EL ASEDIO DEL DESEO OBSESIÓN E ENTRE MUROS DE PIEDRA
El castillo es un mausoleo de piedra gélida, un laberinto de corredores donde el tiempo parece haberse congelado hace siglos, pero en el ala privada, la atmósfera es sofocante, cargada de una electricidad que eriza la piel.
Ella espera junto a la puerta del dormitorio, con el pecho subiendo y bajando en una agitación que roza el dolor.
Su impaciencia es una criatura viva que le corre por las venas; cada segundo que pasa sin la otra es una tortura.
Sus uñas se clavan en la madera del marco de la puerta, los nudillos blancos por la presión, mientras sus oídos captan el sonido más dulce y exasperante del mundo.
Tac. Tac. Tac.
El sonido de los pasos en la escalera de piedra resuena como una sentencia.
Son pasos lentos, deliberados, cargados de una arrogancia que la vuelve loca.
Cada golpe contra el peldaño es un martillazo contra su cordura.
La mujer que espera se muerde el labio inferior hasta casi romperlo, sintiendo cómo el calor le sube por el cuello, una oleada de anticipación que le hace temblar las rodillas.
Necesita el contacto. Necesita la colisión violenta de dos cuerpos que han estado demasiado tiempo separados.
Necesita que esa mujer, cuyo solo eco en la escalera la tiene al borde del colapso, derribe la última barrera de contención.
Los pasos se detienen al otro lado del umbral.
Un segundo de silencio absoluto, denso, cargado de una presión atmosférica que hace que el aire sea imposible de inhalar.
La puerta se abre con un gemido grave. La figura irrumpe en la habitación, recortada por la luz de las antorchas del pasillo, con la mirada oscura, fija en ella, cargada de una intención depredadora que no busca prisioneros.
—Por fin —jadea ella, rompiendo la distancia de un salto, lanzándose contra su amante antes de que pueda dar un paso más.
La atrapa por el cuello con una desesperación animal, obligándola a retroceder hasta que chocan contra la pared de piedra.
No hay saludos. No hay cortesía. Es un choque de bocas que se devoran con la furia de quienes han pasado semanas conteniendo el incendio.
La otra mujer responde con la misma intensidad depredadora, rodeándola con sus brazos como si quisiera fusionar sus estructuras óseas, aplastando sus cuerpos en un abrazo que corta la respiración.
—Estaba contando cada maldito paso —gruñe la recién llegada contra su boca, su voz ronca vibrando en la cavidad de su garganta—. Pensé que me volvería loca si no te hundía las uñas en la piel en este preciso instante.
La ropa es un obstáculo insoportable que vuela por los aires, rasgada por dedos impacientes que no conocen la paciencia.
La seda cae al suelo, ignorada. La piel queda expuesta al aire frío del castillo, pero ese frío se disipa en un microsegundo cuando el calor de sus cuerpos se vuelve uno solo.
Se muerden, se lamen, se marcan. La frialdad de la piedra es devorada por este incendio que ellas mismas han invocado.
Ella gime, arqueando la espalda, mientras los labios de su amante descienden por su garganta, dejando un rastro de fuego que quema, reclamando cada centímetro con una posesión absoluta.
Sus manos bajan, exploran, aprietan, marcando territorios con la precisión de quien no conoce otro mapa que el del placer ajeno.
La danza es frenética, una colisión de extremidades que buscan la rendición total.
Se desploman sobre la cama, en un nudo de extremidades entrelazadas donde ya no se sabe dónde termina una y dónde empieza la otra.
Es una carnalidad pura, un huracán que las desmantela, que las obliga a entregarse hasta el último aliento, hasta que sus gritos rebotan en las paredes frías, recordándoles que en este castillo, la única ley que existe es la intensidad de esta entrega que las reduce a cenizas y deseo.
Pacto de fieras
Resuenan los pasos, la piedra es un eco,
impaciente mi sangre te aguarda en la entrada,
soy hambre que grita, soy piel y soy hueco,
que arde y se entrega, que no pide nada.
Se abre la puerta, el infierno desata,
tu cuerpo en el mío, un pacto de fieras,
la calma se rompe, la noche nos mata,
quemando las leyes y todas las fronteras.
Tus manos son garras, tu boca es el fuego,
me bebes el alma en un beso salvaje,
no busco razones, me rindo a este juego,
desnuda de tiempo, sin más ropaje.
Es pura lujuria, es carne encendida,
es este momento de dientes y aliento,
la única ley que mi cuerpo concibe:
tú, solo tú, mi mejor tormento.
Tu lengua recorre, mi pulso se altera,
en este castillo de sombras y olvido,
eres la dueña, la furia, la fiera,
lo único cierto en lo que he vivido.
Que el mundo se pierda, que el tiempo se agote,
que el eco de afuera no llegue al umbral,
este es el rito, el fatal terremoto,
de amar este cuerpo, tu bien elemental.