AMOR A MARES
La habitación ha dejado de ser un refugio para convertirse en un santuario de combustión lenta.
La luz de la chimenea proyecta nuestras siluetas contra las paredes en un baile frenético, y yo, desde mi posición dominante, me aseguro de que cada segundo pertenezca exclusivamente a mi voluntad.
La alfombra, ahora un tapiz desordenado de pétalos de rosas aplastados y manchas de vino tinto que parecen venas abiertas sobre la tela, es el escenario donde ejerzo mi soberanía sobre su cuerpo.
El aroma es denso, una mezcla embriagadora de savia, alcohol y el sudor dulce de nuestra fricción.
Siento el calor de su piel bajo mis palmas; es una temperatura que quema, una superficie que responde con una sensibilidad eléctrica a cada uno de mis contactos.
Mis manos recorren su columna vertebral con la precisión de quien conoce cada punto de debilidad, cada zona que al ser presionada provoca un gemido que me sirve de combustible.
Soy yo quien decide el ritmo; yo soy quien dicta cuándo el movimiento se vuelve salvaje y cuándo se reduce a un roce agónico, casi insoportable, diseñado para que ella me suplique una entrega mayor.
—Mírame —le ordeno, mi voz apenas un susurro rasgado por la intensidad—. Mírame y siente cómo te reclamo.
Sus ojos, oscurecidos por el deseo, se clavan en los míos, perdiendo cualquier rastro de duda.
Ella es mía en este instante, un territorio que estoy explorando con la avidez de quien no necesita más mapas que la geografía de su propia piel.
Cada vez que mis labios encuentran el pulso en su cuello, siento cómo su cuerpo se tensa, cómo busca más, cómo se rinde ante la autoridad de mis caricias.
No hay nada fuera de este círculo de fuego.
El mundo ha dejado de rotar para nosotras; aquí solo importa la fricción, el choque de dos almas que han decidido que el amor no es un concepto etéreo, sino una experiencia brutalmente física.
Bebo de su boca el vino que permanece en sus labios, un ritual que repito hasta que el sabor del fruto fermentado se funde con nuestro aliento.
Es un ciclo de dar y recibir donde yo marco la pauta.
Mis dedos se enredan en su cabello, tirando suavemente para obligarla a seguir el curso de mi deseo, para obligarla a seguir el compás de esta marea de fuego que hemos encendido.
No hay espacio para la timidez. Aquí, sobre la alfombra, entre el vino derramado que tiñe nuestras extremidades, ella se entrega a mi dominio y yo me pierdo en la profundidad de su rendición.
El fuego de la chimenea ruge, casi como si estuviera observando nuestro festín, alimentándose de la misma voracidad con la que nos devoramos.
Mis manos bajan por sus muslos, trazando líneas de fuego, reclamando cada rincón como si fuera el último refugio en la tierra.
Estoy amándola a mares, no con suavidad, sino con la intensidad de una tormenta que no pide permiso para arrasar.
Siento cómo sus uñas buscan mis hombros, cómo se aferra a mí como si fuera el único anclaje en este mar de sensaciones, y esa reacción me confirma lo que ya sabía: no necesita nada más, porque mi presencia es el único aire que le permito respirar.
Es una posesión mutua, un intercambio de energía que roza lo sagrado por lo puramente salvaje.
Estoy sumergida en este amor del bueno, en este caos de carne y deseo que se alimenta de la urgencia del ahora.
No hay pasado, no hay futuro, solo este instante estirado hasta la eternidad donde el placer se convierte en la única forma de conocimiento.
Y mientras la contengo entre mis brazos, mientras siento cómo su corazón late contra mi pecho con la misma furia que el mío, entiendo que no necesito nada más que este incendio, este vino, esta entrega absoluta donde yo soy la guía y ella es el fuego que me permite arder.