LA VIGILIA DE LAS TAZAS FRÍAS
La cocina, a esas horas de la madrugada, no era más que un cuadrilátero de baldosas frízz z XEEEEEEEEEEEEEEEE ZXas y sombras proyectadas por la campana extractora.
El zumbido intermitente de la nevera se había convertido en la única banda sonora, un ruido de fondo que le impedía notar que el silencio del resto de la casa no era solo ausencia de sonido, sino una densidad física, un vacío que se negaba a ser llenado.
El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, pesado y denso, una fragancia que antes significaba el inicio de un domingo compartido y que ahora simplemente denotaba la obstinación de quien se niega a dormir.
Ella estaba apoyada contra la encimera de granito, con las manos aferradas a una taza de cerámica que aún conservaba el calor suficiente para hacerle daño.
Observaba el movimiento rítmico de la cafetera italiana, el gorgoteo final que avisaba de que el café estaba listo.
Al otro lado de la mesa, la otra mujer permanecía sentada, con los codos apoyados en la madera y la mirada perdida en un punto indeterminado del suelo.
—¿Quieres un poco? —preguntó ella, rompiendo el cristal de silencio. Su voz sonó ronca, impropia de alguien que no había pronunciado palabra en las últimas horas.
La otra mujer levantó la vista lentamente. Tenía ojeras marcadas, una sombra de fatiga que le confería un aspecto de agotamiento profundo. Negó con la cabeza, un gesto parco, casi mecánico, que apenas movió el aire a su alrededor.
—No, gracias. Ya he tomado demasiado. Si bebo más, voy a terminar con el pulso a mil, y ya siento que me tiembla todo el cuerpo —respondió. Su voz sonaba cansada. Ella sintió un pinchazo en el pecho al notar la distancia que, sin ser física, se había instalado entre las dos.
Ella dejó la taza sobre la encimera con un ruido seco, un choque de porcelana que reverberó en toda la cocina.
—Ayer —empezó ella, intentando que el tono fuera ligero— estuve buscando mis llaves por todo el salón.
Me volví loca, vacié todos los cajones. Y al final, cuando las encontré, me di cuenta de que las seguía dejando en el mismo cuenco, cerca de la puerta.
Como si todavía estuvieras a punto de salir, o como si tuvieras que cogerlas para irte al trabajo.
La otra mujer dejó escapar una risa corta, una exhalación de aire sin ninguna alegría.
—Es un hábito, supongo. El cerebro es un traidor.
Yo todavía me sorprendo a veces comprando el tipo de leche que prefieres, esa que solo tú bebes.
Llevo tres días haciéndolo. Llego a la caja del súper, pago, y cuando estoy guardando la bolsa, me quedo ahí, parada, pensando: "¿Para qué narices estoy haciendo esto?
". Es estúpido. Me siento como si estuviera perdiendo la cabeza, o como si simplemente no pudiera dejar de actuar como si estuviéramos bien.
—No es estúpido —respondió ella, caminando lentamente hasta la mesa y dejando la taza frente a la otra—.
Es solo que... bueno, es difícil borrar la memoria de las cosas pequeñas.
La rutina se nos quedó pegada en los dedos.
Hemos vivido tanto tiempo juntas que mi mano derecha sabe exactamente dónde termina tu espacio en la cama, o dónde prefieres que ponga el azúcar.
Son procesos automáticos. No estamos pensando en nosotras, estamos pensando en los muebles, en las tazas, en los trayectos.
Es como si el apartamento tuviera su propia memoria, y yo fuera solo una huésped de nuestras costumbres.
La otra mujer tomó la taza, sus dedos se rozaron levemente, una descarga de realidad que ninguna de las dos se atrevió a prolongar. El silencio volvió a caer sobre ellas, un manto denso que esta vez se sintió cargado de una tristeza antigua, de una historia que intentaba encontrar su desenlace.
—¿Cómo lo llevas? —preguntó de pronto la otra, cambiando el foco hacia algo más directo—. Digo, ¿has podido dormir algo? ¿O te has pasado la noche dando vueltas, como siempre?
—Lo justo para no volverme loca. —Ella se sentó en la silla de enfrente, encorvada, mirando la superficie de la mesa—.
La verdad es que estar en casa se me hace pesado.
Todo me recuerda a algo. Veo la mancha en la alfombra y me acuerdo de cuando volcamos el café celebrando aquel viaje, miro la estantería y veo el libro que me leías en voz alta.
Al final termino dando vueltas por los pasillos, buscando qué hacer, esperando que pase el tiempo.
Por eso he acabado aquí, a estas horas, preparando esto.
Necesitaba ruido. Necesitaba sentir algo que no fuera mi propia cabeza dándome vueltas.
—A mí me pasa igual —admitió la otra, estirando las piernas—.
Parece que si me siento en el sofá, me voy a quedar atrapada ahí, mirando la pared hasta que amanezca.
Así que me muevo. Limpio, ordeno, vuelvo a ordenar...
cualquier cosa para que la cabeza no se me vaya a otros sitios.
Siento que, si dejo de moverme, la realidad se me va a venir encima de golpe.
—Supongo que al final esto es lo que toca ahora —dijo ella, bajando el tono—. Aprender a estar en el mismo espacio sin que se sienta como si estuviéramos invadiendo un territorio que ya no nos pertenece. Aprender a que el café ya no es "nuestro", sino simplemente café.
—Sí. Aprender a convivir con el silencio. Y a dejar de comprar esa leche —añadió la otra con un rastro de sonrisa triste.
La mujer tomó la taza y le dio un trago largo.
—Está muy fuerte —comentó, mirando el café humeante.
—Como siempre —respondió ella, mirando sus propias manos—. Nunca supe hacerlo de otra manera.
Se quedaron así, en silencio, compartiendo el espacio como si fuera un puente tendido sobre un abismo que, poco a poco, empezaban a aceptar como parte de su rutina.
No había grandes declaraciones, ni llantos, solo la crudeza de dos mujeres intentando encontrar una nueva forma de habitar la cocina, mientras la noche terminaba de agotarse con la llegada de la primera luz del alba.
Sigo aquí
Si supieras lo que ha sido
este tiempo sin tu luz
sigo atada al espejismo
de lo que fuimos tú y yo.
Sigo buscando tus huellas en mi caminar
sigo contando los días que no volverán
sigo inventando motivos para no olvidar
que todavía te amo, que todavía te espero.
Sigo soñando despierta con tu voz
sigo creyendo que todo no se terminó
sigo sintiendo que el aire me falta, mi amor
porque en mi pecho tu ausencia es el único eco.
Si supieras que mis manos
todavía buscan tu piel
que mi boca se ha cerrado
a otro beso que no es tu bien.
Sigo buscando tus huellas en mi caminar
sigo contando los días que no volverán
sigo inventando motivos para no olvidar
que todavía te amo, que todavía te espero.
Sigo soñando despierta con tu voz
sigo creyendo que todo no se terminó
sigo sintiendo que el aire me falta, mi amor
porque en mi pecho tu ausencia es el único eco.
Sigo aquí, sigo igual
con el alma en pedazos por este final
sigo esperando que vuelvas un día
para llenar esta inmensa agonía.
Sigo soñando despierta con tu voz
sigo creyendo que todo no se terminó
sigo sintiendo que el aire me falta, mi amor
porque en mi pecho tu ausencia es el único eco.