El amor es la única ley DURMIENDO CONTIGO
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DURMIENDO CONTIGO

El silencio en el ático no es vacío; es una sustancia densa, cálida, que envuelve la habitación como un refugio blindado contra el resto de la existencia.

Afuera, la nieve sigue su caída implacable, borrando las líneas de la ciudad, transformando los rascacielos en espectros de cemento bajo un cielo plomizo.

Pero aquí, el tiempo ha perdido su facultad de avanzar.

Los relojes parecen haberse detenido, rendidos ante la quietud de los dos cuerpos que se han entrelazado como una sola criatura en la penumbra.

Ella observa el juego de sombras que el amanecer intenta, sin éxito, filtrar por las rendijas de las cortinas.

Siente el peso, un peso grato, de la otra mujer descansando sobre su brazo.

Es una entrega total. En el sueño, el cuerpo pierde su armadura; los músculos se relajan, la mandíbula se suaviza y la respiración recupera esa cadencia infantil, limpia, que no conoce de urgencias.

—¿Estás dormida? —el susurro llega desde la almohada, apenas un hilo de voz que parece provenir de un lugar muy lejano. Su amante no abre los ojos; simplemente se desplaza con una lentitud de felino, buscando el pulso de su cuello con la mejilla.

—Lo estaba —responde ella, bajando la voz hasta que el sonido se vuelve parte del aire—.

Llevo un rato observándote. Tengo todo mi brazo dormido, el lado derecho de mi cuerpo ha dejado de pertenecerme, y, sinceramente, es lo mejor que me ha pasado en la vida.

No tengo la más mínima intención de recuperarlo.

La otra suelta una risita breve, un sonido atolondrado por el sueño que se pierde contra su piel. Se acomoda un poco más, buscando un anclaje definitivo.

—Es que aquí dentro no existe el tiempo —murmura, con los ojos aún cerrados, disfrutando del refugio—. Afuera está nevando, ¿verdad? Puedo sentir el frío a través del cristal, como si el mundo intentara pedir permiso para entrar.

—Que se quede fuera —dice ella, rodeándola con el brazo que aún conserva movilidad, atrayéndola un poco más hacia el centro de su calor—.

Que el invierno se quede afuera, en las calles, en los coches, en la prisa.

Aquí dentro, el termómetro se detiene en nosotras.

Es curioso, ¿no crees? Pasamos tanto tiempo persiguiendo la intensidad, el fuego, el incendio de los encuentros, y al final, esto es lo que se siente más real. Esta quietud.

Su amante apoya la mano sobre su pecho, sintiendo el corazón que late pausado, como si estuviera sincronizado con el suyo.

—A veces, el silencio es la forma más alta de intensidad —responde la otra, abriendo por fin los ojos; sus pupilas están dilatadas, nubladas por la paz—.

Dormir contigo es la única forma de que mi cabeza deje de correr.

Aquí no tengo que ser fuerte. No tengo que ser nadie.

No tengo que demostrar nada. Solo soy yo, descansando en ti.

Es como si, al cerrar los ojos, el universo entero se redujera a este espacio entre las sábanas.

Ella le besa la frente, un contacto suave, casi sagrado, trazando una línea de ternura que va desde la sien hasta el nacimiento del cabello.

—No te muevas —le pide, sabiendo que el amanecer inevitablemente terminará por reclamarlas—. No te muevas nunca, si quieres. Me quedaré aquí hasta que el sol sea lo suficientemente valiente para entrar y nos obligue a recordar que existe un mundo allá afuera. Pero mientras tanto...

—Quedémonos —susurra la otra, dejando que la voz se apague—. Qué maravilla, simplemente estar aquí. Durmiendo contigo.

El silencio vuelve a caer, más profundo que antes.

Ya no hay rascacielos, ni nieve, ni inviernos.

Solo el espacio exacto que ocupan sus cuerpos, un paraíso construido en la madrugada, donde lo único que importa es no despertar del todo para poder seguir sintiendo el peso de la otra, el refugio de su aliento y la absoluta, innegable, victoria de estar juntas.

La hora sagrada

Dormir contigo es navegar la calma,

dejar atrás el ruido y la tormenta,

es encontrar, por fin, el puerto y el alma,

en esta paz que el sueño nos alimenta.

Es conocer la dimensión del verso,

sin más lenguaje que el latir constante,

saber que aquí se alberga el universo,

en este breve instante, en este instante.

El mundo afuera borra su memoria,

se vuelve nieve, olvido y lejanía,

aquí se escribe nuestra propia historia,

la que no teme al sol ni a la agonía.

Tu rostro en mi regazo, luz dormida,

el terciopelo de tu piel pausada,

es el camino que le da sentido a la vida,

la hora exacta, la hora sagrada.

Dormir contigo es una maravilla,

un paraíso en medio del destierro,

eres el faro, el mar y la orilla,

donde el deseo se vuelve un cerro.

Que el alba espere, que el tiempo se detenga,

que el invierno afuera insista en su porfía,

mientras tu aliento en mi aliento se mantenga,

y el mundo sea, al fin, solo alegría.

Qué maravilla rendirse al abandono,

ser de este instante el dueño y el esclavo,

tu sueño es mi refugio y mi trono,

y en tu regazo, al fin, ya no me clavo.

Dormir contigo, amor, es la victoria,

sobre el caos que afuera se disipa,

tú eres la paz que escribe mi memoria,

en esta cama, donde el alma se disipa.