QUÉ TRISTEZA
El yate era ahora, más que una nave, una estructura metálica a la deriva en un océano que parecía no tener final.
La ausencia de la otra no era un silencio; era una presencia física, una entidad que ocupaba cada rincón de la embarcación, cada centímetro de la cubierta de popa, cada reflejo en los cristales ahumados del salón.
Donde antes había existido una coreografía de dos, un intercambio constante de miradas, palabras y roces, ahora solo quedaba la inercia de la soledad absoluta.
Ella caminaba con pasos lentos, mecánicos, casi como si estuviera recorriendo un museo dedicado a una vida que ya no le pertenecía.
Se detuvo en el lugar donde, hace apenas unas horas, la otra mujer solía sentarse.
La marca en el cojín de cuero, una leve hendidura, permanecía como un vestigio arqueológico de una existencia que se había evaporado.
Se inclinó para tocarla, pero retiró la mano antes de hacer contacto.
El frío de la superficie le pareció una bofetada.
—Bocas buscaron y cuerpos desearon —susurró, y la frase, en la inmensidad del océano, sonó ridícula, pequeña, casi ofensiva por su impotencia—.
¿Qué es el deseo cuando no hay un otro que lo valide?
¿Qué es este hambre que sigo sintiendo, esta urgencia en la piel, si el territorio al que pertenecía ha sido borrado del mapa?
Se desplazó hacia el centro de la cubierta.
El motor del yate vibraba bajo sus pies, un zumbido sordo que subía desde las entrañas del barco hasta sus huesos, recordándole que seguían moviéndose, aunque su alma estuviera anclada en el instante exacto de la partida.
Miró el horizonte. La negrura del agua se confundía con la negrura del cielo.
La otra no estaba, y al no estar, el mundo había perdido su cohesión.
Todo lo que veía —el brillo de los instrumentos de navegación, el reflejo de las estrellas en el oleaje, el aroma a salitre que se filtraba por todas partes— carecía de un centro.
Ella era el eje de una rueda que ya no giraba, un observador solitario de una escena de la que habían arrancado al coprotagonista.
—Qué tristeza se siente al perder, cuando el alma no quiere entender —dijo, fijando la vista en el estante donde aún reposaba una copa abandonada, con los labios marcados por un tono de carmín que empezaba a secarse—.
El alma no entiende de ausencias. El alma no entiende que una persona pueda ser hoy el sol y mañana un punto invisible en el vacío.
Mi cuerpo, sin tu presencia, es una máquina que sigue funcionando por inercia, buscando una frecuencia que ya no emite nada.
Es una traición de la biología. Sigo teniendo sed, sigo teniendo el instinto de buscarte, cuando la lógica me grita que ya no eres parte de esta geografía.
Caminó hasta la proa, enfrentándose al viento que le azotaba el rostro.
No era un viento reconfortante; era un vendaval que buscaba desnudarla de cualquier resto de la otra mujer.
Recordó el sonido de su risa mezclándose con el rugido de las olas, un sonido que ahora le resultaba tan distante como una frecuencia de radio captada a miles de kilómetros.
La otra no estaba, y esa realidad se volvía más pesada a cada milla recorrida.
Cada metro que el yate avanzaba era un metro más lejos del último momento en que habían sido un "nosotras".
Se dejó caer en el suelo de madera, un lugar donde el cansancio era la única certeza.
La inmensidad del océano no era un refugio; era una lección de humildad.
Allí, rodeada de agua por todas partes, comprendió que el ser humano es apenas un parpadeo en la inmensidad del tiempo y del espacio, y que perder a alguien es, en última instancia, enfrentarse a esa misma escala de insignificancia.
Sin la otra, ella no era nadie; era solo una sombra más en un yate que navegaba por un cementerio de posibilidades.
—Si el amor es un sueño y hoy se terminó —murmuró, con la frente apoyada en las rodillas—.
Entonces prefiero no despertar jamás de esta pesadilla.
Porque despertar implica aceptar que el resto de mi vida será una serie de días habitando esta casa, esta oficina, este mundo donde cada objeto, cada sombra y cada rayo de luz lleva tu nombre, aunque tú seas un fantasma que ya no me pertenece.
Se quedó allí, durante horas, mientras la luna se desplazaba lentamente sobre el firmamento.
El yate continuaba su ruta hacia ninguna parte.
No había nadie más, solo el eco de lo que fue y la certeza gélida de que la otra no regresaría nunca.
La tristeza, al final, se había convertido en su piel, en su respiración, en su única forma de estar en el mundo.
La soledad del testigo.
El escenario es el mismo, pero el foco se ha roto,
el yate es una cáscara que navega en el azar,
he quedado en este náufrago alboroto,
donde el eco de tu nombre no deja de gritar.
Bocas buscaron la paz en la tormenta,
cuerpos desearon la lumbre de una unión,
la ausencia ahora es la única que alimenta,
el hambre de mis sombras, el vacío de mi voz.
Qué tristeza perderte en esta inmensidad,
donde el testigo de mi piel se ha disuelto,
busco en el aire tu voz, tu realidad,
pero el mar solo me entrega mi propio mundo envuelto.
Si el amor fue la seda que cubrió esta madera,
hoy solo resta el frío de un cristal deshabitado,
la otra no está, y la noche, entera,
es un monumento a lo que he fracasado.
No vuelves a bordo, el puerto es una quimera,
soy el naufragio de un tiempo que ya fue,
en este barco que es mi propia hoguera,
buscando el rastro de lo que un día amé.
Cada ola es una duda, cada estrella un reproche,
el motor es el pulso de un corazón que se agota,
y en la inmensidad que me regala esta noche,
la única verdad es que el amor, como el yate, ya flota.
Flota a la deriva, sin timón y sin puerto,
con el peso muerto de lo que no pudo ser,
en este inmenso y acuático desierto,
donde la tristeza es lo único que puedo ver.