EL BOSQUE DE LOS ÁRBOLES DE FUEGO
En este plano de existencia, el bosque no está hecho de madera y hojas comunes, sino de árboles cuyos troncos parecen columnas de obsidiana y cuyas copas arden con llamas perpetuas de color azul cobalto.
Es un lugar donde el suelo está cubierto de musgo plateado que reacciona a la temperatura corporal: donde ellas pisan, el musgo se ilumina con pulsos dorados.
Ellas se encuentran en un claro donde un río de mercurio fluye silencioso. La atmósfera aquí es pesada, cargada con el aroma a ozono y flores nocturnas que solo abren cuando una Mujer de Fuegoestá cerca.
—Eres la chispa que enciende la noche—murmura la otra, mientras se acerca, obligando a que las llamas de los árboles cercanos se inclinen hacia ellas, como si quisieran observar el espectáculo—. El volcán que despierta el deseo.
La primera se deja llevar por el entorno. El bosque responde a su pasión: los árboles de fuego comienzan a girar lentamente, creando un vórtice de luz azul que las aísla por completo del resto del universo.
—Siento el incendio apenas me miras —responde ella, acercándose hasta que sus cuerpos se convierten en un solo bloque de calor. Su voz suena firme, segura de su propia intensidad—. Eres mi vicio, la locura que quiero tener.
Cuando se tocan, el mercurio del río comienza a elevarse en pequeñas esferas que flotan a su alrededor, creando un espejo múltiple de sus propios rostros.
La pasión estalla sin contención. No es un encuentro suave; es un choque de fuerzas elementales.
Las manos de la otra recorren su espalda, dejando marcas de luz allí donde el musgo plateado brilla bajo su contacto.
—Mujer de fuego —gime la otra mujer, mientras la besa con la desesperación de alguien que ha encontrado su único hogar—. Me estoy perdiendo entre tus brazos de lava y pasión.
La intensidad es tal que el bosque comienza a cambiar de ritmo.
Las llamas de los árboles se tornan blancas por la temperatura de sus besos.
Ellas se desploman sobre el lecho de musgo dorado, que ahora pulsa con una urgencia eléctrica.
Se besan ignorando el peligro, entregadas a esa entrega que sabe a miel y a ceniza, aceptando que, en este bosque de fantasía, son ellas las que dictan las leyes de la naturaleza.
El bosque de la entrega
Entre árboles que arden con fuego de aurora,
donde el río de plata su cauce detiene,
mi alma se pierde, mi voz se evapora,
y en tu piel volcánica el mundo sostiene.
Mujer de fuego, que en este claro despiertas,
la lava que corre por todo mi ser,
eres la llave de mis manos abiertas,
el vicio, la magia y el amanecer.
No hay cauces que aguanten tu paso de llama,
ni bosque que eclipse tu brillo de sol,
mi cuerpo te busca, mi instinto te llama,
eres la dueña de mi corazón y mi rol.
Si arde este bosque bajo nuestro abrazo,
que se queme el tiempo en este destello,
que en cada beso, en cada pedazo,
sea tu fuego el único sello.