El amor es la única ley EL ALERO
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EL ALERO

La lluvia no era un evento meteorológico, era un muro que aislaba a la ciudad del resto del mundo.

En una intersección donde el neón de un cartel publicitario parpadeaba en un ritmo errático, dos figuras coincidieron por puro azar.

No se conocían; sus vidas, hasta ese segundo preciso, habían discurrido en órbitas tan distantes que la probabilidad de un cruce era estadísticamente nula.

—Siento que este momento no debería estar ocurriendo —dijo la primera, sin siquiera mirar a la otra, con una voz que cargaba el peso de una extrañeza absoluta—. Como si todo mi pasado hubiera conspirado solo para traerme a esta esquina, bajo esta lluvia, contigo.

La segunda mujer levantó la vista. No había reconocimiento, solo una curiosidad eléctrica que recorría el espacio entre ambas.

El hecho de ser completas extrañas añadía una capa de urgencia a su presencia; no había historias previas, ni expectativas, ni roles que representar.

Eran, en ese momento, dos conciencias desnudas frente al caos del diluvio.

—Siento que el destino es una construcción demasiado compleja para algo tan sencillo como encontrarse —respondió la otra, su voz firme, aunque la lluvia empapaba su rostro—.

Quizás no es el destino. Quizás es simplemente que, en este mundo, dos personas pueden pasar una vida entera buscándose sin saber qué es lo que buscan, hasta que la lluvia las obliga a detenerse.

Se quedaron allí, compartiendo el espacio mínimo del alero.

La barrera del desconocimiento, lejos de ser un obstáculo, funcionaba como una invitación.

No necesitaban nombres ni antecedentes; la intensidad de la conexión surgía de esa misma falta de origen.

En el breve lapso de una tormenta que amenazaba con no terminar nunca, comprendieron que a veces el vínculo más sólido no es el que se construye con años de convivencia, sino el que nace de la chispa súbita entre dos personas que, hasta hacía un segundo, eran el universo entero la una para la otra.

La Extrañeza que se Funde

Dos desconocidas bajo un mismo acero,

marcadas por el azar de una tormenta,

sin un ayer, sin un nombre, sin un cielo,

en esta esquina donde el tiempo se ausenta.

"Siento" es el puente que cruza la distancia,

es el latido de un extraño que se vuelve hogar,

somos la huella, la luz, la fragancia,

que el agua empieza por fin a despertar.

No hay pasado que pese, ni plan que nos dicte,

somos el blanco, la página, el vacío,

el encuentro que el destino al fin admite,

en medio de este caos y este frío.

Dos extrañas, un beso y una pausa,

la vida se ajusta en un solo momento,

y en la lluvia que cae, se pierde la causa,

para ser solo el alma y su propio sustento.