El amor es la única ley EL INVENTARIO DE LOS PEDAZOS EL APARADOR DE LA ENTRADA
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EL INVENTARIO DE LOS PEDAZOS EL APARADOR DE LA ENTRADA

La casa no estaba en silencio; estaba llena de los ruidos que ella misma provocaba al intentar, sin éxito, no hacer nada. No había fantasmas, ni presencias invisibles. Solo había un apartamento que de repente se sentía demasiado grande, con paredes que devolvían el eco de sus propios pasos.

Había pasado la tarde entera frente al aparador de la entrada.

Sobre la madera, junto a un cuenco vacío, descansaban las llaves de la otra persona.

A su lado, una pequeña caja de madera que ella no había abierto en años.

Con un gesto mecánico, la destapó. Dentro, el pasado la golpeó con la fuerza de un objeto contundente: un fajo de cartas de amor atadas con una goma elástica y un sobre grueso que contenía fotografías.

Sus dedos, temblorosos, rozaron el papel. Una de las fotos se deslizó y quedó sobre la superficie del aparador: ambas, años atrás, con las caras manchadas de pintura, riendo ante una cámara que no volvería a capturar ese instante.

—No me digas que no, que no te hace falta mi calor —murmuró, tarareando con una voz que se quebraba antes de completar la frase—. Qué ironía. Si te lo dijera, si te llamara ahora mismo para decirte que me haces falta, ¿qué cambiaría? Nada.

Tomó una de las cartas. La caligrafía era inconfundible, los trazos de una mano que ella conocía mejor que la suya propia.

—Yo no he podido olvidar, aquel beso que me diste ayer —siguió cantando en un susurro, mientras leía una línea escrita en el papel: “Estaré contigo siempre".

Qué lejana sonaba esa promesa ahora, convertida en un anacronismo cruel—.

Y hoy me encuentro aquí tan sola, esperando tu volver.

Pero no vas a volver. Estás en otra parte, ocupada en una vida que ya no me incluye, mientras yo me quedo aquí, haciendo inventario de los pedazos que quedaron en este cajón.

Se dejó caer al suelo, con la espalda pegada al aparador. La soledad no se sentía como una elección, sino como una condena física. Miró la fotografía otra vez. El sol en la imagen parecía más brillante que cualquier luz que entrara ahora por sus ventanas.

—Vuelve, que me hace falta el aire para poder vivir —dijo, apoyando la cabeza contra la madera.

Esta vez no fue un susurro, sino un reclamo dirigido a los objetos que la rodeaban—.

¿Cómo es posible que algo tan simple, como respirar, se vuelva un ejercicio de voluntad?

Me falta todo, joder. Me faltan los domingos en los que escribías estas cartas, me falta la seguridad de que esta foto no era solo un recuerdo, sino el inicio de algo eterno.

Caminó hasta el salón y se quedó parada en el centro, sosteniendo la carta contra el pecho.

Todo en la casa estaba limpio, despejado, tal como ella había pedido al irse.

La limpieza, sin embargo, era lo que más le dolía; era la prueba definitiva de la ausencia, la esterilización de un amor que había terminado en seco.

—Que no he podido olvidarte, desde que te fuiste, no sé qué hacer —repitió, y esta vez, la letra de la canción le pareció una burla cruel—.

¿Qué hacer? Aprender a ser una, supongo.

Aprender que estas cartas son solo papel, que esta foto es solo celuloide y que, aunque el aire me falte, mis pulmones van a seguir funcionando por pura obstinación biológica.

Se dejó caer en el sofá, dejando que la carta y la fotografía reposaran sobre su regazo. La televisión estaba apagada, pero ella proyectaba en la pantalla negra todas las imágenes que se negaban a borrarse: los viajes, las cenas, las promesas de las cartas. Todo pasaba en un bucle infinito.

—Vuelve —dijo una última vez, cerrando los ojos con fuerza.

Pero cuando los abrió, la casa seguía igual.

Los muebles no se habían movido, las cartas seguían sobre su regazo y el silencio, inmutable, se volvió a instalar en cada esquina.

La historia de "Vuelve" no era una historia de regreso, era una historia de reconocimiento: la comprensión de que, por mucho que se pida, por mucho que se cante, hay ausencias que no se llenan con ruegos, sino con el aprendizaje lento y doloroso de dejar ir lo que el papel, por mucho que prometa, ya no puede retener.

La carta y la sombra

El sobre guarda el rastro de tu mano,

un beso escrito que hoy es puro frío,

el tiempo, este verdugo tan liviano,

ha convertido en muerte nuestro brío.

La foto es una luz que ya no alumbra,

un rostro que sonríe en el pasado,

tu ausencia es la tiniebla que se encumbra,

sobre el amor que aquí he dejado tirado.

"Vuelve", le suplico al papel cansado,

"Vuelve", le pido a la sombra de la imagen,

pero el destino está ya sentenciado,

y el aire no respeta este hospedaje.

Mañana quemaré lo que ha quedado,

cartas de amor que ya no significan,

y borraré este verso terminado,

donde tus letras a mi voz replican.