El amor es la única ley EL SALTO EN LA AUTOPISTA DE LA NOCHE
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EL SALTO EN LA AUTOPISTA DE LA NOCHE

El coche es nuestro único mundo ahora mismo.

Es una cápsula de metal que vuela sobre el asfalto mojado, dejando que las luces de la ciudad se vuelvan simples puntos difusos en el espejo retrovisor, como estrellas que dejamos de seguir.

El motor ronronea, un sonido constante que se mezcla con el latido de nuestros corazones, que parecen haberse sincronizado en este preciso instante.

Ella conduce con una precisión que me hipnotiza.

Su mano derecha no toca la palanca de cambios, sino que busca la mía, entrelazando sus dedos con los míos.

El contacto es una corriente eléctrica, un recordatorio de que estamos dejando atrás todo lo que conocíamos, cada una de las certezas que construimos durante años, simplemente porque el peso de no amarnos abiertamente se había vuelto insoportable.

—¿Estás segura? —pregunta ella. Su voz es apenas un susurro, pero se siente como un trueno en el silencio del habitáculo.

No aparta la vista de la carretera, pero siento cómo su agarre en mi mano se intensifica, buscando una respuesta que quizás ya conoce—.

Si tú te atreves a amarme de verdad, si decides que el pasado ya no nos pertenece, yo te sigo hasta el fin del mundo.

No habrá dudas, no habrá arrepentimientos.

Lo soltaré todo, hoy mismo, si tú das ese paso conmigo.

La miro. Su perfil está iluminado por el resplandor intermitente de las luces de la carretera. Es hermosa, y en ese momento, su vulnerabilidad me desarma más que cualquier otra cosa.

—Ya lo he soltado —respondo, y mi voz, que antes temblaba, ahora suena firme, casi desafiante—.

No hay nada allá atrás, en esa vida que nos exigían, que merezca que volvamos.

Si tú te atreves a romper cada una de esas cadenas, yo seré la primera en quemar el mapa.

Somos tú y yo contra el vacío. Y honestamente, el vacío se siente mucho más ligero que el peso de todas las máscaras que tuvimos que usar.

Ella desacelera, dejando que el coche se deslice hacia la berma, lejos del tráfico, en un mirador desde donde solo se ve la oscuridad infinita del valle.

El motor se apaga y, de repente, el silencio es absoluto.

Se gira hacia mí. En sus ojos, bajo la luz tenue de la luna que se filtra por el cristal, no hay rastro de duda, solo una invitación feroz a una entrega total.

—¿Dejarías cada una de tus certezas, cada pequeño refugio que construiste, solo para saltar conmigo al abismo?

—pregunta, rozando mis labios con los suyos, un contacto que sabe a promesa y a despedida de todo lo anterior—.

No te pido que me ames por un rato. Te pido que te atrevas a amarme para siempre, dejando atrás todo lo demás.

La atraigo hacia mí, acortando la distancia hasta que nuestros alientos se confunden.

—Lo haré —susurro contra su boca—. Porque amarte es lo único que me hace sentir que estoy viva.

Si tú te atreves a perderlo todo para amarme, yo me atrevo a que mi vida deje de ser un reflejo de lo que otros esperaban.

Estamos quemando las naves. Si tú saltas, yo salto contigo, sin paracaídas, sin mirar atrás.

Porque amarte es mi única realidad ahora.

—Entonces no hay más que hablar —dice ella, con una sonrisa que es mitad ternura y mitad fuego—. Si tú te atreves a amarme, si te atreves a entregarte a esto, yo también lo haré. Lo haré sin dudar, por ti, por nosotras.

El coche vuelve a arrancar. No hay espacio para la tibieza ni para las medias tintas. La decisión está sellada por un acuerdo que va mucho más allá de las palabras: el riesgo no es perderlo todo, el riesgo es haber vivido sin habernos atrevido a soltarlo todo por el simple hecho de amarnos.

El Pacto del Fuego

Si tú te atreves a dejarlo todo atrás,

a romper los muros que nos dieron seguridad,

si te atreves a cruzar el umbral de este amor,

yo te seguiré sin miedo a ningún dolor.

No habrá equipaje, no habrá sombra ni pasado,

solo el camino que hoy decidimos trazar;

si tú te atreves a amarme, estaré a tu lado,

quemando las naves para nunca regresar.

¿Cómo dudar si tu abrazo me reclama el vuelo?

¿Cómo medir lo que hoy estamos por perder?

Si tú te atreves a amarme, yo seré tu cielo,

y juntas seremos lo que debemos ser.

Si te atreves a la entrega, yo me atrevo a la vida,

si tú sueltas el miedo, yo te doy mi dirección;

que esta apuesta de amarnos sea la salida,

de todo lo que nos dictó la antigua obligación.

Ya no somos piezas de un juego de otros,

somos la llama que el amor ha de avivar;

si tú te atreves a amarme, seremos nosotras,

y no habrá fuerza en el mundo que nos haga cambiar