AHORA QUE TE VAS LA SINFONÍA DEL ADIÓS
La estación estaba sumida en esa atmósfera opresiva y gris de las despedidas que se saben definitivas.
El eco de los altavoces, anunciando salidas hacia destinos que ninguna de las dos quería conocer, se mezclaba con el traqueteo sordo de las maletas arrastradas por extraños sobre el suelo de granito.
Ellas permanecían allí, en un rincón apartado bajo la luz fría de los focos de sodio, que convertía sus rostros en máscaras de una palidez irreal.
El tiempo, ese enemigo silencioso, se les escapaba entre los dedos como arena, convirtiendo cada segundo en una eternidad cargada de peso.
Una de ellas, con la mano aferrada al asa de su maleta —un objeto que parecía ser el único ancla que le impedía desmoronarse—, intentaba mantener una compostura que se desmoronaba por momentos.
La otra, con los ojos empañados y fijos en el horizonte del andén, dejó que el lamento de la canción se deslizara por sus labios, una melodía que ya no era de Luis Miguel, sino un susurro propio, un mantra de desesperación.
—Ahora que te vas—murmuró, y su voz no fue un grito, sino un hilo roto que se perdió en la corriente de aire frío que recorría el andén—.
No tengo nada que decir. ¿Cómo explicas el vacío antes de que este ocurra?
¿Cómo pones en palabras la ausencia que ya siento en mis manos, el frío que me recorre la espalda al saber que tus huellas dejarán de estar en nuestro suelo?
La otra mujer se acercó, rompiendo la pequeña distancia que aún las separaba.
Sus dedos, temblorosos, rozaron la mejilla de su amante, un gesto desesperado, un intento fútil por retener la realidad de su presencia física, por grabar en su memoria la textura de su piel antes de que la distancia la convirtiera en un fantasma.
—Te deseo lo mejor —continuó la primera, una frase que se sentía como un cuchillo, cliché y necesaria a la vez—.
Aunque me destroce, aunque sepa que cada paso que des lejos de aquí es un paso hacia el olvido, quiero que seas feliz.
Porque no sé amarte de otra forma que no sea soltándote, aunque soltarte signifique soltar también una parte de mi propia vida.
El tren comenzó a anunciar su llegada con un siseo metálico, un monstruo de acero que bramaba y sacudía el suelo, marcando la frontera definitiva entre su presente y lo que vendría después.
El sonido del motor se tragó sus palabras, obligándolas a acercarse más, a refugiarse la una en la otra mientras el resto del mundo, ajeno a su tragedia personal, pasaba a su lado como una mancha borrosa.
—Ahora que te vas, el mundo se me vuelve estrecho —se confesó la otra mujer, apoyando la frente contra el hombro de su amante—.
No es por falta de amor, es por exceso de miedo.
Miedo a lo que seré cuando el silencio de tu ausencia sea la única voz que escuche en nuestra casa.
Miedo a despertar mañana y notar que la mitad de la cama está helada, que tus libros siguen donde los dejaste y que el aroma de tu perfume, ese que ahora me ahoga, empezará a desvanecerse lentamente.
Se abrazaron una última vez, con una ferocidad que no buscaba el placer, sino la supervivencia.
En ese instante, en medio de la multitud indiferente, se fundieron en un abrazo que intentaba contener la inmensidad del dolor.
Intentaban grabar en su piel la esencia de la otra, memorizar la forma en que el corazón de la otra latía contra el suyo, para que, durante los días y meses que vendrían, el recuerdo no fuera solo una herida, sino un refugio.
Cuando el tren finalmente se detuvo y las puertas automáticas se abrieron con un chirrido agudo, el tiempo pareció detenerse.
No hubo lágrimas exageradas, solo el vacío de un adiós que se quedó atrapado en el aire.
Se miraron una vez más, con la intensidad de quien intenta ver el alma de la otra por última vez, y entonces, con una lentitud que dolía, se soltaron.
La mujer subió al vagón y, a través del cristal sucio, sus manos se buscaron una última vez hasta que el tren, con una sacudida, las separó para siempre, dejando tras de sí solo el eco de lo que pudo ser y la amargura de lo que se marchó.
La estación del adiós
El tren reclama su cuota de olvido,
las vías son surcos de llanto y metal,
se nos escapa el amor que ha vivido,
buscando un refugio en lo accidental.
Ahora que te vas, el aire se ausenta,
se quedan los ecos de lo que callamos,
la herida se abre, la angustia se alimenta,
de este "te quiero" que al aire lanzamos.
No busques excusas, ni culpas, ni llanto,
el tiempo nos marca su ritmo feroz,
te guardo en el pecho, te guardo en mi manto,
aunque pierda el pulso, aunque pierda la voz.
Que el viaje sea libre, que el cielo te alcance,
que nunca te falte la luz en tu andar,
yo aquí me quedo, en este balance,
aprendiendo el arte de no recordar.