CAPÍTULO 3
Candela
La reunión de arranque es mi momento favorito de todo el proceso.
Es el único día en que una boda es todavía una idea. No hay proveedores, no hay suegras, no hay primos con opiniones sobre el menú. Hay una mesa, dos personas ilusionadas y ocho meses por delante, y todo lo que hay en esos ocho meses es evitable si se planifica bien.
Llego a casa de Jimena y Dani a las siete en punto de la tarde de un jueves de enero con una carpeta, un iPad y una caja de dulces de las monjas de Santa Paula, que es un truco sucio y funciona siempre.
—Buenas noches. Vengo a arruinaros el amor con una hoja de cálculo.
—Pasa, loca —dice Jimena.
El piso está hecho un desastre precioso. Han quitado la mesa del salón y han puesto la del comedor de la madre de Dani, que es más grande, y hay cuatro sillas, y una botella de vino abierta, y una libreta de Jimena con la palabra BODA escrita en el centro y subrayada tres veces, y debajo, nada más.
Ocho meses. Una libreta en blanco. Voy a disfrutar esto.
Me siento, abro la carpeta y reparto tres dosieres impresos.
—Antes de que digáis nada —empiezo—: hoy no decidimos nada bonito. Hoy decidimos las tres cosas que os van a joder la boda si las decidimos mal. Fecha, número de invitados y presupuesto. Todo lo demás, incluida la parte que os hace ilusión, sale de ahí.
Dani abre el dosier, lee la primera página y dice:
—Madre mía.
—¿Qué?
—Que aquí pone lo que voy a estar haciendo el 14 de junio a las once y media.
—Prueba de menú.
—Es que estamos en enero.
—Y por eso llegaréis vivos a septiembre. —Le doy la vuelta a la hoja—. Fecha. Jimena me dijo septiembre. ¿Septiembre por qué?
Jimena se pone recta, como si la hubiera llamado a la pizarra.
—Porque en agosto hace un calor asqueroso y porque en septiembre la luz es bonita.
—Correcto y correcto. Y además en septiembre los proveedores están cansados pero disponibles, que es la combinación que a nosotras nos interesa. —Anoto—. Segundo sábado o tercero. El tercero es mejor porque el segundo está más solicitado y os sube el hotel un veinte por ciento.
—Tercero —dicen los dos a la vez.
Se miran y se ríen. Yo también me río, y anoto el tercer sábado de septiembre, y durante unos veinte segundos soy una mujer de treinta y dos años y nada más sentada a la mesa de su mejor amiga, y me olvido por completo de que estoy trabajando.
—Segundo punto —digo, recuperándome—. Invitados. ¿Cuántos habéis pensado?
—Como ochenta —dice Jimena.
—Ciento cincuenta —dice Dani.
Silencio.
—Muy bien —digo—. Esta es mi parte favorita.
—Es que mi familia es enorme —se defiende Dani.
—Ochenta es lo que tú quieres —le digo a Jimena—. Y ciento cincuenta es lo que tú puedes —le digo a Dani—. Y ninguna de las dos cifras existe, porque la cifra real es la que sale cuando escribís los nombres. Así que vamos a hacerlo ahora.
—¿Ahora?
—Ahora. Coge la libreta.
Y empieza. Cuarenta minutos gloriosos. Jimena escribe nombres y Dani añade nombres y en algún momento aparece un tal Paco.
—¿Quién es Paco?
—El del taller.
—Dani, ¿tú vas a comer alguna vez con el del taller?
—No.
—¿Y sabes cómo se llama su mujer?
—…No.
—Ciento veinte euros más IVA —digo, y tacho a Paco.
Jimena se está riendo tanto que tiene que dejar el boli. Dani protesta por Paco durante un rato razonable y luego se rinde, y a los cuarenta minutos tenemos ciento cuarenta y un nombres y una tregua, y yo escribo en el iPad 140 porque siempre cae uno.
Y en esas suena el telefonillo.
—Ah —dice Dani—. Es mi hermano.
Levanto la vista del iPad.
—¿Tu hermano?
—Que hace las fotos.
Hay una manera muy concreta de decir «que hace las fotos» que a mí me eriza la piel, y Dani acaba de encontrarla a la primera.
No ha dicho «he contratado a un fotógrafo».
No ha dicho «queríamos hablar contigo del fotógrafo».
Ha dicho «mi hermano, que hace las fotos», con la misma naturalidad con la que se dice «mi primo, que trae el hielo».
—Ah —digo—. Qué bien.
Jimena, que me conoce desde los quince años, me está mirando sin pestañear.
—Cande.
—He dicho «qué bien».
—Has dicho «qué bien» con la cara de «qué bien».
—Yo tengo una sola cara, Jimena.
Y entonces se abre la puerta.
* * *
Lo primero que pienso, y lo pienso muy rápido y sin permiso, es: ah, vaya .
Porque el hermano de Dani mide como Dani, pero no se parece a Dani en nada más.
Tiene el pelo revuelto de alguien que se ha pasado la mano por él en el ascensor, una camisa arrugada con las mangas subidas y una mochila de equipo colgada de un hombro, de esas blandas, de las que se les caen a los profesionales de verdad porque llevan quince kilos ahí dentro.
Tiene unos treinta y tantos. Tiene los ojos muy oscuros y una manera de entrar en un sitio, mirando primero las ventanas y después a la gente, que no había visto nunca.
Lo segundo que pienso, ya con permiso, es: este hombre me va a dar problemas.
—Bruno —dice, y me da la mano.
—Candela Ferrer. El Día Perfecto.
—Lo sé. Vi tu web.
—¿Y?
—Es muy ordenada.
Y lo dice sin ninguna maldad. Con toda la buena fe del mundo. Y yo llevo trece años en un sector donde «es muy ordenada» es lo que se le dice a la novia sobre el vestido de su madre, así que me siento un poco más recta en la silla.
—Gracias. Siéntate, que vamos por la fecha.
Se sienta. Jimena le sirve vino. Dani le pasa un dosier y Bruno lo abre, y yo lo veo pasar hojas: cronograma, partidas presupuestarias, protocolo de mesas, plan B de lluvia, planning del día completo desde las 05:40 hasta las 04:00.
Se para en el planning. Lo lee entero. Frunce el ceño de una manera muy leve, y a mí, que me dedico a leer caras a doce metros de distancia, esa arruga me llega como un telegrama.
—¿Puedo preguntar una cosa? —dice.
—Claro.
—¿Esto es orientativo?
—No.
—Ah.
—Es el planning. —Le sonrío—. Aquí pone que a las 19:12 salís vosotros hacia el olivo grande y que a las 19:26 estáis de vuelta.
Eso significa que a las 19:26 el maestresala arranca el cóctel, que a las 19:26 la barra está abierta y que a las 19:26 hay ochenta personas que llevan de pie desde las seis y media y que ya se han bebido el agua de bienvenida.
—Ya.
—Si volvéis a las 19:41, tengo ochenta personas de pie sin nada que beber durante quince minutos. Y a partir de ahí ya no es una boda: es una cola del INEM con flores.
Dani se ríe. Jimena se ríe. Bruno también se ríe, y tiene una risa buena, franca, y a mí eso me desarma tres segundos, y en el cuarto segundo dice:
—Ya, pero es que a las 19:12 no hay luz.
—¿Perdona?
—El tercer sábado de septiembre, en Sevilla, a las 19:12 el sol está todavía a veintitantos grados de altura.
—Ni siquiera lo dice con soberbia. Lo dice como se dice la hora—.
Eso es luz dura, de arriba, sombra en los ojos.
Si me los llevas a las 19:12 te doy fotos correctas.
Si me los llevas a las 20:05, te doy las fotos que tu amiga va a tener colgadas en el pasillo dentro de treinta años.
El salón se queda callado.
Y yo noto, sin necesidad de mirar, que Jimena acaba de girar la cabeza hacia él.
—A las 20:05 —digo, muy tranquila— estamos entrando al banquete.
—Pues se entra a las 20:20.
—Se entra a las 20:05, porque la primera entrada está sincronizada con la cocina, y la cocina emplata a las 20:00, y si emplata a las 20:00 y se sirve a las 20:35, tu hermano se come un salmonete que lleva media hora muriéndose bajo una campana.
—Vale —dice—. Entonces movemos otra cosa.
—No se mueve nada. El planning es un dominó. Tú tocas una ficha en el minuto 19:12 y a mí se me cae la barra libre a las tres de la mañana.
—Ya, pero es que dentro de treinta años nadie va a decir «qué bien nos sirvieron el salmonete».
—Te sorprenderías. —Me giro hacia Jimena—. Jime, dile cuál fue la queja de tu prima Bea sobre su propia boda. La única. Va.
Jimena, traidora, sonríe y dice:
—Que se quedaron sin croquetas en el aperitivo.
—Que se quedaron sin croquetas en el aperitivo —repito—.
Se casó, se emocionó, bailó con su padre.
Y lo que cuenta en todas las comidas familiares desde hace cuatro años es que ochenta personas se quedaron mirando una bandeja vacía.
—Vuelvo a Bruno—. La gente no recuerda las bodas por lo bonitas que fueron.
Las recuerda por lo que falló. Mi trabajo es que no falle nada.
—Ese es tu problema —dice.
Lo dice sin subir la voz. Con una tranquilidad que resulta ofensiva.
—Ilumíname.
—Que tu planning está hecho para que no pase nada malo. No para que pase nada bueno.
Y me deja sin respuesta.
A mí. Delante de mi mejor amiga. En la primera reunión.
—Bueno, bueno, bueno —dice Jimena, encantada de la vida, sirviendo más vino—. Esto va a ser divertidísimo.
* * *
Jimena me acompaña al portal a las once menos cuarto, con la fecha cerrada, el número de invitados en ciento cuarenta y el presupuesto en una horquilla razonable. Es una reunión de arranque impecable. Podría dar una clase con ella.
—Bueno —dice, apoyada en el quicio.
—Bueno.
—Es majo, ¿eh?
—Es un problema.
—Cande.
—Jime, escúchame bien, porque esto te lo digo como profesional y no como amiga: un fotógrafo que discute el planning en la reunión de arranque, en enero, delante de los novios, va a discutirlo el día de la boda. Y el día de la boda yo no tengo tiempo de discutir.
Jimena se queda mirándome con la cabeza ladeada, y luego dice una cosa que me va a durar ocho meses en la nuca:
—Yo no te he visto discutir con un proveedor en mi vida.
—Discuto todos los días.
—No. Tú a los proveedores los gestionas. —Se ríe—. Esta noche has discutido.
Me meto en el coche. No arranco.
Saco el móvil y escribo en el buscador: Bruno Salgado fotógrafo .
Y aquí es donde, si esto fuera una de esas historias que le gustan a Rocío, yo descubriría que el hermano de Dani es un aficionado con una cámara buena y trescientos seguidores, y respiraría hondo, y llamaría a Jimena al día siguiente para explicarle con mucho cariño que en su boda no puede haber experimentos.
Me sale la web. Fondo blanco. Sin música. Sin frases sobre capturar momentos mágicos. Solo el nombre, un teléfono y las fotos.
Y las fotos son extraordinarias.
Bajo despacio. Una novia riéndose en el asiento trasero de un coche con el moño ya deshecho.
Un padre de espaldas, en una puerta, secándose los ojos con la mano donde cree que no lo ve nadie.
Dos ancianos bailando en un rincón mientras al fondo, desenfocada, se monta la barra libre.
Una pareja en un callejón encalado, de oro entero, y ella riéndose con la cabeza echada hacia atrás y él mirándola con la boca todavía a medio abrir.
Me quedo con esa. No sé cuánto tiempo.
Ninguna de estas fotos está en la lista de ningún fotógrafo. Ninguna se puede pedir. Ninguna se puede planificar, y yo me gano la vida planificándolo todo.
Bloqueo el móvil. Lo dejo en el asiento del copiloto. Arranco.
Un mal fotógrafo se sustituye en una tarde. Se llama a tres, se enseñan tres presupuestos, la novia elige y se acabó el problema.
Un buen fotógrafo insoportable no se sustituye.
Un buen fotógrafo insoportable son ocho meses.