TERRITORIO VIRGEN
La habitación no es un espacio clínico; es una celda de piedra frente al abismo.
Desde que ella se fue, el cuarto se ha ido desnudando, perdiendo poco a poco la calidez de los objetos compartidos.
Ahora, solo queda el eco de lo que fue. Ella está de pie frente al gran ventanal que da al acantilado, donde el mar golpea la roca con una violencia sorda, un ritmo constante que parece marcar los latidos de un corazón que se niega a detenerse.
El viento aúlla afuera, filtrándose por las grietas del marco, pero ella no se mueve. Mira el vacío donde la tierra se corta abruptamente, ese precipicio que se traga la luz del atardecer. Es ahí, en el borde de ese despeñadero, donde ha decidido enterrar la memoria de la otra.
—¿De quién hablas? —su voz es un murmullo que se pierde en el estruendo del oleaje contra los peñascos—. No sé a quién te refieres. Nunca hubo nadie aquí. Solo el mar, el viento y yo.
Sus manos descansan sobre el frío mármol del alféizar.
Si pudiera, arrancaría de sus propias entrañas el recuerdo de los años compartidos, la calidez de una piel que ya no existe, el sonido de una risa que ahora le parece un eco lejano y ajeno.
Ha construido un muro de indiferencia tan alto como los acantilados que tiene enfrente.
Para ella, la otra es una extraña, una sombra que nunca cruzó el umbral de su casa, un fantasma que ha decidido exorcizar mediante la negación absoluta.
—Cualquiera que intente llegar después —dice, clavando la vista en la espuma blanca que se deshace contra las rocas miles de metros más abajo—, debe saber que aquí solo hay terreno virgen.
No hay rastro de besos pasados, no hay huellas de manos ajenas.
Mi vida empezó cuando decidí que ella nunca fue real.
Se da la vuelta para mirar la estancia vacía.
El mobiliario proyecta sombras largas y distorsionadas.
Se siente fuerte en su negación, protegida por la inmensidad del paisaje que la rodea.
El acantilado es su guardián; todo lo que perteneció a la otra ha sido arrojado al abismo, pieza por pieza, hasta que solo queda el vacío.
Es una libertad devastadora: ser dueña de una historia que ha borrado, dueña de un presente que ha quedado limpio de cualquier rastro de amor.
Mira hacia el mar una última vez, viendo cómo el horizonte devora el sol, y sonríe con una amargura fría.
Ya no existe. Nunca existió. Y esa mentira es, a partir de ahora, su única verdad.
La amnesia del fuego
Niegas que el sol un día nos quemara,
que el tiempo fuera un reino compartido,
que tu mano en la mía se buscara,
y que el silencio fuera nuestro nido.
Has borrado el mapa de mis pasos,
has tachado mi nombre de tu historia,
has convertido en humo mis abrazos,
y en cárcel de cristal toda tu gloria.
Al que te siga, le darás el llano,
la falsa calma de una tierra ajena,
le mentirás diciendo que fue en vano,
que no hubo amor, ni alivio, ni condena.
Pero en el fondo, donde el frío acecha,
sabes que el rastro nunca se ha perdido,
que aunque me niegues, te quedó la brecha,
de haber vivido todo lo prohibido.
Fantasmas somos, sí, pero gigantes,
que habitan en la sombra de tu olvido,
seré la huella que dejaste antes,
y el eco eterno de lo que fue un latido.