EL ADIÓS FRENTE A LA ORILLA
La playa está desierta, sumergida en ese azul profundo y metálico que solo existe justo antes de que amanezca.
La arena está fría, húmeda, y nuestras huellas son lo único que marca un sendero en esta inmensidad.
El mar, que hace unas horas rugía con la fuerza de una tormenta, ahora es un murmullo constante, un suspiro de rendición.
Aquí no hay más que la salitre, el viento que nos despeina y la evidencia de que hemos llegado al límite.
Nos detenemos frente a la orilla. El agua nos lame los tobillos, recordándonos que todo lo que fluye debe, eventualmente, encontrar su fin.
Te miro, y en tus ojos ya no busco el comienzo, sino el reconocimiento de lo que fue.
Nuestras manos, que tantas veces se buscaron con urgencia, ahora se mantienen a una distancia prudente, una tregua necesaria.
—Bravo amor —murmuras, y tu voz se pierde, robada por el viento, pero aun así resuena con la claridad de quien ha aceptado la derrota con altura—. Bravo por lo que fue, y por lo que ya no puede ser.
No hay llanto, no hay súplicas. Hay una extraña solemnidad en este adiós.
Recordamos la pasión que nos quemó, esos días en los que el mundo parecía reducirse a nuestra piel, y también los silencios, las mentiras piadosas y el miedo que nos impidió saltar hacia algo más profundo.
Fue un amor bravo, sí; tan valiente como para entregarse por completo, y tan cobarde como para no saber cómo sostenerse.
Nos despedimos en este escenario de arena y sal, dejando que el oleaje borre nuestras marcas.
Es un adiós de frente, mirándonos a los ojos, aceptando que para volver a ser nosotras mismas, primero debemos ser capaces de soltar la mano de la otra.
Marea de Despedida
Bravo amor, que nos diste la vida en un beso,
que quemaste los mapas y el tiempo nos dio,
ahora el mar se nos lleva, con todo su peso,
y nos deja el vacío que el alma aceptó.
Tan valiente el abrazo, tan cobarde el olvido,
despedirse es el rito que al fin nos reclama,
bravo amor, por el fuego que ayer fue encendido,
bravo amor, por la calma de nuestra proclama.
Caminamos descalzas sobre esta arena fría,
mirando hacia el agua, perdiendo la fe,
nos llevamos la luz de la gran agonía,
nos soltamos la mano, y ya no sé por qué.
Bravo amor, por las veces que fuimos verdades,
por las sombras que el alba ya vino a borrar,
nos queda el silencio de estas soledades,
y el eco del mar, invitándonos a caminar.
Para volver a ser, para ser otra vez,
dejamos la playa, dejamos la piel,
bravo amor, por la altura y la lucidez,
de decir adiós, con sabor a hiel.