El amor no estaba en el planning CAPÍTULO 1
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El amor no estaba en el planning

El amor no estaba en el planning

Por Maria Bloom

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Candela

El novio lleva llorando cincuenta y tres segundos.

No lo digo con maldad. Lo digo con un cronómetro en la mano, porque cincuenta y tres segundos de llanto son cincuenta y tres segundos que el oficiante no habla, y si el oficiante no habla, la ceremonia se estira, y si la ceremonia se estira, el cóctel arranca tarde, y si el cóctel arranca tarde, a las nueve y media tengo a ciento veinte personas con hambre y un catering que cobra por horas.

El amor es precioso. La logística es implacable.

—Cande. —La voz de Rocío me entra por el pinganillo, susurrada—. Está llorando.

—Lo veo.

—Es que es muy bonito.

—Es carísimo.

Estoy en la última fila, de pie, contra el seto.

Es mi sitio. Desde aquí veo la espalda de ciento veinte invitados, el perfil del oficiante, la puerta por la que entra el vino y el camino de albero por el que se escapan los niños.

Llevo tacón bajo, vestido azul marino sin brillos y un auricular color carne.

Mi trabajo consiste en que nadie repare en mí ni una sola vez en todo el día.

Cuando alguien me mira, es que algo ha salido mal.

Álvaro consigue rehacerse. Se pasa el dorso de la mano por debajo del ojo, mira a Marta y dice, con la voz rota:

—Perdón.

Los ciento veinte invitados hacen ese ruido. El ooooh . El ruido que hace la gente cuando ve a un hombre de metro noventa deshacerse en público. Se me eriza algo en la nuca, y lo apunto para pensarlo mañana, y luego no lo pienso.

—Rocío, avisa a cocina de que vamos con seis.

—Seis.

—Y que se relajen. Seis los recupero yo en las fotos de grupo.

La ceremonia sigue. Marta lee sus votos y son largos, porque los votos siempre son largos, porque nadie ha escrito nunca unos votos y ha pensado quizá esto sobre el verano de 2019 se puede recortar .

Yo los he oído todos. Los del hombre que comparó a su mujer con un puerto seguro.

Los de la mujer que comparó a su marido con un golden retriever, y que además tenía razón.

Los del chico que se sacó del bolsillo un folio doblado en ocho y no llegó a leerlo porque le temblaban tanto las manos que se lo tuvo que leer ella.

Todos empiezan igual. No sé por dónde empezar. Y todos terminan igual, aunque eso no lo sepan hoy.

A mitad de la lectura, el técnico de sonido decide que es buen momento para tocar algo, y el micro del atril suelta un acople que atraviesa la finca entera. Ciento veinte cabezas se encogen. Marta se para.

Yo ya voy andando.

No corro nunca. Correr es una declaración pública de que hay un problema. Camino rápido por el lateral, por detrás del seto, salgo por el hueco entre la carpa y el muro, llego a la mesa de sonido y le pongo a Nacho una mano en el hombro antes de que le dé al otro botón.

—No.

—Es que se está saturando el…

—Nacho. —Sonrío. Sonrío mucho, sobre todo cuando no me apetece nada—. Bajas dos puntos el canal dos. Nada más. Ahora.

Baja dos puntos el canal dos. El sonido se limpia. Marta retoma los votos por donde los dejó y nadie, en toda la finca, sabrá jamás que ha pasado algo.

Vuelvo a mi seto.

Y desde el seto veo el resto del día como lo veo siempre: no como una boda, sino como un plano.

La tía del vestido verde que se ha sentado en la fila reservada a la familia y a la que habrá que mover sin que se entere de que la mueven.

La abuela de Álvaro, noventa y un años, al sol, a la que le quedan ocho minutos antes de que haya que sacarla de ahí.

El sobrino de cinco años que ha descubierto el albero y va camino de estrenar el traje con una mancha del tamaño de Portugal.

El fotógrafo —un tipo eficiente al que contrato desde hace tres años, que hace justo las fotos que le pido y a la hora que se las pido, bendito sea— agachado en el pasillo central.

Todo eso, a la vez, todo el rato, en mi cabeza.

Y en el centro, dos personas que se están prometiendo delante de ciento veinte testigos que esto va a durar hasta que uno de los dos se muera.

Nadie les ha pedido esa promesa. Se la piden ellos solos. Cada sábado, en algún sitio, alguien la vuelve a hacer.

—Cande —dice Rocío—. La abuela.

—Voy.

A la abuela de Álvaro la saco del sol con la maniobra número uno, que es la mejor que he inventado en trece años y que consiste en no mencionar jamás el sol.

Me acuclillo a su lado, le pongo una mano en el brazo y le digo al oído que su nieto ha pedido que ella esté en la primera fila, donde se ve bien, porque quiere mirarla cuando diga que sí.

Es mentira. La abuela se levanta como si tuviera sesenta años.

A la tía del vestido verde es más difícil, porque la tía del vestido verde sabe de sobra que está sentada donde no debe. Se lo veo en la espalda. Lleva veinte minutos con la espalda de alguien que está esperando a que vengan a decirle algo para poder ofenderse a gusto.

Así que no le digo nada. Me agacho al lado de la mujer que tiene al lado —una señora encantadora que no ha hecho nada malo en su vida— y le pregunto, en voz lo bastante alta, si le importaría hacerme el favor enorme de cambiarse a la fila de detrás, porque tenemos un problema con el hueco de la silla de ruedas del abuelo.

No hay abuelo en silla de ruedas.

La señora encantadora se levanta encantada. Se levantan las tres siguientes. Y la tía del vestido verde, que se ha quedado sola en una fila que se está vaciando, se levanta también, porque nadie quiere ser la única persona sentada en una fila vacía delante de ciento veinte testigos.

Nadie la ha movido. Se ha movido ella. Ese es el oficio entero.

Al sobrino lo intercepto a dos metros del albero con una piruleta que llevo en el bolsillo interior desde 2018, porque en el bolsillo interior siempre hay una piruleta.

Los anillos aparecen —siempre aparecen, en trece años nunca se ha perdido un anillo, aunque todos los padrinos del mundo se palpen el bolsillo en el último segundo como si se les fuera la vida—, y Álvaro besa a Marta, y ciento veinte personas aplauden, y el arroz vuela, y el cóctel arranca a las 20:44.

Once minutos tarde. Recupero nueve en las fotos de grupo.

Es una buena boda. Es una boda perfecta, de hecho. Y a las once y media, cuando Marta me busca entre la gente y me abraza sin avisar y me dice al oído, llorando otra vez, que ha sido el día más feliz de su vida, yo la abrazo de vuelta con todas mis fuerzas y le digo que se lo merece.

Y lo digo en serio. Esa es la parte que la gente no entiende.

* * *

A las dos y cuarto de la mañana quedan en la finca dieciocho personas, cuatro de ellas de mi equipo, y una montaña de sillas Chiavari doradas que hay que contar antes de que se las lleve el proveedor, porque el proveedor cuenta las que faltan pero nunca las que sobran.

—Ciento veintidós —dice Rocío.

—Son ciento veintiocho.

—He contado dos veces.

—Y hay seis en el jardín de arriba, donde el primo se llevó a los niños. Ve.

Se va. Yo me quito los zapatos y me siento en el borde del escenario desmontado, con los pies colgando, y me como un canapé frío de una bandeja que iba camino de la basura.

Este es mi momento favorito de todas las bodas.

La finca vacía, las luces de trabajo encendidas, el suelo lleno de pétalos pisados y un vaso de tubo con carmín en el borde encima de un altavoz.

Ya no hay que sostener nada. Solo hay que recoger.

Rocío vuelve con las seis sillas y se sienta a mi lado. Tiene veintiséis años y una capacidad para emocionarse que a mí me parece un trastorno leve.

—Ha sido preciosa —dice.

—Ha sido rentable.

—Cande.

—Ha sido las dos cosas. Se puede.

Se ríe. Se termina mi canapé, que me parece bien, y luego dice, mirando el desastre:

—¿Nunca te dan ganas?

—¿De qué?

—De casarte.

Y ahí está. La pregunta que me hacen todas mis ayudantes, todas, entre el sexto y el noveno mes de trabajar conmigo, siempre a las dos de la mañana y siempre entre sillas.

—Rocío, ¿tú sabes cuál es el único sector que factura por vender una previsión meteorológica a cuarenta años vista?

—Ya estamos.

—Este. Nosotras. Nosotras cobramos por montarle a la gente el día en que jura, con micrófono y ciento veinte testigos, que sabe cómo va a sentirse en 2064.

—Me señalo a mí misma con el vaso de agua—.

Y lo hacemos bien. Yo lo hago muy bien. Pero que yo te venda un paraguas no significa que yo crea que va a llover para siempre.

—Eso es lo más triste que he oído nunca.

—Es lo más honesto que has oído nunca. No es lo mismo.

Rocío mueve la cabeza como se le mueve la cabeza a la gente de veintiséis años cuando alguien de treinta y dos les dice algo que no piensan aceptar hasta dentro de una década.

—Yo creo que un día vas a conocer a alguien —dice— y te vas a caer del guindo con un ruido tremendo.

—Yo creo que vas a contar mal las sillas otra vez.

—Ciento veintiocho.

—Ciento veintiocho. Bien.

Nos quedamos calladas. Fuera, en el aparcamiento, el camión del catering arranca y se va, y con él se acaba el día. Enero en Sevilla, a las dos y media, se te mete en los huesos aunque hayas sudado hasta las once.

Lo que no le digo a Rocío es que yo sé cómo termina la película.

No hace falta que me la cuenten. La he visto en casa de mis padres todos los días desde que tengo memoria: dos personas que no se gritan, que no se engañan, que no se rompen, y que llevan treinta y ocho años pasándose el pan en una mesa en la que no ocurre nada de nada.

Nadie hizo nada mal. Esa es la parte que me da miedo.

* * *

El móvil suena a las tres y diez, cuando estoy metiendo la llave en la puerta de casa con los zapatos en la mano.

Jimena.

Y a las tres y diez de la mañana, una llamada de mi mejor amiga solo puede ser una de dos cosas, y las dos me suben el pulso.

—Dime.

—Cande. —Está llorando. Está llorando y riéndose, que es el único llanto que no me pone en alerta—. Cande, Cande, Cande.

—Jime, respira.

—Me lo ha pedido.

Me quedo en el rellano. Con la llave puesta. Con los zapatos en la mano.

—¿Dani?

—Que quién va a ser, imbécil. —Se sorbe la nariz—. En la cocina. En la cocina, Cande, fregando, con el paño en el hombro, sin anillo ni nada, que el anillo lo tenía en el coche y se le olvidó, y me lo ha soltado ahí, entre el arroz de ayer y…

Y sigue hablando. Y yo la oigo bien, palabra por palabra, y al mismo tiempo no oigo nada, porque se me ha hecho en la garganta un nudo del tamaño de un puño y no tengo la menor idea de qué está haciendo ahí.

Yo he oído esta llamada trescientas veces. Trescientas contadas. La oigo por trabajo. Tengo un guion mental para esta llamada: enhorabuena, qué alegría, cuéntamelo todo, y luego, con mucho tacto, en la segunda o tercera conversación, la fecha, el presupuesto y el número de invitados.

Y en lugar del guion, lo que me sale es:

—La organizo yo.

Silencio.

—Cande, no. No te llamaba para…

—Jimena. —Y aquí la voz me sale rara, y carraspeo, y lo arreglo—. La organizo yo. No se discute. Es lo único que sé hacer bien y lo voy a hacer para ti.

Se echa a llorar otra vez, esta vez sin risa. Yo me siento en el escalón del rellano, en la oscuridad, con la luz del portal apagada y el móvil pegado a la oreja, y la escucho contarme por tercera vez lo del paño en el hombro.

Yo no creo en las bodas.

Pero creo en Jimena. Y a las tres y diez de la mañana, en un rellano, esas dos cosas me parecen lo mismo.