El amor es la única ley EL SALÓN DE LAS SOMBRAS ARDIENTES
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EL SALÓN DE LAS SOMBRAS ARDIENTES

El salón de baile es un esqueleto de opulencia, un teatro de fantasmas donde la única realidad que existe es el pulso acelerado de ambas.

El polvo que danza en los haces de luz lunar parece partículas de energía estática.

Aquí, la prohibición no es un muro, es el combustible; cada segundo que pasan en este escondite es un desafío a las leyes que intentan dictar sus vidas.

Cuando la puerta se cierra, el mundo queda clausurado. No hay leyes, no hay moral, no hay mañana. Solo queda la piel.

—Te he citado aquí porque ya no soporto la simulación —murmura ella, mientras su amante la acorrala contra uno de los grandes espejos velados por el tiempo—. Fuera, tenemos que ser perfectas, tenemos que ser invisibles. Pero aquí... aquí quiero que seas el incendio que me devora.

La otra mujer no espera. Sus manos, ávidas, encuentran la cintura de ella y la pegan contra su cuerpo con una ferocidad que roza la violencia.

Sus labios chocan con los suyos en un beso que no pide permiso; es un beso cargado de urgencia, un intercambio salvaje que sabe a promesas rotas y deseo contenido durante siglos.

La boca de ella se abre, entregándose a la mordida, al roce de las lenguas que luchan por dominio en un baile que es mucho más antiguo que las ruinas que las rodean.

—Te propongo que esta noche destruyamos todo lo que nos contiene —dice ella, entrecortada, mientras las manos de su amante descienden, buscando la piel bajo la ropa, rasgando la barrera de la seda—. Te propongo que no quede una sola parte de ti que no conozca el sabor de mi deseo.

Se besan de nuevo, un beso que baja por la mandíbula, por la garganta, dejando marcas de fuego.

La ropa cae al suelo, un estorbo innecesario en este ritual de carne y desesperación.

Cada caricia es un reclamo, cada roce es una declaración de guerra contra el mundo que intenta separarlas.

La pasión es una fuerza telúrica que las hace tambalearse contra las paredes frías, calentando el aire viciado con el calor de sus cuerpos entrelazados.

No hay sutileza. Hay una entrega carnal tan cruda que los espejos, si pudieran ver, se romperían de envidia.

Las manos recorren cada curva con una codicia que roza la obsesión; es el tacto de quien ha estado privado de oxígeno y finalmente puede respirar.

Los gemidos se pierden en el silencio del salón, mezclándose con el crujido del parqué viejo bajo el peso de dos cuerpos que se buscan, se encuentran y se fusionan en un éxtasis absoluto.

Es una invitación a la perdición: un beso que sabe a sangre y a vida, manos que arañan la espalda, la piel que arde bajo un tacto que reclama posesión.

En este salón, el amor prohibido deja de ser una idea para convertirse en una orgía de sentidos donde solo importa el siguiente roce, el siguiente beso más profundo, la siguiente embestida de placer que las deja sin aire, al borde del abismo, absolutamente rendidas ante la vorágine de la otra.

Te invito al fuego

Bajo la luna, en este templo roto,

donde la ley se pudre y se deshace,

te invito al fuego, al roce, al alboroto,

a este placer que en lo prohibido nace.

No hay más gramática que este gemido,

ni más lectura que mi piel en la tuya,

te invito al caos, al límite perdido,

a que este incendio el mundo nos destruya.

Besos que queman, marcas que son huellas,

mordidas que reclaman nuestra entrega,

somos la sombra que se burla de las estrellas,

la sed de carne que al vacío llega.

Que se derrumbe el techo, que se olviden,

los nombres que nos dieron en la luz,

que en este abrazo las horas se dividan,

llevando nuestro exceso como cruz.

Es carnal, es brutal, es nuestra historia,

escrita con saliva, sudor y deseo,

te propongo este pacto, esta victoria,

de ser esclavas del último devaneo.

Que el mundo llame pecado a nuestra entrega,

que el cielo juzgue nuestra libertad,

que nos queme la llama que nos llega,

mientras nos hundimos en esta oscuridad.