EL RETORNO A LA ORILLA DEL OLVIDO
La casa frente al mar se alza ahora como un esqueleto de lo que fue un hogar.
La salitre ha corroído los marcos de las ventanas y el viento, constante y sádico, silba entre las rendijas como si intentara repetir los nombres que allí se susurraron hace décadas.
Ella llega al atardecer, cuando el sol se hunde en el horizonte tiñendo el agua de un color sangre seca.
Los años han pasado, han dejado sus marcas en su piel, pero el peso del tiempo es apenas una pluma comparado con la densidad de la memoria.
Se detiene en la arena, justo donde termina el jardín que antes estaba lleno de flores y que ahora es solo un terreno baldío. La casa sigue allí, mirando al mar con sus ojos ciegos de cristal empañado.
—Volver —susurra, y su voz se confunde con el fragor de las olas—. He tardado media vida en tener el valor de volver a este punto exacto.
Entra. La puerta chirría, un sonido agudo que parece una queja.
Dentro, el aire huele a madera vieja y a una humedad que sabe a llanto antiguo.
Camina hasta el ventanal principal, ese que daba al balcón donde se quedaron atrapados tantos inviernos y tantas promesas.
La siente ahí. No es una presencia física, es un eco, una vibración en las paredes que le recuerda que fue en este mismo suelo donde construyeron un universo.
—Veinte años... dicen que no es nada —dice para sí misma, recorriendo con los dedos la superficie de una mesa que aún conserva el rastro de un anillo de café olvidado hace un siglo—.
Pero cada uno de esos años ha sido una estocada.
Cada día, cuando el sol golpea el agua de esta misma forma, te he buscado en la sombra de los muebles, te he nombrado en el silencio de las habitaciones.
Se sienta en la misma silla donde ella solía quedarse horas mirando el horizonte.
El miedo la atenaza, un miedo puro y aterrador: el temor a que, al cerrar los ojos, la realidad de su ausencia sea más dolorosa que el recuerdo de su presencia.
Aquí, en esta casa cerca del mar, el tiempo se ha plegado sobre sí mismo.
La mujer que fue se encuentra con la que es, y ambas se reconocen en la misma cicatriz.
No hay nadie más. Solo está el mar, que sigue siendo el mismo testigo indiferente de su entrega, y este regreso que, lejos de sanar, le confirma que aunque el cuerpo envejezca, el alma se quedó varada en esta orilla, esperando a alguien que nunca más volverá a cruzar el umbral.
El retorno al naufragio
Volver con el alma gastada en el frío,
a ver si el recuerdo aún guarda tu voz,
la casa está abierta, el jardín está vacío,
y el mar es el mismo que nos vio las dos.
Qué poco son años, qué poco es el tiempo,
si el pulso me miente y te siento al pasar,
te busco en la sombra, te busco en el viento,
en esta estructura que muere al mirar.
Tengo miedo, vida, de este encuentro a solas,
con los años muertos que pesan la sien,
tengo miedo al eco que traen las olas,
de aquel paraíso que ya no está bien.
Me siento en la silla, te nombro en el muro,
y el tiempo se burla, se vuelve canción,
será que el pasado es el único seguro,
que guarda el despojo de mi corazón.
Volver es un ruego, es un laberinto,
es ver cómo el salitre nos vino a borrar,
y aunque ya no somos lo que fue el instinto
siempre serás mi casa cerca del mar.