. Cuando quiere, es la mujer más tranquila del mundo, y eso a mí me pone muchísimo más nerviosa que si me gritara.
—¿Has terminado?
—Casi. —Bajo la voz—. Jime, no es contra él.
Su trabajo es bestial, ¿vale? Lo he visto y es bestial, y te lo digo yo, que no le digo eso a nadie.
Pero es familia. Y cuando el proveedor es familia, no hay contrato de verdad, y si no hay contrato de verdad, no hay a quién reclamar.
Si Manu Rojas me entrega tarde, yo lo llamo y le grito.
Si el hermano de tu marido te entrega tarde, ¿qué hacemos? ¿Se lo dices tú en Nochebuena?
—Ya.
—Y hay otra cosa, y esta es peor. —Me inclino sobre la mesa—.
Un fotógrafo que es de la familia no es un fotógrafo.
Es un invitado con cámara. Va a estar en la mesa presidencial.
Va a tener que dar un discurso. Va a beber.
Y cuando su madre lo llame a las once de la noche para hacerse una foto con las primas de Utrera, va a ir, porque es su madre.
Y mientras hace esa foto, no está haciendo la tuya.
Jimena deja la cucharilla en el plato.
—Cande, ¿tú sabes por qué se lo ha pedido Dani?
—Por bonito.
—Por su padre.
Y ahí me callo.
—Tienen once fotos de él —dice Jimena—. Once.
En el pasillo de casa de Charo. La de la boda está movida.
—Se encoge de hombros, y no lo hace con dramatismo, lo hace con esa manera suya, blanda, de decir las cosas gordas—.
Dani no quiere un fotógrafo. Dani quiere que el día en que se casa lo mire su hermano.
Cierro las tres carpetas.
Las cierro despacio, para que no parezca que me rindo, aunque me acabo de rendir.
—Vale.
—¿Vale?
—Vale, Jimena.
Y estoy siendo honesta, en gran parte. Pero también estoy calculando, porque yo calculo siempre, y lo que calculo es esto: si el argumento es el padre, entonces el argumento no se puede rebatir en esta mesa, pero a lo mejor se puede rebatir en otra.
Charo, por ejemplo. Charo es práctica. A Charo se le puede explicar que su hijo mayor se va a perder la boda de su hijo pequeño por estar trabajando en ella.
Yo no juego sucio. Pero llevo trece años esquivando lo que no se puede decir en voz alta, y sé dónde están las puertas de servicio.
* * *
La puerta de servicio se me cierra en la cara cinco días después, un domingo, en el salón de Charo Salgado, delante de una fuente de croquetas.
He venido a lo que en teoría es «una toma de medidas del jardín para el aperitivo de la pedida». No hay ninguna toma de medidas que necesite dos horas y un vermú. Vamos a entendernos: he venido a hablar con Charo.
Y he preparado el terreno bien. He empezado hablando del calor de septiembre. He seguido con lo largo que se le hace el día a la familia del novio. Y he llegado, con toda la delicadeza de la que soy capaz, a mi frase, que llevo ocho días puliendo:
—Charo, lo único que me da pena es que Bruno se pierda la boda de su hermano.
Charo deja la fuente en la mesa.
—¿Cómo que se la va a perder?
—Trabajando. —Sonrío—. Una boda son doce horas, Charo.
Doce. Yo llevo trece años haciendo esto y le puedo asegurar que quien trabaja en una boda no está en la boda.
Bruno no va a poder sentarse con ustedes en el aperitivo, ni bailar con usted, ni brindar tranquilo, porque cuando todo el mundo esté brindando, él va a estar de rodillas en el suelo buscando una luz.
Y funciona. Lo veo funcionar. Le veo cruzar la cara ese pensamiento durante un segundo entero, y en ese segundo yo ya estoy escribiendo en la cabeza el correo a Manu Rojas.
Y entonces Charo hace algo que no estaba en mis cálculos: se sienta.
Las madres de novio no se sientan. Llevo trece años observándolas y ese es su rasgo diagnóstico: se pasan el día de pie, ofreciendo cosas, colocando cosas, negándose a sentarse aunque las sillas estén vacías.
Cuando una madre de novio se sienta enfrente de ti, ha decidido que esta conversación importa más que las croquetas.
Se limpia las manos en el delantal y me dice:
—Hija, ¿tú tienes hermanos?
—No.
—Ya.
Se queda callada. Se oye a Dani gritarle algo a Jimena desde el jardín.
—Cuando murió mi marido —dice Charo, sin ninguna solemnidad, como quien dice que ha subido el pan—, Bruno tenía catorce años. Y ese niño se plantó en el pasillo de mi casa a mirar las fotos de su padre y se quedó ahí. Semanas. Yo lo llamaba para cenar y él estaba en el pasillo.
—Charo, yo no…
—Déjame terminar, que se me olvida. —Alarga la mano y me toca la muñeca, un segundo—. Yo no le di nada a ese niño. No pude. Yo estaba de pie porque había que estar de pie, y cocinaba, y trabajaba, y lo que ese niño necesitaba no se lo di, porque no lo tenía.
Trago.
—Y ahora se casa el pequeño —dice— y el mayor quiere ser el que lo mire. Que se pierda la boda. Que se pierda las croquetas y el baile y todo. Me da igual. —Y me sonríe, con un cariño absoluto, y remata—: Es lo que su padre hubiera querido.
Y ahí se acabó.
Trece años en el oficio y aún no he encontrado la frase con la que se rebate «es lo que su padre hubiera querido». No existe. Cualquier cosa que digas a continuación te convierte en un monstruo.
—Por supuesto —digo.
—Pues ya está. Come, hija, que estás en los huesos.
Como. Están buenísimas. Me van a costar la boda entera.
* * *
Bruno me alcanza en el aparcamiento, cuando estoy metiendo la carpeta en el maletero.
—Candela.
Cierro el maletero. Me giro. Y por la manera en que tiene las manos en los bolsillos y la cabeza un poco ladeada, sé, con absoluta certeza, que lo sabe.
Vale. Bien. Prefiero esto de frente.
—Dime.
—Manu Rojas, Elena Prieto y Curro Iglesias.
—Sí.
—¿Los tres?
—Elena Prieto era decorativa. No la puede pagar nadie. —Me cruzo de brazos—. Los otros dos iban en serio.
Bruno asiente despacio. Mira el suelo. Y entonces levanta la cabeza y hace lo peor que podía hacer.
Se ríe.
No una risa educada de las que se hacen para tapar un cabreo. Una risa de verdad, corta, sincera, con la cabeza echada un poco hacia atrás.
—Curro Iglesias es muy bueno —dice.
—Ya lo sé.
—No, en serio. Es buenísimo. Trabajé con él en 2019 en una boda en Ronda y hace unos blancos y negros que yo no sé hacer.
Me lo quedo mirando.
—¿No estás enfadado?
—¿Por qué iba a estar enfadado?
—Porque he intentado echarte. Dos veces. En dos semanas.
—Sí. —Se apoya en el coche de al lado, tan tranquilo—. Y si yo fuera tú, también me habría intentado echar. El fotógrafo de la familia es una pesadilla. Sale en las fotos, no cobra factura, se emborracha en el postre y luego te manda ochocientos archivos sin editar por WeTransfer en marzo.
—Eso mismo.
—Ya. —Se encoge de hombros—. Es que resulta que yo no soy ese, pero no tienes por qué creerme todavía.
Y me quedo ahí de pie, en un aparcamiento de Bormujos, un domingo a las cuatro de la tarde, con las llaves en la mano y ninguna munición.
Porque yo sé pelear con quien se ofende. Se me da de maravilla. A quien se ofende lo dejas hablar un rato, le das la razón en lo pequeño y le quitas lo grande sin que se entere.
Con este no se puede hacer eso. Este me acaba de dar la razón entera y sigue siendo el fotógrafo.
—Una cosa —digo, porque necesito recuperar algo, lo que sea—. Si te quedas, te quedas con contrato.
—Vale.
—Con contrato de verdad. Plazos de entrega, número mínimo de fotografías, penalización por retraso.
—Vale.
—Y con shot list.
Ahí sí hace una pausa.
—¿Cuántas fotos?
—Las que yo diga.
—¿Y si en la número treinta y uno de tu lista está pasando algo mejor a tres metros?
—Entonces haces la treinta y uno, y luego, si te queda tiempo, haces lo otro.
Bruno asiente. Se mira los zapatos. Y cuando levanta la cabeza no está discutiendo: está haciendo un cálculo, y a mí eso me gusta todavía menos.
—Mándamelo —dice—. Lo firmo.
—¿Sin leerlo?
—Lo voy a leer. —Y sonríe otra vez, y esta vez es peor, porque es una sonrisa amable—. Y lo voy a firmar igual, Candela. Lo que pasa es que un papel no cambia lo que hace el sol a las siete de la tarde.
—Nos quedan ocho meses —digo.
—Ocho meses y un día. —Y añade, ya de espaldas, levantando la mano—: Y no te preocupes por lo de las 19:12. Lo hablamos otra vez en junio.
—No hay nada que hablar.
—Claro que no.
Se mete en casa de su madre.
Yo me quedo mirando la puerta un rato más largo de lo que estoy dispuesta a admitir, y luego me subo al coche, y arranco, y a la altura de la rotonda me doy cuenta de que llevo tres kilómetros sonriendo yo sola como una imbécil.
Corrijo la cara en el acto.
Ocho meses y un día.