El amor es la única ley EL PESO DE LO QUE PUDO SER
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EL PESO DE LO QUE PUDO SER

El silencio entre nosotras ya no es una pausa, sino un muro.

Hay algo en la forma en que evitamos cruzarnos la mirada que confirma lo que ambas sabemos: lo nuestro se ha consumido, no por falta de fuego, sino por la lenta y cruel erosión del descuido.

Las palabras que flotan en el aire son densas, cargadas con el peso de lo que no supimos gestionar cuando aún estábamos a tiempo de salvarnos.

—¿Te das cuenta de cuántas veces dejamos pasar el momento?

—preguntas, con la voz quebrada por una nostalgia que roza el límite de la desesperación—.

Tantas tardes, tantas noches en las que bastaba una palabra, un gesto sincero, y preferimos el silencio.

Preferimos mantener la distancia por un miedo absurdo a derrumbarnos, sin entender que lo que estábamos construyendo, piedra a piedra, era el abismo que ahora nos separa.

Me mantengo inmóvil, atrapada en la inercia de una derrota que se siente definitiva.

—Ay, cariño…—murmuro, y el nombre suena como un lamento que se pierde en la nada—.

Éramos maestras en el arte de la omisión.

Creíamos que si no nombrábamos nuestras carencias, estas dejarían de existir.

Pero solo estábamos alimentando el vacío.

Lo dejamos crecer entre nosotras, como una sombra que devora todo lo que toca, hasta que se volvió imposible de ignorar.

—Fui negligente —digo, rompiendo la tensión con una confesión que quema—.

Me refugié en mi propia autocomplacencia.

Pensaba que tenerte cerca era suficiente, que mi sola presencia era un regalo que no necesitaba ser validado con cuidado ni con atención.

Te di por sentada, y lo hice con la arrogancia ciega de quien cree que el amor es una constante inmutable, algo que siempre estará allí, aunque no se le alimente.

—Y yo te permití hacerlo —respondes tú, con una frialdad que apenas oculta el dolor—.

Porque en aquel entonces, mi propio orgullo era una armadura demasiado pesada para dejarla caer.

Ambas caímos en la misma trampa: esperar que la otra fuera la primera en rendirse, la primera en decir "necesito que cuides de mí".

Nos convertimos en dos desconocidas que compartían una misma historia.

Ay, cariño, cuánto tiempo desperdiciamos mientras nos alejábamos, paso a paso, sin darnos cuenta de que estábamos cavando nuestra propia tumba emocional.

—A veces me pregunto si el amor realmente muere o si simplemente se transforma en este lastre que cargamos al reconocer lo que perdimos —añades, buscándome a los ojos, buscando una respuesta que ambas sabemos inexistente—.

Ya no busco perdón, porque el daño es irreversible.

Pero, ¿cómo se vive con la conciencia de que fuimos nosotras, con nuestra propia soberbia, quienes soltamos la mano cuando más fuerte debíamos haber apretado?

—Se vive aceptando el vacío —respondo, con una calma que hiela—.

Se vive entendiendo que fuimos las únicas arquitectas de nuestras propias ruinas.

Al final, no hay nada que explicar. Nos queda la verdad desnuda: la certeza absoluta de que el cariño, si no se nutre y se protege, se convierte en el espectro más doloroso con el que tendremos que convivir el resto de nuestros días.

La Elegía del Descuido

Ay, cariño, qué tarde he comprendido,

que el amor no es un puerto, sino el mar;

por no cuidar el fuego que hemos tenido,

ahora solo me queda el caminar.

Fui egoísta al creerte mi destino,

y descuidé el jardín que tú cuidabas;

ahora voy perdiendo el camino,

buscando en mis errores tus palabras.

Ay, cariño, si pudiera devolver el tiempo,

o al menos detener este instante de agonía;

pero el orgullo fue mi único intento,

y perdí la razón y la vida mía.

Ya no hay palabras que curen este daño,

ya no hay regreso en esta soledad;

me queda este invierno, este desengaño,

y la triste verdad de mi propia ceguedad.

Todo se apaga, se enfría el sentimiento,

las velas ya no aguardan el retorno;

solo queda este gris y amargo aliento,

dando vueltas y vueltas en mi entorno.

Ay, cariño, el sol ya no me alcanza,

siempre serás la espina en mi costado;

la muerte de una inútil esperanza,

que se perdió por lo que no he cuidado.