LA ÚLTIMA NOCHE
La habitación del hotel, una estancia impersonal marcada por el aroma a desinfectante y el rastro embriagador de su perfume, es ahora el escenario de una ruptura que se siente como un robo.
La luz grisácea del amanecer, que entra con impertinencia por las rendijas de las cortinas, revela la desnudez de lo que acaba de suceder: una entrega absoluta, casi violenta, que ahora se torna contra ella con la frialdad del acero.
La otra mujer se mueve por el cuarto con una eficiencia desalmada. El sonido del broche de su sujetador, el crujido de la seda al deslizarse por sus piernas, el chasquido de la cremallera de su maleta; cada uno de esos ruidos es un latigazo que confirma la traición.
—¿De verdad esto es todo? —pregunta ella, sentada al borde de la cama, envuelta solo en la sábana que aún conserva el calor compartido.
Sus ojos, fijos en la espalda de la otra, buscan en vano un rastro de duda, una grieta en esa compostura—.
Me has dado todo esta noche. Me has hecho creer que el mundo se detenía aquí, en este cuarto, y ahora te vas como quien abandona una habitación alquilada tras cumplir un turno.
La otra mujer no se detiene. Se coloca los pendientes frente al espejo, sus dedos se mueven con una precisión que insulta el caos emocional que ha dejado atrás. Hay algo en su desapego que es, en sí mismo, una forma de violencia.
—No me mires así —dice la otra, finalmente, mirándola a través del cristal del espejo. Su voz es plana, despojada de cualquier calidez—. Sabíamos cuáles eran las reglas desde el principio. Esta era la última noche. Nada más.
—Las reglas las pusiste tú, no nosotras —replica ella, levantándose, sintiendo que la rabia le impide articular bien las palabras—.
Me entregaste tu pasión como un arma, me hiciste jurar con cada beso que esto era real, y ahora te vas sin mirar atrás, como si yo fuera solo un capítulo que necesitabas cerrar para poder seguir con tu otra vida.
Eso no es un adiós, es una traición en toda regla.
La otra mujer se gira entonces. Por un instante, el silencio es absoluto. Se acerca, camina hasta quedar a milímetros de ella, pero no hay un ápice de ternura en su gesto. Le aparta un mechón de pelo de la frente con una frialdad que duele más que un golpe.
—Fue una noche inolvidable, sí —murmura la otra, rozando sus labios con los suyos en un gesto que carece de cualquier rastro de amor, solo queda la huella del deseo ya extinguido—. Pero no me pidas que me quede cuando mi tiempo se ha terminado. Disfruta del recuerdo, es todo lo que te he dejado.
Se aleja con una elegancia cruel, abre la puerta y el pasillo del hotel, iluminado por luces de neón parpadeantes, la traga.
El sonido del cierre de la puerta es el último eco de una pasión que, en el momento en que salió el sol, se convirtió en una estafa.
Ella se queda sola en el centro de la estancia, envuelta en el silencio, comprendiendo que el hotel no fue un refugio, sino el lugar donde la otra fue a despojarse de ella misma antes de volver a su otra vida.
La estocada de la última noche
Fue la última noche, el último velo,
la entrega absoluta, el fuego, el despojo,
me dejaste el alma rozando el abismo,
y en tu partida, sembraste el enojo.
En este hotel, donde fuimos eternas,
donde tu piel fue mi única ley,
se vuelve traición tu huida moderna,
dejando mi pecho sin reina, sin rey.
Me diste la vida en un beso de sombra,
me diste la muerte al cruzar el umbral,
y ahora mi voz en la nada se nombra,
siendo el recuerdo mi propio funeral.
Como si el amor fuera un simple pecado,
te vas sin mirar, sin volver la cabeza,
dejando este hotel como un campo olvidado,
donde solo queda la fría tristeza.
Fue la última vez, el cierre del libro,
la estocada exacta que el alba trajo,
te vas con tu orgullo, con tu equilibrio,
mientras yo me hundo en este naufragio.