El amor es la única ley EL SANTUARIO DE LA PIEL
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EL SANTUARIO DE LA PIEL

El spa es un recinto de mármol negro y penumbra, un templo diseñado para el olvido, pero donde ellas han venido a recordarse todo. El aire es denso, cargado de una humedad que se pega a la garganta, saturado con el aroma de los aceites esenciales que se mezclan con el olor a piel caliente y sudor.

Ella espera sumergida en la pileta de hidromasaje, con los ojos cerrados, sintiendo cómo las burbujas le recorren el cuerpo como dedos invisibles.

Pero la verdadera descarga eléctrica llega cuando escucha la puerta de cristal deslizarse.

No necesita abrir los ojos para saber que es ella.

El ambiente cambia; la presión atmosférica se dispara.

La otra mujer entra en el agua con una elegancia que roza la soberbia. No dice una palabra hasta que el agua de la piscina se agita violentamente con su movimiento, invadiendo el espacio personal de la otra.

—¿Te habías olvidado de que iba a venir? —pregunta, con la voz tan ronca que parece un secreto que se rompe.

Ella abre los ojos. La otra está justo enfrente, con el cabello mojado pegado a los hombros y una mirada que quema más que el vapor del agua.

—¿Cómo podría olvidarme? —responde ella, acercándose hasta que sus respiraciones se mezclan—. Eres lo único en lo que puedo pensar. Es una tortura y un alivio al mismo tiempo.

La otra mujer suelta una risa seca, desprovista de cualquier dulzura, y le toma la nuca con fuerza, atrayéndola hacia sí bajo la superficie.

—Amarte es un placer que me hace libre y me hace esclava —murmura contra sus labios, apretando su agarre—. Me haces daño cuando te alejas, pero solo tú sabes hacerme este bien que me destruye.

—Es un placer que no conoce más que el camino hacia ti —responde ella, entrelazando sus piernas con las de su amante en el fondo de la piscina—. Me has marcado desde el principio, y no tengo intención de buscar otra ruta.

Se besan con una desesperación que no sabe de sutilezas.

El agua se vuelve un campo de batalla donde el placer se siente como una herida que no deja de sangrar.

Las manos de la otra mujer recorren su espalda, hundiéndose en la carne, marcando cada centímetro con una posesividad absoluta.

La otra mujer no solo la toca; la reclama.

Es una sensación que va mucho más allá de lo físico, una posesión que las deja exhaustas y al borde de la locura.

—Es un placer que enloquece y que cautiva —dice su amante, mientras la empuja contra el borde de piedra fría, convirtiendo el spa en el único lugar del mundo—. En cada sueño, eres esa herida que no se ve, pero que no deja de doler.

Se pierden en una danza salvaje, un intercambio donde la libertad se confunde con la sumisión. En este spa, entre el vapor y el agua hirviendo, ya no hay más historia que esta. Solo dos mujeres consumiéndose en un placer que es, por definición, su perdición más absoluta.

La Herida de Agua y Fuego

Amarte es un placer que me desnuda,

un incendio que habita en el rocío,

la verdad que en el agua se hace muda,

y me entrega a tu sed, a tu desvío.

Es el daño que sabe a curación,

el placer que me marca los sentidos,

eres el fuego que quema mi razón,

esclava de tus pasos prohibidos.

Es un placer que enloquece y cautiva,

una herida que el alma no ve,

que me quita el aliento, que me aviva,

que me obliga a volver, que me obliga a ser fe.

No conozco más camino que tu cuerpo,

desde el inicio hasta el fin de mi agonía,

es el placer que me arrastra hasta tu puerto,

tú, mi abismo, mi luz, mi melodía.

Y si el daño es el precio de este instante,

que se queme la piel en el fragor,

eres el placer, mi error más elegante,

mi verdad, mi condena, mi único calor.