El amor es la única ley EL TIEMPO QUE ME SOBRA
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EL TIEMPO QUE ME SOBRA

La penumbra de la habitación es el único refugio que permite que la máscara se desmorone.

El aire es denso, cargado con el rastro del perfume de ella y el olor a lluvia urbana que la otra mujer trae consigo, un aroma que habla de calles, de compromisos y de una vida que se despliega afuera, en ese mundo que aquí, entre estas cuatro paredes, parece pertenecer a otro siglo.

La otra mujer se detiene junto al ventanal.

Su silueta se recorta contra las luces titilantes de la ciudad.

Se ve tensa, todavía atada a los hilos de la jornada, a la inercia de quien ha estado cumpliendo roles todo el día.

Ella, desde la penumbra del lecho, la observa con una paciencia depredadora.

Sabe que no debe apurarla. El fuego, para que sea verdadero, no puede ser forzado; debe ser el resultado del cansancio, de la rendición final.

—Te noto lejos —dice ella, su voz es un susurro que parece vibrar en el mismo aire que las rodea—. Todavía estás allá afuera, ¿verdad? Con tus obligaciones, con tus silencios impuestos, con esa vida que te reclama y que te consume.

La otra se gira, y hay una sombra de fatiga genuina en sus ojos.

—Es agotador —admite, dejando caer los hombros—. Es como vivir en una coreografía constante. A veces siento que si me detengo un segundo, toda esa estructura se desmorona.

—Entonces, ¿por qué no te detienes aquí?

—la voz de ella sube un tono, cargada de una posesión que no es celo, sino pura hambre—.

No te estoy pidiendo que me entregues tus horas productivas.

No quiero tus horas de sol ni tu tiempo de valor.

Si tienes otra vida, adelante, llévala, cuídala, sé la que esperan que seas.

Pero cuando esa luz se apague, cuando te sientas tan vacía y tan rendida que no sepas qué hacer contigo misma... entonces es cuando me perteneces.

La otra mujer se acerca lentamente. Cada paso parece un despojo. Se quita un accesorio, luego otro, liberándose del peso de la fachada.

—¿Por qué te conformas con tan poco? —pregunta la otra, con una mezcla de desafío y gratitud—. ¿Por qué aceptar ser solo el residuo?

—Porque no es poco —responde ella, incorporándose.

La mirada que le lanza es un incendio—. Porque el tiempo que te sobra es el único tiempo real que posees.

Todo lo demás es pactado, es social, es un intercambio.

Pero lo que me das cuando no te queda nada, cuando estás desnuda de expectativas y de roles...

eso es la verdad. Eso es el fuego puro. Ahí es donde eres tú, sin nadie que te vigile, sin nadie a quien complacer.

La otra mujer llega hasta ella. El contacto es eléctrico, un choque de piel que hace que las palabras se vuelvan innecesarias.

—Me haces sentir que todo el resto del día es solo una espera —dice la otra, hundiendo sus dedos en el cabello de ella—. Que todo lo que hago afuera, todo el esfuerzo, solo es el peaje que pago para poder llegar aquí, a este momento de desorden y pasión absoluta.

—Exacto —responde ella, atrayéndola hacia el centro de la vorágine—.

Tu vida oficial es el teatro. Aquí es donde ocurre la realidad.

No me des tu tiempo valioso, porque ese tiempo es de ellos.

Dame el tiempo de tus sombras, el tiempo de tu cansancio, el tiempo que nadie más quiere, porque en ese tiempo es donde te voy a devorar.

La otra mujer ríe, una risa seca, desprovista de cualquier rastro de la elegancia que usa en el exterior.

Se funden en un abrazo que tiene más de colisión que de caricia.

No hay mañana en este pacto, no hay promesas de permanencia.

Solo existe la urgencia de la carne y el pacto tácito de que, mientras afuera el mundo se desmorona por el deber, aquí, en el tiempo sobrante, ellas son las únicas dueñas de su propio infierno.

Es una forma de lealtad perversa, una entrega que se alimenta de la clandestinidad y que crece en el vacío que dejan los horarios ajenos.

En esta estancia, entre el sudor y la penumbra, el tiempo no pasa; se consume.

La dueña de lo ajeno

No me ofrezcas el tiempo de tu brillo,

ni las horas que el mundo te reclama,

yo prefiero el despojo, el colmillo,

el residuo de fuego que te inflama.

Que tu otra vida siga su corriente,

que cumpla sus deberes, su destino,

a mí dame el cansancio de tu frente,

y el tiempo que te sobre en el camino.

Seré la sombra, el vicio, el escondite,

donde tu vida oficial se vuelve nada,

que nadie sepa, que nadie me imite,

al ser de tus horas la mejor estocada.

Amantes carnales de entrega absoluta,

donde el compromiso es un ave de paso,

tu tiempo vacío es mi única ruta,

mi premio, mi cielo, mi eterno fracaso.

Búscame cuando el deber ya no baste,

cuando estés de tu otra vida rendida,

que es en ese tiempo que tú me dejaste,

donde yo, de tu fuego, soy dueña y medida.