El amor es la única ley EL JARDÍN DE LAS ROSAS PROHIBIDAS
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EL JARDÍN DE LAS ROSAS PROHIBIDAS

El jardín es un laberinto de pétalos y fragancias pesadas.

Es una tarde de verano donde el aire se siente denso, casi dulce por la invasión de miles de rosas rojas que se erigen como centinelas de su privacidad.

Aquí, los colores son tan vibrantes que parecen irreales: rojos intensos, verdes profundos y blancos que brillan bajo la luz dorada del atardecer.

Ellas caminan por el sendero central, un pasillo de espinas y terciopelo.

La intensidad de las flores parece reflejar la urgencia que se ha instalado entre ellas.

Se detienen bajo un arco cubierto por una enredadera que desprende un perfume embriagador.

El ruido del mundo exterior ha desaparecido, sustituido por el zumbido lejano de las abejas y el crujir de las hojas bajo sus pies.

—Intento buscar las palabras —dice ella, deteniéndose ante un rosal particularmente exuberante, sintiendo la presión de lo que quiere expresar—. Intento decirte lo que esto significa, lo que siento cada vez que te veo, pero... es como si el lenguaje fuera demasiado pequeño para este lugar.

La otra mujer no responde con palabras. Se detiene frente a ella, rodeada por el aroma sofocante de las flores. La mira con una intensidad que hace que el resto del jardín parezca desvanecerse. Sus manos, que antes jugueteaban con una rosa, ahora buscan el rostro de su amante.

—Estás intentando traducir algo que no necesita traducción —murmura la otra, con una sonrisa que esconde una chispa de travesura.

—Pero necesito que lo entiendas. Necesito explicarte que nunca había sentido que el mundo encajara de esta forma, que... —ella hace una pausa, frustrada por su propia incapacidad de articular la emoción.

La otra mujer se acerca, acortando la distancia hasta que el aroma de las rosas se mezcla con el perfume de su piel. Se queda ahí, en ese umbral donde el aire se agota.

—No lo digas —responde, con una calma que desarma—. Si realmente quieres que lo entienda, no uses las palabras.

Ella la mira, captando el desafío. El sol de la tarde se filtra por los pétalos, creando una aureola de luz a su alrededor.

Sin pensarlo más, se inclina y la besa. El beso es una respuesta, una declaración, un poema completo articulado en el contacto de sus labios.

Es un "todo" dicho sin un solo sonido, un lenguaje de piel que entiende perfectamente la urgencia de su amante.

Cuando se separan, no hace falta añadir nada; el jardín es testigo de que la respuesta ha sido entregada.

l lenguaje de los pétalos

Entre rosas de fuego y sombra pura,

donde el aroma nos dicta el camino,

no busques letras en esta locura,

no es el verbo el que marca el destino.

Si quieres decirme que el mundo se apaga,

o que mi cuerpo es tu única morada,

no es con palabras como se embriaga

esta sed que nos tiene encadenada.

Dímelo en un beso, en la espina y la seda,

en el pétalo abierto que al tacto se rinde,

que ninguna frase, aunque intensa, pueda

decir este fuego que el pecho nos escinde.

Un beso es el mapa, la voz y el decreto,

la verdad que se siente, la que no se dice,

dímelo en un beso, mi hermoso secreto,

que es la única forma que el alma predice.

Así, entre las rosas, sin más gramática,

en el jardín donde el tiempo se pierde,

dímelo en un beso: esa es la estática,

la única ley que nuestro amor muerde.

LA CIUDAD DE LAS MÁSCARAS

La lluvia no solo limpia el asfalto; parece revelar una verdad incómoda sobre la gente.

Ella observa el flujo constante de personas que cruzan la plaza, bajo sus paraguas negros, cabezas gachas, apresuradas, evitándose unas a otras como si el roce accidental fuera un contagio.

El ruido de la ciudad ya no es solo tráfico; es el murmullo de mil mentiras pequeñas, de conversaciones a medias, de promesas que se disuelven antes de tocar el suelo.

—No me fío —murmura, observando a un hombre que camina a su lado bajo el alero, hablando por teléfono con una sonrisa que no llega a sus ojos—.

Los veo a todos. Son expertos en el arte de la apariencia.

Se prometen lealtad entre café y café, se juran fidelidad mientras planean la huida.

¿Es que nadie aquí se atreve a ser lo que es, aunque sea por un segundo?

Se apoya contra la pared fría, sintiendo la vibración del metro pasando bajo sus pies.

—No me fío de la gente —continúa, mientras una mujer a su lado ajusta su bolso, lanzándole una mirada rápida y vacía—.

Todos llevamos una armadura hecha de palabras huecas.

Nos acercamos para extraer lo que necesitamos y nos alejamos cuando el invierno se vuelve demasiado real.

Es un baile mecánico. La gente dice "siempre", pero lo que realmente están diciendo es "mientras me convenga".

Se siente extraña, fuera de lugar, como si fuera la única que, bajo esta lluvia, no llevara un paraguas para protegerse de la verdad.

—He aprendido a leer los silencios —se dice a sí misma, con una amargura que le raspa la garganta—.

Cuando la gente te mira, no busca conectar; busca verificar si todavía pueden manejarte.

Son cazadores de confianza. Buscan la rendija en tu armadura para colarse, no para quedarse, sino para ver qué pueden desvalijar.

Ya no me fío de la mano extendida, porque he visto demasiadas veces cómo se cierra en un puño cuando les das la espalda.

La ciudad está llena de gente que te quiere "hasta que", y ese "hasta que" es una fecha de caducidad que ellos mismos eligen en la sombra.

Mira cómo la multitud se dispersa, gente que corre hacia casas donde seguramente tampoco encuentran refugio, porque el refugio requiere confianza, y nadie parece tener suficiente para compartir.

—Ya no me fío de la masa —concluye, separándose de la pared—.

No me fío de sus consensos, de sus modales impostados, de esa calma que fingen tener.

Son peligrosos porque no tienen centro, porque cambian de lealtad como cambian de chaqueta.

Y yo, que he intentado creer en la palabra de alguien, me he quedado sola en el centro de esta tormenta.

La gente es un incendio que, si te acercas, te quema; y si te alejas, te deja helada.

La red de las apariencias

No me fío de la voz que se derrama,

de la mano que busca, de la risa,

de todo el falso amor que nos reclama,

y que se desvanece tan deprisa.

La gente es un espejo de cristal,

quebrado en mil pedazos de mentira,

se visten de bondad, se visten de ideal,

mientras ocultan el rencor que gira.

No me fío del "siempre", del "te quiero",

de las promesas que el viento se ha llevado,

la masa es un extraño mensajero,

que vende lo que nunca ha valorado.

Caminan presurosos, con sus muros,

evitando el espejo de la gente,

prefieren los atajos más oscuros,

que ser lo que son, sinceramente.

Ya no me fío, no, de este gentío,

de esta red de máscaras y engaño,

me refugio en mi propio desvarío,

lejos de este mundo que hace tanto daño.