El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 2
8%

CAPÍTULO 2

Bruno

Llevo cuarenta minutos esperando.

El cóctel empezó a las ocho. Son las ocho y cuarenta.

En algún punto de esa terraza hay una wedding planner con un pinganillo preguntándose dónde está el fotógrafo, y hay ciento y pico invitados con una copa en la mano, y hay una mesa de quesos que no voy a fotografiar porque a nadie, dentro de treinta años, le va a importar aquella mesa de quesos.

Yo estoy en la parte de atrás de la finca. En un callejón entre el muro y el almacén, donde no hay nada. Ni luces, ni flores, ni cartel de bienvenida con el nombre de los novios en caligrafía.

El móvil me vibra en el bolsillo por tercera vez. No lo saco. Sé lo que pone.

Hay dos maneras de hacer este trabajo. La primera es la sensata: te sabes la lista, la cumples, entregas cuatrocientas fotografías correctas en las que sale todo el mundo con los ojos abiertos y nadie se enfada contigo jamás.

Yo hice eso durante cuatro años. Se me daba bien. Cobraba puntual y dormía de un tirón.

La segunda es esta.

La segunda consiste en aceptar que en cada boda hay entre uno y tres momentos en los que ocurre algo de verdad, que esos momentos no están en ninguna lista, que no avisan y que casi siempre coinciden con otra cosa que sí estaba en la lista. Y entonces hay que elegir.

Yo elijo mal a propósito. Llevo doce años eligiendo mal a propósito.

Hay una pared encalada y un hueco entre dos edificios por el que, dentro de tres o cuatro minutos, el sol se va a poner a la altura exacta para entrar por ahí como entra el agua por una grieta.

Lo sé porque estuve aquí en mayo, en otra boda, y lo vi pasar y no tenía a nadie delante.

—¿Bruno?

Lucía aparece por la esquina con el vestido recogido en una mano y las sandalias en la otra. Se ha escapado de su propio cóctel porque se lo he pedido. Detrás viene Fer, con la corbata ya guardada en algún sitio, con esa cara de perro bueno que ponen todos los novios a partir de la octava hora.

—Cuatro minutos —le digo.

—Nos está buscando todo el mundo.

—Que os busquen cuatro minutos.

Lucía mira el callejón. Mira la pared encalada, el desagüe, una caja de plástico azul volcada contra el muro. Y pone la cara que ponen todos.

—Bruno, esto es un callejón.

—Sí.

—Que hay un desagüe.

—Ponte ahí. —Le señalo un punto en el suelo que para ella no tiene nada de particular—. Y tú detrás de ella. No poséis. Habladme de otra cosa.

—¿De qué?

—De lo que sea. De lo que os ha dado más miedo hoy.

Fer se ríe. Lucía dice «el discurso de mi hermano» y Fer dice «no, el de tu padre», y empiezan a discutir sobre cuál de los dos discursos ha sido peor, y en la discusión ella se apoya en él sin darse cuenta y él le pone la mano en la cintura sin darse cuenta, que es justo lo que yo estaba esperando, y entonces el sol baja tres grados más y el hueco entre los dos edificios se abre.

Y el callejón se pone de oro.

Toda la pared encalada se convierte en un reflector del tamaño de una casa.

La luz les llega de lado, cálida, sin una sombra dura, y el desagüe deja de existir y la caja azul deja de existir, y en el mundo solo quedan dos personas riéndose de sus padres en un rectángulo de luz que va a durar noventa segundos.

Disparo veintidós veces.

En la número catorce, Lucía echa la cabeza hacia atrás para reírse y Fer no se ríe: la mira.

Con la boca todavía a medio abrir por lo que iba a decir.

Esa es. Esa es la foto de esta boda y de esta gente, y no está en la lista de nadie, y dentro de cuarenta años, si todo va bien y también si va mal, va a seguir siendo verdad que él la miró así en un callejón, a las ocho cuarenta y cuatro, un sábado de enero.

—¿Ya? —dice Lucía.

—Ya.

—¿Y ha salido bien? Porque estamos en un callejón, Bruno.

Le doy la vuelta a la cámara y le enseño la pantalla.

Lucía se queda muy quieta. Luego se tapa la boca con la mano. Luego dice una palabrota preciosa y llama a Fer, y Fer mira, y Fer no dice nada de nada, que es la mejor crítica que he recibido en mi vida.

Cuando volvemos al cóctel, la wedding planner me localiza en tres segundos y me clava una mirada que se podría enmarcar.

—Llevo cuarenta minutos buscándote.

—Lo siento mucho.

—El cóctel empezó a las ocho.

—Lo sé. Lo siento mucho.

Y lo siento de verdad. Sé el problema que le he causado y sé que tiene toda la razón. Lo que pasa es que la mesa de quesos va a seguir ahí a las nueve, y aquella luz no.

Es lo que llevo doce años intentando explicar. Nunca me ha salido bien.

* * *

Mi madre tiene once fotografías de mi padre.

Once. Las he contado tantas veces que el número se me ha quedado pegado como se te queda un número de teléfono de la infancia. Están en la pared del pasillo, entre la puerta del baño y la de mi antigua habitación, en marcos que no combinan porque los fue comprando de uno en uno, según iba pudiendo.

Mi padre se llamaba Emilio. Murió cuando yo tenía catorce años y Dani, once. Y de los cuarenta y seis años que vivió, de los cuarenta y seis años enteros con sus veranos y sus lunes y sus discusiones y su forma de silbar en el pasillo, lo que queda son once fotografías mal hechas.

Mal hechas de verdad. Con el flash quemándole la frente. Con el dedo de alguien en la esquina. Una está movida entera y en otra sale medio cortado, con media cara fuera del encuadre, comiendo.

Ninguna la hizo un profesional. Las hizo mi tío, o un vecino, o un camarero al que le dieron la cámara en un bautizo.

—Esta es de Punta Umbría —dice mi madre.

Está detrás de mí, con el paño de la cocina en la mano. Yo he venido a traerle una silla y llevo veinte minutos en el pasillo, que es lo que pasa siempre.

—Ya lo sé, mamá.

—El año que se quemó la espalda. ¿Te acuerdas de que no se podía tumbar?

—Me acuerdo.

—Dormía en el suelo, boca abajo, como un lagarto. —Se ríe—. Y por la mañana no había quien lo levantara.

Me lo ha contado cuatrocientas veces.

Y siempre me la cuenta delante de la número siete, que es una foto espantosa.

Está hecha desde demasiado lejos, con el mar detrás sobreexpuesto en un blanco de folio, y mi padre sale pequeño, de pie, con un bañador que le queda grande y las manos en la cintura.

No se le distingue la cara. Si tú entras en este pasillo sin saber quién es, no ves nada: ves a un señor borroso en una playa cualquiera.

Y de esa foto sale, cada vez, la historia entera. La quemadura. El lagarto. El día siguiente. Que se levantó igual a las siete para bajar a por churros porque decía que un hombre que no baja a por churros en la playa no es un hombre.

Once fotos. Cero buenas. Y ahí sigue mi padre, saliendo del pasillo cada vez que a alguien le da por pararse.

Una vez, hace seis o siete años, intenté hacerle un retrato a mi madre. Buen equipo, buena luz, la senté junto a la ventana de la cocina. Duró cuatro minutos. Se levantó, dijo que estaba muy despeinada y que además se le quemaba una cosa, y no se le quemaba nada.

Dos meses después le hice una foto sin que se diera cuenta, con el móvil, dormida en el sofá con la boca abierta y el mando a distancia en el pecho. Es la única foto suya que tengo enmarcada.

Esta es la parte que la gente no entiende cuando se ríe de mi trabajo.

Una fotografía no conserva a nadie. Mi padre no está en esa pared. Mi padre no está en ninguna parte y llevo veinte años sabiéndolo.

Pero mi madre lleva veinte años parándose en ese pasillo, y de esa pared sale, todos los días, una historia sobre un hombre que se quemó la espalda en Punta Umbría en 1998. Y esa historia es cierta. Esa parte pasó. Nadie puede quitársela ya.

Yo no fotografío bodas porque crea que los matrimonios duran. Yo he fotografiado trescientas y sé cuáles no van a llegar a los cinco años, y no me equivoco casi nunca, y no me alegra ni un poco.

Yo fotografío bodas porque aquel día ocurrió.

* * *

Dani entra en casa de mi madre a las nueve y media de la noche de un martes, que es una hora y un día en los que Dani no entra nunca en casa de mi madre.

Trae una cara rarísima.

—Siéntate —dice.

—Estoy sentado.

—Pues levántate.

Mi madre sale de la cocina secándose las manos. Y mi hermano, que tiene treinta y un años y una empresa de reformas y se afeita todos los días, se pone rojo como un crío y dice:

—Se lo he pedido a Jimena.

Mi madre suelta el paño. Lo suelta sin más, al suelo.

Lo que pasa en los cuatro minutos siguientes es difícil de reconstruir porque estamos los tres hablando a la vez y mi madre llora y ríe a rachas y en algún momento llama por teléfono a mi tía Reme, que vive en Utrera, para contárselo antes de que Dani haya terminado de contárnoslo a nosotros.

—¿Y el anillo? —pregunta mi madre, con el teléfono ya en la oreja.

—En la guantera.

—¿En la guantera?

—Es que no estaba previsto, mamá. Estábamos fregando.

—¿Le has pedido matrimonio a esa muchacha fregando?

—Le he pedido matrimonio a esa muchacha fregando —dice Dani, y se le pone una sonrisa de tonto que no le veo desde que aprobó la selectividad—, porque estaba fregando y la he mirado y ya no podía esperar a llegar al coche.

Mi madre le dice a mi tía Reme, por teléfono, que su hijo pequeño se ha comprometido en una cocina y que no le ha dado tiempo ni a coger el anillo. Lo dice llorando y lo dice orgullosísima, y desde el otro lado de la línea se oye a mi tía Reme gritar.

Yo, mientras tanto, hago lo que hago siempre, que es la razón por la que en esta familia nadie me habla en las reuniones: he sacado el móvil y le he hecho once fotos a mi madre llorando con el paño en el suelo.

Nadie se ha dado cuenta. Nunca se dan cuenta. De eso va todo.

Cuando se calma un poco la cosa, Dani se sienta a mi lado en el sofá, se pasa las manos por la cara y dice, sin mirarme:

—Quiero que hagas tú las fotos.

Y yo, que he fotografiado trescientas bodas y que no me pongo nervioso desde 2016, noto cómo se me cierra la garganta.

—Dani.

—Y no me digas que no puedes porque vas a estar en la mesa presidencial, porque ya lo he pensado. —Ahora sí me mira—. Tú haces las fotos y te sientas conmigo, y si algo se pierde, se pierde. Bruno, es que no quiero que las haga otro.

No hace falta que lo diga.

Los dos sabemos cuántas fotos hay en aquel pasillo. Los dos sabemos que la de la boda de nuestros padres es la número tres, y que está movida, y que en ella nuestro padre sale de perfil y borroso, y que si algún día uno de nosotros tiene un hijo, esa será la única cara que ese niño le conozca.

—Vale —digo.

—¿Vale?

—Vale.

Mi madre, desde el teléfono, con mi tía Reme todavía al otro lado, va y dice:

—Ay, pues yo se lo comento a la chica esa.

—¿Qué chica? —digo.

—La que lo organiza. La amiga de Jimena, la que hace bodas. —Se tapa el micro del teléfono con la mano, como si eso sirviera de algo—. Que ya está todo hablado, hijo, que la boda la lleva ella.

Y ahí, en ese preciso instante, siento la primera punzada.

Porque llevo doce años en esto y sé una cosa que en este salón no sabe nadie: no existe en el mundo una wedding planner a la que le haga gracia que la familia del novio le meta al fotógrafo.

Lo que todavía no sé es hasta qué punto.