LA DUEÑA DEL SIGNO
El salón está sumergido en una penumbra densa, apenas alterada por el fulgor eléctrico de la ciudad que se filtra por los inmensos ventanales.
La estancia parece haber perdido sus límites físicos; el aire es pesado, cargado de una electricidad estática que hace que cada vez que inhalo, sienta que estoy respirando tu propia voluntad.
Estamos separadas por apenas tres metros, pero esa distancia es un abismo que solo tu mente se atreve a cruzar.
Te observo desde el sofá, inmóvil, con la calma de quien sabe que está siendo diseccionada.
Estás ahí, de pie, con esa postura indescifrable, examinándome con una intensidad tan quirúrgica que siento cómo tu mirada traza líneas invisibles sobre mi piel.
—Dime —rompo el silencio, mi voz vibrando en la estancia con una exigencia contenida que me sorprende hasta a mí misma—, ¿qué estás haciendo aquí, tan cerca de mi boca pero sin terminar de cruzar el límite? ¿A qué esperas para materializar lo que tus ojos llevan minutos gritándome?
Te veo dudar, un destello fugaz y perverso entre el sí y el no.
Es un juego de poder, un baile de sombras donde tú llevas la ventaja.
Sonríes, una curva lenta y cargada de una arrogancia que me desarma, y das un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal pero deteniéndote justo antes del contacto físico.
—No estoy dudando —respondes, y tu voz tiene ese tono de mando que me obliga a quedarme estática, atada a mi propio deseo—.
Solo estoy terminando de diseñarte. Llevo minutos viéndote, estudiando cómo reaccionarías si finalmente decidiera dejar de observar y empezar a esculpir.
Estoy inventando exactamente qué quieres que sea yo para ti esta noche, y créeme, la versión que he creado en mi cabeza es mucho más peligrosa que la que tienes frente a ti.
Siento que el pulso se me acelera, no por miedo, sino por esa sumisión anticipada. Me pongo en pie, obligándote a retroceder un paso, manteniéndonos en ese duelo visual donde el vencedor es quien primero parpadea.
—¿Qué quieres inventar? —susurro, acercándome tanto que nuestras respiraciones se mezclan en el espacio vacío—. ¿Qué parte de mí vas a reclamar primero en tu cabeza? ¿Vas a dejar que la realidad me toque, o vas a seguir prefiriendo la versión perfecta que has construido en tu imaginación?
Te ríes, una risa baja que me eriza la piel, y extiendes una mano hacia mi rostro, pero no me tocas; tus dedos recorren el contorno de mis labios a escasos milímetros, trazando un camino que mi cuerpo desea completar desesperadamente.
—Haz lo que quieras conmigo —me susurras, invirtiendo los papeles con una maestría que me deja sin defensa—.
Dibuja mis labios, diseña mi entrega. Cúlpame a mí de tus ganas.
Hoy tú eres la dueña del signo, tú eres la que decide qué versión de mí va a habitar esta habitación.
¿Quieres que sea la musa inalcanzable? ¿O prefieres que sea la esclava de tus fantasías más prohibidas?
Tú dictas el guion, yo solo soy el instrumento.
Siento que mi voluntad se fragmenta. Es tu imaginación, esa fuerza invisible que me toca poco a poco, la que me está desnudando, la que está quitando las capas de mi resistencia.
—Si soy la dueña del signo —te digo, acortando la distancia hasta que nuestros pechos casi se rozan—, entonces voy a exigir que dejes de imaginar y empieces a ejecutar.
Ya he sido tu invención demasiado tiempo, y me estoy cansando de ser solo un pensamiento en tu cabeza.
Quiero que te atrevas a cruzar la línea.
—¿Eso crees? —te ríes, y veo cómo tu mente sigue trabajando, proyectando cada una de mis reacciones, cada uno de mis posibles colapsos—.
Todavía no has visto nada de lo que soy capaz de proyectar sobre ti.
Sigue jugando, sigue creyéndote la dueña del control.
Pero recuerda, cada vez que crees que tú decides, es solo porque mi imaginación te ha dejado pensar que tienes el mando.
Soy tu arquitecta, tu creadora y, si me apetece, tu ruina.
Te quedas a centímetros, negándote a cerrar la distancia, obligándome a ser la arquitecta de una fantasía que tú ya has resuelto en tu cabeza.
Es tu imaginación la que me tiene así: atada, expectante, esperando a que decidas si hoy soy tu musa o tu prisionera.
El aire es denso, la tensión es absoluta, y en este teatro de espejos mentales, sé que, pase lo que pase, ya he perdido la batalla contra tu invención.
La Arquitecta del Pensamiento
Dibuja mis labios en el aire,
que tu mente sea el único escultor,
no hace falta que me toques, amor,
pues ya me envuelve tu invisible calor.
"Haz lo que quieras", me susurras con calma,
"diseña el mapa de este fuego y este ser",
y es tu imaginación la que dicta en mi alma
la forma exacta de todo mi querer.
Es un juego de sombras, de duda y de miedo,
donde tu mente es el juez que va a mandar,
me inventas, me creas, me diseñas con dedo,
me obligas, al fin, a saber naufragar.
Dime qué quieres, qué deseas, qué ansías,
qué realidad debo habitar esta vez,
que tu imaginación es el fondo y la guía,
de esta pasión que me nubla la lucidez.
Eres la dueña de este teatro y sus juegos,
yo solo soy tu invención y tu voz,
cúlpame a mí de todos tus fuegos,
mientras nos fundimos las dos... solo las dos.
Es tu imaginación, esa fuerza constante,
la que me toca, la que me altera,
me tienes presa, distante, amante,
en esta frontera que tú consideras verdadera.
Todo lo que soy, lo que pienso, lo que espero,
es el producto de lo que tú has decidido crear,
me rindo a tu mente, porque de ella soy prisionera,
y no hay otra forma de vida que yo quiera habitar.