El amor es la única ley EL NAUFRAGIO DEL INVIERNO
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EL NAUFRAGIO DEL INVIERNO

La luz del atardecer se filtraba por los cristales del salón, una luz mortecina y grisácea que parecía negarse a calentar, subrayando la desolación de una habitación que, de repente, se sentía inmensa, ajena y terriblemente hostil.

Ellas estaban en lados opuestos del salón, separadas no solo por metros de parqué, sino por un abismo conceptual que ninguna de las dos se atrevía a cruzar.

La partida no era un evento que sucedería en el futuro; era un proceso de descomposición que ya estaba ocurriendo en ese preciso instante.

El alma de una se desprendía de la otra con una lentitud dolorosa, llevándose consigo la luz, el color y la identidad misma de quien se quedaba atrás, sumida en un estado de parálisis existencial.

—Si te vas —dijo ella, con la voz apenas un hilo, observando cómo la otra mujer introducía los últimos objetos en una maleta abierta sobre la cama—, se derrumba el mundo entero.

Y no me refiero a las paredes que nos rodean, sino a mi propia estructura interna.

Se llevan el sentido de mis días, el propósito de mis noches; todo lo que llamaba 'alegría' se está evaporando.

Me dejas aquí, naufragando en mi propio lodo, hundida en un invierno que, aunque está afuera, siento que habita ahora mis huesos.

Es un invierno que ya no reconozco como mío, porque era un invierno que solo existía mientras tú estabas aquí para hacerlo habitable.

La otra mujer se detuvo, con la maleta a medio cerrar.

El chasquido de la cremallera al detenerse sonó como un disparo en el silencio asfixiante de la casa.

La miró, y en su mirada no había rencor, lo cual era, paradójicamente, mucho peor; había una distancia quirúrgica, una frialdad técnica que helaba más que el aire gélido que se filtraba por las ventanas mal cerradas.

—No me culpes de tu vacío —respondió la otra, con una serenidad que parecía una sentencia inalterable—.

Si te sientes desnudada, es porque permitiste que yo fuera tu única armadura, tu única definición de 'yo'.

Te has vaciado a ti misma para dejarme espacio a mí, y ahora que me voy, te encuentras con la nada que quedó debajo.

Lo que queda de ti se perdió en mi olvido hace mucho, en el momento exacto en que decidiste dejar de ser una persona para convertirte en el reflejo de mi presencia.

No puedo devolverte una esencia que ya no existe porque te encargaste de borrarla para idolatrar la mía.

Ella sintió que el suelo se movía, una náusea que le subía por la garganta.

Caminó hacia el espejo del pasillo con los pasos torpes de quien ha perdido el centro de gravedad.

Al mirarse, no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada.

Era un espectro, una silueta vacía. El naufragio era absoluto, una pérdida total de coordenadas: no había tabla de salvación, ni rastro de lo que solía llamarse 'nosotras', ni un mapa que le indicara cómo seguir existiendo cuando la otra mitad de su identidad decidiera simplemente dejar de ser.

—Me robaste la calma —susurró, mientras la otra mujer se ajustaba el abrigo, marcando el inicio del fin—, y ahora, lo único que queda de mí es esta triste memoria.

Soy un barco a la deriva que ya no sabe hacia dónde apuntar, porque mi norte, mi brújula y mi destino se han ido contigo.

Me has dejado aquí, inerte, en esta memoria que me quema, intentando recordar quién era antes de que tu ausencia me consumiera hasta los cimientos.

La otra mujer se acercó a la puerta principal.

No hubo un último abrazo, ni una promesa, ni un giro de cabeza hacia atrás.

Su partida fue una amputación silenciosa.

El sonido de la puerta al cerrarse fue el sello definitivo.

Ella se quedó en medio del salón, rodeada de las sombras que se alargaban, sintiendo que el invierno no solo era la estación del año, sino el estado definitivo de su alma.

Ya no era un ser humano; era el resto, el despojo, la nota a pie de página de una historia que había terminado por devorarla por completo.

Restos de un Invierno

El mundo se desploma en el silencio,

la luz que me habitaba se ha marchado,

y en este invierno frío y tan intenso,

soy el barco que el mar ha abandonado.

Ya no queda el reflejo de mi esencia,

solo el lodo que el alma ha recogido,

la sombra de tu voz y tu presencia,

que se pierde en el eco del olvido.

Desnudaste mi ser, mi fe, mi calma,

soy el resto de un sueño que fue mío,

la memoria que llora en esta alma,

naufragando en la nada y en el frío.

¿Qué hago con el dolor que se me queda,

con estos jirones de lo que construimos?

Si el olvido es la bruma que se enreda,

en los restos de lo que apenas sentimos.

Ya no queda de mí ni la mirada,

solo el vacío donde solías vivir,

una mujer hundida, desolada,

que no sabe ni puede… ni quiere existir.