QUÉ HACER
El bar «El Refugio» es un lugar donde el tiempo no corre, simplemente se sedimenta.
La luz roja del neón que anuncia una marca de cerveza olvidada parpadea con un ritmo cardíaco artificial, bañando todo el mostrador en un tono carmesí.
No hay nadie más. El barman ha desaparecido hacia la trastienda, dejando atrás el murmullo lejano de una calle que parece ocurrir en otro planeta.
Ellas están allí, sentadas en el centro de la barra, separadas por la distancia mínima que permite la gravedad. El aire es limpio, casi aséptico, lo que hace que cada palabra y cada gesto se perciban con una nitidez dolorosa.
Ella observa su reflejo en el espejo, un cristal manchado por los años.
Sus dedos juguetean con el tallo de la copa, haciendo girar el líquido con una parsimonia que delata su ansiedad.
La otra, a su lado, parece estar hecha de otra materia.
Se mueve con una calma depredadora, apoyada en el codo, observándola a través del reflejo, como si fuera una pieza de caza que ya ha decidido no escapar.
La otra mujer ni siquiera se inmuta. Se limita a sostenerle la mirada a través del espejo, con una intensidad que corta el aire. No necesita distracciones ni gestos superfluos; su presencia es suficiente para llenar el espacio.
—No sé por qué sigues intentando analizarlo —responde la otra, con esa voz grave que parece vibrar en el estómago—. ¿Qué es lo que esperas encontrar? ¿Un manual de instrucciones? ¿Una salida de emergencia?
Ella gira el cuerpo sobre el taburete. El chirrido del metal contra el suelo es el único sonido que rompe el silencio opresivo del lugar. Ahora están frente a frente, y el espacio entre ellas se ha vuelto una zona de exclusión, un campo de alta tensión donde el aire parece crepitar.
—Es que no entiendo cómo puedes estar tan tranquila —responde ella, su voz ganando una nota de urgencia—.
Tú entras, te sientas, pides tu bebida y de repente todo mi universo se reconfigura.
Mi lógica, mis planes, la forma en que pensaba pasar el resto de esta noche...
todo se desintegra. Me haces perder el norte y ni siquiera te esfuerzas.
La otra mujer deja la copa sobre la madera con un golpe seco. La sonrisa que se dibuja en sus labios no es amable; es consciente. Sabe perfectamente el poder que ejerce, sabe que es un terremoto en medio de un campo en calma.
—Tal vez el problema es que te resistes —dice, inclinándose hacia delante.
La luz roja del neón le tiñe los ojos de un brillo casi sobrenatural—.
Te pasas la vida intentando controlar las variables, como si el deseo fuera una ecuación que se puede equilibrar.
Pero no lo es. El deseo es un incendio, y tú te estás quejando de que te consumes cuando ya estás metida en medio de las llamas.
Ella siente un escalofrío que le recorre la columna.
Tiene razón. La lógica es un escudo que se ha vuelto inútil, una armadura de papel ante una fuerza que no entiende de razones ni de conveniencias.
La música del bar, un jazz instrumental que apenas se escucha, parece acelerarse al ritmo de sus corazones.
—Si me dejo consumir —susurra ella, acercándose tanto que puede sentir el aroma del perfume frío de la otra—, no quedará nada de mí.
—¿Y qué importa lo que quede? —replica la otra mujer.
Sus dedos, fríos y firmes, se posan sobre la muñeca de ella, buscando el pulso—.
Estás tan preocupada por el mañana, por quién serás cuando esto pase, que te estás perdiendo el único momento donde realmente existes.
¿Qué hacer si al verte enloquezco? Lo único que puedes hacer: dejar de preguntar, soltar las riendas y ver hasta dónde nos lleva este desastre.
El silencio vuelve a caer, pero ya no es un silencio vacío; es una espera tensa, una cuerda a punto de romperse.
El neón sigue parpadeando. El mundo exterior sigue girando, ignorante de que, en ese pequeño bar de luz carmesí, dos mujeres han abandonado el juego de las máscaras para reconocer, por fin, que la locura es el único estado posible cuando se está frente a frente.
Bajo la luz del neón
Bajo la luz del neón que nos cautiva,
bebiendo el vino de una sed prohibida,
tu voz es una fuerza destructiva,
que le da nuevo orden a mi vida.
¿Qué hacer si al verte pierdo el equilibrio?
si tu presencia es fuego y es abismo,
si en este bar ya no existe el delirio,
porque nos hemos vuelto el espejismo.
No busco la razón, no busco el puerto,
me hundo en el naufragio de tu mano,
el mundo es hoy un escenario muerto,
y solo nuestro caos es lo humano.
Si enloquecer es ver cómo te mueves,
si esta locura es lo que nos reclama,
que el tiempo pase, que los días lluevan,
que solo quede el fuego de esta llama.
LA ALQUIMIA DEL DESEO
La torre de cristal flotaba en un vacío donde el tiempo era solo un recuerdo lejano.
Fuera, las nebulosas violetas giraban como un remolino de seda líquida, pero dentro, la atmósfera era tan densa que se podía sentir en la piel.
Ella estaba apoyada contra el ventanal, con la mirada perdida en el abismo, hasta que sintió la presencia de la otra mujer acercarse con esa cadencia hipnótica que siempre lograba desarmarla.
La otra mujer se detuvo a escasos milímetros, sus ojos fijos, magnéticos, consumiéndola en silencio.
—Mírame, mírame... —susurró ella, con una voz que era apenas un hilo de seda, casi un ruego—. Con esa forma de mirar que me hace falta para respirar.
La otra estiró la mano, rozando apenas la mejilla de ella, un contacto que hizo que el cristal de la torre vibrara con una frecuencia sonora.
—Ámame, ámame... —respondió la otra, atrapándola en un abrazo que no dejaba espacio para la duda—. Que yo no sé qué hacer con este amor, que me hace tanto bien y tanto mal.
Al rozar sus bocas, el mundo se fracturó. El beso fue una descarga eléctrica que hizo que el aire se tornara espeso, con un sabor dulzón, embriagador. Eran sus labios de miel, una invitación que no pedía permiso, una trampa de oro de la que ninguna quería escapar.
—Tus labios... —jadeó ella entre los besos, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies se volvía líquido, convirtiéndose en fuego puro—. Tus labios de miel me invitan a probar la gloria. No puedo dejar de pensarlo, no puedo dejar de sentirte. Eres todo lo que tengo.
La otra mujer la besó con una voracidad que buscaba borrar cualquier rastro de duda, descendiendo por su cuello, encendiendo cada nervio con una pasión que desbordaba el umbral de lo humano.
—Tienes la receta de mi historia—murmuró la otra contra su piel, mientras sus manos recorriéndola como si estuvieran escribiendo un mapa sobre su cuerpo—. Y hoy, la historia solo trata de nosotras. Y me haces soñar.
Cada beso era una reconfiguración de la realidad.
Las estrellas fuera de la torre empezaron a arder con más fuerza, respondiendo al incendio que se desataba entre ellas.
No había mañana, no había miedo. Solo existía esa entrega absoluta, el sabor a miel que las envolvía y la certeza de que estaban creando su propio universo.
—Tus labios de miel se vuelven mi mejor camino —confesó ella, envolviendo a la otra en un abrazo desesperado, sintiendo que sus almas se fundían—. Tú eres la respuesta de mi destino.
La pasión las arrastró hacia el centro de la estancia, donde el aire ya no era aire, sino una energía dorada y eléctrica.
Se besaron con la urgencia de quienes saben que este instante es eterno.
En ese plano de fantasía, donde los deseos se materializan, su amor era la fuerza más potente de la creación.
La receta de nuestra historia
Mírame, que en tu mirada me despeño,
haz que mi pulso sea tu propia suerte,
que no hay mayor hogar que este sueño,
ni mayor gloria que el calor de verte.
Tus labios de miel son el destino,
la receta sagrada de mi historia,
en este caos, eres el único camino,
el dulce néctar que me lleva a la gloria.
Ámame, que este bien y este mal me consumen,
que ya no sé qué hacer con tanto fuego,
mis labios a los tuyos se resumen,
y en este dulce sueño, me entrego y me niego.
Eres la respuesta, el mapa y el abismo,
la miel que mis sentidos ha tatuado,
y en este beso, en este mismo espejismo,
el tiempo entero se ha quedado congelado.