El amor es la única ley AMORCITO CORAZÓN MÍO
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AMORCITO CORAZÓN MÍO

La casa de campo no es solo un refugio de piedra y madera; es un centinela de silencio.

Se alza en la ladera de una colina donde el viento siempre trae consigo el aroma a romero silvestre, tierra húmeda y la frescura metálica de un arroyo que corre escondido entre los pinos.

Es un lugar donde el tiempo no se mide por relojes, sino por la trayectoria de las sombras sobre el suelo de barro cocido y el lento declinar del sol tras los picos lejanos.

Aquí, el aislamiento es una elección deliberada.

La puerta de madera maciza, con su pesada aldaba de hierro, protege un santuario de penumbra y calidez.

Dentro, las vigas de roble del techo crujen con el cambio de temperatura, como si la casa misma estuviera suspirando después de un largo día.

El fuego en la chimenea no es una necesidad, es un ritual; el crepitar de los troncos es el único sonido que compite con el latido de sus corazones cuando, por fin, se encuentran lejos de la mirada del mundo.

—Aquí nadie nos busca —dice ella, mientras desliza la mano por la pared de piedra tosca—. Aquí el mundo es tan pequeño que solo nos contiene a nosotras.

La otra mujer se apoya en el alféizar de la ventana, mirando hacia el horizonte infinito.

Sus facciones, habitualmente tensas por el peso de la vida urbana, se suavizan bajo la luz dorada de la tarde.

En este rincón, la vida oficial que ambas llevan allá abajo se siente como un sueño ajeno, una película que vieron hace mucho tiempo y que ya no les pertenece.

—Es extraño —responde la otra, girándose—. Parece que los árboles y la tierra misma nos estuvieran guardando el secreto. Como si esta casa supiera exactamente quiénes somos cuando nadie más puede vernos.

Se acercan en medio de la estancia, donde la luz de la chimenea proyecta sombras largas y danzantes.

El ambiente es íntimo, casi sagrado. No hay necesidad de hablar de horarios ni de salidas; el campo ha borrado la urgencia.

Se tocan con la parsimonia de quien tiene toda la eternidad, disfrutando de cada centímetro de piel libre de las armaduras que exigen las ciudades.

Es un amor de campo, atávico, elemental; un fuego que, al estar rodeado de tanta naturaleza salvaje, parece más vivo, más incontrolable.

—Amorcito corazón —susurra ella, acercándose a su cuello, sintiendo la tibieza que emana bajo su piel—. Aquí, lejos de todo, por fin puedo tenerte sin que el mundo nos pida nada a cambio.

La casa se vuelve un cómplice silencioso. El viento golpea suavemente contra las contraventanas, pero dentro, el aire se vuelve espeso, saturado de una devoción que no sabe de censuras. Es el refugio donde el deseo deja de ser una tentación y se convierte en la ley única.

El refugio de piedra y pino

Amorcito corazón, en este prado,

donde el mundo se apaga tras el cerro,

te tengo entre mis manos, bien guardado,

lejos de todo ruido, lejos del hierro.

La casa guarda el eco de nuestro aliento,

en la piedra que vibra con el fuego,

se desnuda la vida en este momento,

mientras afuera el viento juega su juego.

Tentación que se prensa en esta calma,

entre pinos que observan el secreto,

eres la paz que me habita en el alma,

mi ley, mi paz, mi único decreto.

Aquí no hay otra vida, no hay horario,

solo la piel, la tarde, la madera,

tú eres mi sol, mi luz, mi santuario,

mi refugio, mi hogar, mi primavera.

Amorcito, mi amor, mi paraíso,

que nada nos reclame, nada nos mida,

que en este campo el tiempo sea el aviso,

de que por fin, al fin, estamos vivas.